La tragedia de Los Ángeles de San Rafael, una herida abierta cincuenta años después

El próximo 15 de junio se cumple medio siglo de una de las mayores catástrofes de la historia reciente de España, en la que 58 personas perdieron la vida y alrededor de 160 resultaron heridas

Voluntarios y supervivientes ayudan en la retirada de cuerpos de la zona de escombros. /ABC
Voluntarios y supervivientes ayudan en la retirada de cuerpos de la zona de escombros. / ABC
Carlos Álvaro
CARLOS ÁLVAROSegovia

«Estuvimos dando una vuelta por el comedor para ver dónde podíamos sentarnos. No había sitio y nos dijeron que nos pondrían abajo, en el sótano, que los camareros ya estaban colocando las mesas. Nos quedamos esperando, otros compañeros y yo, a que nos avisaran. Estaba a la misma altura de la puerta del comedor, donde había mucha gente sentada, preparada para comer. De pronto, booooom, todo lo que había delante de mí se vino abajo».

Juan José López, que entonces tenía veintiséis años, se quedó a dos pasos del abismo. Cuando la nube de polvo rojo fue desvaneciéndose, aquellas personas que estaba mirando habían desparecido, engullidas por un enorme boquete que arrastró paredes, vigas y techos. «No supe reaccionar. No sabía lo que había pasado. La gente estaba sentada, esperando para comer, la vajilla puesta, las mesas, todo… Y, de repente… ¡dejé de verlo! Al poco, los escombros, las voces, los gritos de auxilio. «¡A mí, que me ahogo! ¡Mi mujer, que se está ahogando!», se oía».

La tragedia de Los Ángeles de San Rafael es memoria viva. Quienes sobrevivieron a la catástrofe jamás han podido olvidarla. El próximo 15 de junio se cumple medio centenar de años de aquel fatídico día en que cincuenta y ocho personas perecieron y alrededor de ciento sesenta resultaron heridas en la mayor tragedia que el pueblo segoviano ha vivido en toda su historia, amén de las grandes y devastadoras epidemias, tan lejanas en el tiempo.

Familiares de las víctimas durante el funeral. Abajo, estado del edificio siniestrado y el gobernador de Segovia, Adolfo Suárez, dirigiendo las operaciones de rescate. / ABC

En los comedores reinaba el ambiente festivo. La cadena de alimentación Spar celebraba su noveno aniversario con la convención anual, la correspondiente a 1969. La organización había elegido el complejo hostelero de Los Ángeles de San Rafael, que ese día estrenaba dos nuevos salones. La misa y la convención dejaban paso al almuerzo, al que seguiría una gran fiesta, con diversas atracciones. Spar había cursado quinientas invitaciones y la respuesta era más que satisfactoria: decenas de familias, la mayoría pertenecientes al gremio de la alimentación, habían acudido a la cita. La cadena holandesa quería agradecer así a los distribuidores que durante el año anterior se habían distinguido por los volúmenes de venta, como tenía por costumbre.

«¡Se ha caído el comedor!»

