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Delenda est Autonomia

No me parecen suficientes los líderes que se conforman con gestionar bien el día a día, por excelente que sea la gestión.

Eduardo Fernández

Martes, 14 de julio 2020, 17:53

El 15 de noviembre de 1930 quien fue insigne diputado nacional por León, el filósofo José Ortega y Gasset, escribió en el diario El Sol lo que más que un artículo de opinión fue un aldabonazo a las conciencias de sus conciudadanos. Hoy yo, que he sido también diputado en el Congreso por León, con seguridad con menos merecimientos e infinita peor condición intelectual que nuestro mejor filósofo, escribo unas líneas para agitar alguna conciencia política, con más modesta ambición, en cuanto que me dirijo a mis compañeros de partido. El artículo de Ortega llevaba por título «El error Berenguer»; yo he preferido no personalizar el error, porque tiene diversos padres, sin duda yo entre ellos. Ahora bien, permítanme que no me sitúe en primera línea de responsabilidad actual, que como el oropel del cargo, la púrpura del poder y las remuneraciones, la apatía y la estulticia irían eventualmente con la presidencia.

Dos son los males de la actual hora del Partido Popular que desde León precisamente nos incumbe poner de manifiesto para corregirlos. Por un lado, la indolencia, que se ha asentado con más fuerza que cuando el partido estaba más institucionalizado. Yo quiero presidentes que tengan en la cabeza una idea de España, de Castilla y León, de León y de Palanquinos llegado el caso. Una idea de sus anhelos y de sus problemas. No me parecen suficientes los líderes que se conforman con gestionar bien el día a día, por excelente que sea la gestión. Una ideología, concepto tan denostado como desconocido, no es más que la suma de una visión de nuestra sociedad y sus problemas unida a un proyecto para paliarlos. Mi partido tiene que tener ideología que nos rescate de la simple gestión. Pero mucho me temo que alguno ha caído en el escalón más bajo: de gestionar el día a día a ver pasar los días. Me duele tanto más, cuanto más afecto personal le he profesado.

En segundo lugar, me parece suicida renunciar a lo que tanto nos ha unido con la sociedad a la que pertenecemos. No creo en un partido de estructuras centralizadas. Desde ninguna sede se conocen enteramente las necesidades de esta tierra y de este partido. Probablemente desde Génova menos que desde otros sitios. Pero hay direcciones del partido que deberían responder con celeridad a un cambio de rumbo que reconecte este partido con sus bases y sus votantes. Es su responsabilidad, la que le hemos entregado los afiliados en los congresos que los han aupado para algo más que para chulear de cargos. La grandeza de este partido es que en cada pequeño pueblo, desde la tierra seca de campos hasta el pico de las montañas, tiene mujeres y hombres que se dejan la piel por sus ideas y sus gentes. Querer seguir el modelo de partidos recién inventados que carecen de base territorial y traen cuneros y paracaidistas a todos lados es un grave error que ofende a quienes nos han apoyado en todo tiempo y circunstancia. Yo he puesto mi nombre en una papeleta que respaldaron más de 150.000 personas de esta provincia y en otra que no alcanzó el escaño; nada hubiera hecho en el primer caso desde un despacho yo solo con mi soberbia, nunca me hubiera recuperado en el segundo si no fuera por todas las personas a las que les he debido cada paso que di. Hay quien ha olvidado esta grandeza del Partido Popular solo para intentar colocar a sus amigos. Es tiempo de corregir esta cuestión. Puedo haber sido el peor secretario y el peor presidente provincial de este Partido, pero sé que hay algo peor: es injustificable un semestre sin secretaría y sin gerencia, con la que cae fuera de la sede. Si todo siguiera igual, dejándose pasar los días, tal vez haya que repensar el modelo de partido.

No les oculto que estas líneas obedecen a que me hierve la sangre al ver que otro Ayuntamiento más ha respaldado esa aventura hacia el empeoramiento de la financiación y de la atención a la gente que a mi juicio representa el «León solo». Por supuesto, lo que hagan los concejales de otras formaciones no me incumbe; me preocupa la actitud de los míos que esperan a que escampe. Un buen amigo recuerda a menudo el célebre debate de La vida de Brian «aparte del acueducto, el alcantarillado, las carreteras, la irrigación, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público y los baños públicos ¿qué han hecho los romanos por nosotros?» La crucial diferencia es que no se conoce caso de gobernador romano que permaneciera silente sin vender las bondades de la romanización. Creían en lo suyo y aunque solo fuera por vergüenza torera o gladiadora de no dejar mal al emperador que los hubiera nombrado o porque les iba en los denarios del sueldo, lo vendían bien. Decir en cada sitio lo que se quiere oír por comodidad es táctica que he censurado a otros que, a fuerza de veletas, se quedan en nada.

Con respeto hacia los que piensan de otra forma, muchos de ellos entrañables amigos, déjenme que yo piense como quiera. Lo malo no es defender que León superará, como por arte de ensalmo, todos los males convirtiéndose en Comunidad uniprovincial; eso es legítimo (y para mí quimérico), sino no oponer con la fuerza de las razones y los datos la idea contraria, dejando pasar los días, no debatirlo y no mostrar a la sociedad leonesa una sola voz. Eso en un partido con decenas de miles de afiliados es abrir la puerta a proyectos atomizados y dispersos, en lugar de abrirlo a una idea de España. Catón el Viejo terminaba machaconamente cada discurso ante el Senado romano con la frase «Carthago delenda est» (Cartago debe ser destruida); aquí otros, venga o no a cuento del asunto de que se trate, están en que la autonomía debe ser destruida; unos porque no quieren ninguna -aunque han tenido doble ración de ineptitud centralista con el estado de alarma- y otros porque la quieren con su terruño. Es de sobra conocida mi posición: yo creo que El Bierzo está bien en León, que León está bien en Castilla y León; el verdadero problema, que no nos solucionan y de ahí el desencanto generalizado, es saber qué se quiere hacer para ganar un futuro que está negro en El Bierzo, en León, en Castilla y León y en España. A esa labor está convocado mi partido y si pierde el tiempo en las cuestiones adyacentes y secundarias en lugar de las sustantivas, cada vez será menos referente para los votantes y para los ciudadanos que no le votan.

En esos males se apoyan otros menores y más fáciles de corregir, que tienen su manifestación en la persecución de la polarización. El partido en el que yo llevo treinta y ocho años y al que ningún advenedizo le va a enseñar a querer a España, juega mejor por el centro que por las bandas. No es siquiera que por estrategia electoral a los del extremo no les ganes, porque nunca estarás dispuesto a llegar a tal grado de populismo y demagogia, es que la fiebre pasará y conviene que te pille ocupando el espacio en el que más españoles y aún más leoneses se sitúan. La enseñanza de las elecciones gallegas me parece clara.

Desde la libertad de haber dejado la política para no retornar y la preocupación por la que siempre será mi casa, como Ortega, que después de titular «el error Berenguer» explicaba que Berenguer no era el sujeto, sino el objeto del error, considero que no es cuestión de apellidos, que aquí todos sabemos de lo que hablo. Es cuestión de actitudes y de reparar errores, de ocupar vacíos. Frente a los que se afanan en delenda est autonomía, termino parafraseando a Ortega y Gasset: y como es irremediablemente un error, somos nosotros, gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestros compañeros: vuestro partido no existe ¡Reconstruidlo!

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