Canal del Duero, el silvestre jardín botánico

Construido en el siglo XIX para abastecer de agua potable a la capital de la provincia, sus orillas son un tratado de botánica espectacular

Olmos, nogales, alerces, silvares, plantas semilacustres... Es el Canal/A. Ojosnegros
Olmos, nogales, alerces, silvares, plantas semilacustres... Es el Canal / A. Ojosnegros
Eloy de la Pisa
ELOY DE LA PISA

Aunque es el hermano menor del archifamoso Canal de Castilla, el del Duero ofrece al paseante que quiere escapar por unas horas del agobio del ladrillo y el asfalto un tratado de botánica para el que no es necesario estudiar. En sus orillas, en especial en los tramnos en los que canal y río se acercan para reconocerse como padre e hijo, encontrará el paseante ocasional o el senderista profesional la ocasión pintiparada para sacar lustre y brillo a esa guía de las plantas silvestres con que se descolgaron un año los Reyes Magos.

Hay quien sostiene que entre los ingenieros que allá por el 1880 iniciaron las obras en lo que hoy es la afamada Abadía de Retuerta había uno especialmente preocupado por las especies vegetales. Y que debió ser él el que fuera salpicando las orillas de especies extrañas, raras, impropias de la meseta castellana. Quieras que no, un terreno que discurre entre dos cursos de agua es más que prometedor.

Sea como fuere, que lo importante ahora es lo que hay y no lo que pasara, lo capital y fetén es que el paseante puede escoger diversas maneras de solaparse con la naturaleza y el paisaje si decide conocer el Canal del Duero. Verbigracia: o los senderos artificiales en los cuales contemplar y comprender la magnífica obra de ingenierá que corre paralela al Duero o transitar por los pequeños senderos en los que se aprecia la erosión que el Canal va provocando en su infinita pelea por acercarse al curso natural que le dio la vida.

Entre Quintanilla de Onésimo y Sardón está el tramo más artificial. La obra humana que permite contemplar a padre y a hijo en su camino hacia el oeste. Tranquilo y reposado el progenitor, frenado por las pesqueras y encajonado entre taludes que solo los árboles soportan; rápido, nervioso, vivaz, el hijo, apresurado por llegar a su destino. Al fin y al cabo, si nace en Quintanilla y no en Traspinedo es porque quisieron darle más caída y que de esa manera la corriente fuera más apresurada.

A partir de Sardón se disfruta del tramo más asilvestrado, más botánico, más de mirar alrededor y menos al agua. Gracias a ese anónimo ingeniero, pueden observarse varios secuoyas nada más superar el aliviadero, combinadas con abetos Douglas, portentosos nogales, arces, alerces, silvares, fresnos, abedules y hasta algún avellano que se esconde tímido entre el follaje.

La senda, sombreada, cómoda, elegante, conduce hasta la Dehesa de Peñalba –nacimiento del Canal sobre el papel del primer proyecto–, y continúa hasta el punto en el que padre e hijo cruzan sus caminos para separarse. En ese lugar el paseante o el senderista encontrará un puente de hierro por el que el Canal pasa de discurrir por la orilla izquierda a hacerlo por la orilla derecha. Ya no volverán a verse.

El cruce es el final del camino. No merece la pena arriesgarse a cambiar de orilla cruzando un puente pensado para que pase el agua, no las personas. Si hemos sido previsores, habremos dejado un coche en el Mesón La Maña y tendremos vehículo para regresar a casa. O para acercarnos a Traspinedo a tomar unos pinchos de lechazo al sarmiento. O a Santibañez. Y si hay tiempo, llégate hasta el Monasterio de la Armedilla para ver la puesta de sol.