Eran las tres menos cuarto de la tarde, minuto arriba minuto abajo, y los invitados tomaban asiento. Los camareros iban y venían, velando por la comodidad de los comensales, asegurándose de que todo estaba en orden para empezar a servir. «Preparábamos las últimas cigalas cuando el 'maître' entró en la cocina. «¿Empezamos?», nos preguntó. «Unos minutos y está». En el comedor, la gente estaba en movimiento, entraba, salía… El 'maître' se dio media vuelta y, al salir de la cocina, el suelo de desplomó delante de él. El derrumbe lo mandó dos o tres metros para atrás —recuerda Marino Velasco, segundo de a bordo en la cocina del restaurante—. Fue un golpe seco. «Se ha caído el comedor, se ha caído el comedor», gritaban». El suelo se había tragado a cientos de personas, que cayeron a la planta baja al tiempo que la cubierta de la sala se vencía sobre ellas. La crónica que el periodista segoviano Pablo Martín Cantalejo envió a La Vanguardia sigue poniendo los pelos de punta: «Alaridos, voces pidiendo ayuda, lamentos, brazos alzándose entre escombros, vigas de hierro y de hormigón aplastando decenas de cuerpos. Un espectáculo inenarrable», escribió. Hombres, mujeres, niños, con las vestimentas destrozadas, ensangrentados, llenos de heridas, se aferraban a la vida tratando de salir entre los cascotes. A su alrededor, numerosos cadáveres, cuerpos aplastados o literalmente atravesados por las vigas de hierro. Los supervivientes hacían lo que buenamente podían por ayudar a aquellos desdichados que pedían ayuda. «Bajamos y aquello era… Es mejor no recordarlo. Aquello era… dantesco», cuenta Marino.

«No supe reaccionar, no sabía lo que había pasado»

«No supe reaccionar, no sabía lo que había pasado» Juan josé lópez, superviviente

En cuanto trascendió la magnitud de la tragedia, Radio Segovia empezó a transmitir constantes boletines de noticias y avisos. Se pidió la colaboración de médicos, enfermeras, donantes de sangre, propietarios de vehículos, soldadores profesionales, grúas y otros materiales, y la respuesta fue extraordinaria. Segovia entera se volcó. No fueron pocos los que cogieron sus automóviles y se desplazaron al lugar para prestar su ayuda. El gobernador civil de la provincia, Adolfo Suárez, y el presidente de la Diputación de Segovia, Fernando Abril Martorell, fueron las primeras autoridades en llegar. El joven gobernador —Suárez tenía treinta y seis años— dirigió las operaciones desde el epicentro de la catástrofe. Guardias civiles, policías de Segovia y de Madrid, voluntarios de la Cruz Roja, tropa del Regimiento de Artillería 41 y de la Base Mixta de Carros de Combate, bomberos de Segovia, de El Espinar, de Ávila, de Madrid… Y ambulancias, decenas de ambulancias del Ejército, de la Cruz Roja, oficiales y particulares. «Un hombre me pidió que lo ayudara a trasladar un herido a su coche. «Vente conmigo porque tienes que ir sujetándolo, para que vaya en la posición más cómoda».

Portada de El Norte de Castilla del 17 de junio de 1969.

Llegamos a Segovia, lo dejamos en el 18 de Julio y volvimos a por más. Así hice varios viajes, hasta que mi novia me localizó en el mismo hospital. Estaba tan nervioso, tan desesperado por todo lo que veía a mi alrededor, que me fui con ella y no hice más», cuenta Juan José López.

Horas negras

Un hondo sentimiento de pesar invadió el ánimo de los segovianos. Quienes vivieron aquellas horas negras recuerdan el trajín de las ambulancias, el sonido de las sirenas, coches a gran velocidad, pañuelos blancos por las ventanillas, urgencia, prisa, angustia, respiraciones contenidas... La Guardia Municipal cortó la calle San Juan para facilitar el tránsito de los vehículos que trasladaban heridos. La policlínica 18 de Julio dispuso de los siete quirófanos que tenía y habilitó otros seis de menor entidad. Familiares de los comensales, horrorizados por las noticias de la radio, acudían al centro clínico en busca de sus seres queridos. Igual ocurrió en el Hospital de la Misericordia, que contó con la colaboración de muchos estudiantes de Medicina del campamento de las milicias universitarias de Robledo. «Los heridos, diseminados en habitaciones, salas y vestíbulos, eran atendidos en cuantos lugares se pudieron instalar pequeños equipos de urgencia. Numerosas personas en alto grado de excitación acudían buscando al padre, a la madre, a los hijos o a algún otro pariente. Gritos, preguntas alocadas, respuestas incompletas por falta de datos», narró Martín Cantalejo. También acogieron heridos la Clínica de la Concepción y los hospitales La Paz y Puerta de Hierro, todos de Madrid.

Equipos de rescate buscan supervivientes entre los escombros, la misma tarde del suceso.
Equipos de rescate buscan supervivientes entre los escombros, la misma tarde del suceso. / Europa Press / ABC

Sobre las seis de la tarde, los cuerpos sin vida de veinte víctimas llegaron al depósito del cementerio de Segovia en dos camiones militares y varias ambulancias. Adolfo Suárez había dado la orden. Militares y sanitarios bajaron los cadáveres, algunos irreconocibles, y los fueron introduciendo en los féretros. A medida que los familiares identificaban a sus deudos, se sucedían desgarradoras escenas. La identificación no fue tarea fácil. Mujeres y niños no llevaban encima documento alguno. Sus nombres empezaron a trascender en los periódicos del día siguiente, pero no todos.

«Antes de bien entrada la madrugada —contaba El Norte de Castilla—, algunos de los heridos hospitalizados ignoraban la muerte de sus familiares, pues piadosamente se intentó ocultarles durante el mayor tiempo posible la magnitud de la tragedia, que adquiere caracteres extraordinarios en una misma familia de El Escorial, de la que perecieron todos sus miembros. Se trata de Valentín Esteban Gamonal, Isidro Esteban Garrido, María Luisa Esteban Garrido, Julio Esteban Navas, Isidro Esteban Rodríguez, Julio Esteban Rodríguez y María Luisa Garrido Pérez. Algunas otras personas han tardado mucho tiempo en localizar a sus deudos, como es el caso de don Luciano de Andrés Lumbreras, de Segovia, que ha perdido a su esposa y a una hija de corta edad. Se sabe también que don Vicente San Segundo González, otro de los muertos, que había ido al complejo a prestar servicio como camarero extra, era portero del colegio de los Hermanos Maristas, de Segovia, y persona muy apreciada; tenía tres hijos y su esposa alumbrará el cuarto en fecha próxima».

Impresionante manifestación de duelo

Lo ocurrido consternó a España entera. Durante la misma tarde del 15 de junio, el ayudante de campo del jefe del Estado telefoneó varias veces al Gobierno Civil de Segovia, «en nombre de Su Excelencia». El papa Pablo VI, el conde de Barcelona y el príncipe Juan Carlos enviaron telegramas de pésame. El funeral por las víctimas se verificó al día siguiente del suceso, 16 de junio. Una ingente multitud abarrotaba la catedral. El ministro de la Gobernación, Camilo Alonso Vega, presidió los actos en representación del caudillo y el obispo, Daniel Llorente de Federico, pronunció la homilía. Miles de personas, en respetuoso silencio, acompañaron a los familiares de las víctimas. Después de la misa, la comitiva fúnebre partió de la plaza de Franco, descendió por la Calle Real, cruzó el Acueducto y llegó al camposanto tras ascender por la avenida Padre Claret. Las gentes, que abarrotaban las calles, las inmediaciones y los patios del cementerio, albergaban en sus rostros una intensa emoción cuando los féretros pasaban delante. «Todavía abatido por lo que había vivido el día anterior en Los Ángeles, asistí al funeral desde el campanario de la iglesia de San Miguel. Era impresionante ver a tanta gente, los coches fúnebres, las autoridades... Esas cosas no se olvidan jamás», afirma José Antonio Roldán, otro de los supervivientes, que había acudido a la convención de Spar invitado por Pascual Hermanos, empresa para la que trabajaba. También hubo entierros en Cantalejo, en Cuéllar, en Aguilafuente, en Olmedo, en El Escorial, en el Barco de Ávila, porque había víctimas de las provincias de Segovia, de Madrid, de Valladolid, de Ávila…

Portada de El Norte de Castilla del 18 de junio de 1969.

Jesús Gil, en prisión

A esas horas, la indignación era ya equiparable a la consternación. La prensa barajaba las causas de la tragedia: al parecer, el edificio que acogía los nuevos salones había acabado de construirse tres días antes de aquel fatídico 15 de junio de 1969. En alguna fotografía se ve el material de construcción en las inmediaciones del centro de convenciones de Los Ángeles de San Rafael. Tampoco fueron pocos los testigos que dijeron que la argamasa estaba fresca, que el olor a obra recién terminada impregnaba el ambiente. El Ministerio de Información y Turismo no tardó en comprobar que la Dirección General de Empresas y Actividades Turísticas solo había autorizado un único restaurante en aquella urbanización: el que llevaba funcionando un año y había quedado al margen del hundimiento. «La catástrofe ocurrió en una zona de ampliación de tal restaurante, de reciente construcción, respecto de la que ni en dicho centro directivo, ni en la Delegación Provincial del Ministerio de Información y Turismo, se había solicitado la oportuna autorización de apertura, no contando, por lo tanto, con licencia administrativa para su puesta en servicio, hecho que al parecer se anticipó para dar cabida a los miembros de Spar», informó El Norte en su edición del 17 de junio.

Jesús Gil y Gil, en la Audiencia Provincial de Segovia, durante el juicio.
Jesús Gil y Gil, en la Audiencia Provincial de Segovia, durante el juicio. / Archivo

El juez decretó el ingreso en la prisión provincial de Segovia del propietario del complejo, el empresario soriano Jesús Gil y Gil, la noche del mismo 15 de junio. También fueron detenidos, casi de inmediato, el jefe de la división de obras y el encargado de la construcción. «Sé que los responsables de la obra le dijeron: Jesús, que esto no se puede abrir, que hay que dejarlo más tiempo, que tiene que fraguar, pero su idea era que ese día se tenía que inaugurar y así fue. Se inauguró y pasó lo que pasó», dice Pepita Bravo, empleada del complejo hostelero y testigo de la tragedia. En el otoño de 1971, la justicia condenó a Jesús Gil y Gil, a Javier de Miguel Polo, a Eugenio García Rodríguez y a Eugenio Maderuelo Tapias «como autores responsables sin circunstancias de un delito de imprudencia temeraria con resultado de homicidios y lesiones». La sentencia de la Audiencia Provincial, de veinticuatro folios, lo dejaba claro: «Estas obras sin cálculo, ni estudio facultativo de ninguna clase, pues no fueron proyectadas ni dirigidas por arquitecto, ni aparejador, ni ningún otro técnico de ninguna clase, ni autorizada licencia de obras municipales, las acometió y ordenó el señor Gil y Gil con olvido de las más elementales ideas y nociones sobre la seguridad de los edificios, creyendo simplemente que, por lo que él había visto en su profesión y actividad de constructor, al frente de la inmobiliaria, era por sí solo capaz de idear, construir y dirigir nada menos que una nave de ampliación de un restaurante».

«Yo me encargué de mandar a Gil la comida a prisión diariamente»

«Yo me encargué de mandar a Gil la comida a prisión diariamente» Marino Delgado, cocinero del restaurante

«No sé exactamente cuánto tiempo pasó Gil en la cárcel —dice Marino Velasco, el cocinero—. Yo me encargué de mandarle la comida diariamente. El chófer iba y venía de la prisión con la cesta. No puedo negar que guardo buen recuerdo de él. Nunca, durante los años que trabajé para él, le oí una mala palabra. Eso sí, era durísimo con quien se la hacía».

A Jesús Gil le cayeron cinco años de prisión mayor, de los que cumplió veintisiete meses. El general Franco acabó indultándolo, pero en la historia ha quedado que cincuenta y ocho inocentes perdieron la vida por la negligencia, la especulación inmobiliaria y la falta de escrúpulos, males endémicos de aquella España gris marengo del tardofranquismo.

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