Alejandro Fernández Banegas
Taller Banegas
La belleza de lo efímero
“Sé que hay ramos de novia que he mandado y que han viajado muchos kilómetros en tren, regalo de un familiar, para llegar a su destino el día de la boda”.
Como si el tiempo se hubiese detenido en el siglo XIX, la estación de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) sigue siendo vital para el desarrollo personal y profesional de Alejandro Fernández Banegas. “El viaje es muy importante para mí porque es el hilo conductor entre lo urbano y lo rural, entre esos dos mundos que tengo separados físicamente, pero que en mí están integrados. Y ese viaje tiene el valor de mantenerlos unidos”.
Para este diseñador floral, estilista y set designer lo mejor de su oficio “es trabajar con las manos y tocar muchos recursos creativos a la vez, como pueden ser color, volumen o escala en un mismo diseño”. Y si esto ya de por sí es complejo, sumemos a la ecuación su seña más reconocida: las flores. Su mayor preocupación en este sentido “son los tiempos, porque trabajo con un producto fresco, con ciclos de vida muy cortos y la respuesta tiene que ser siempre muy rápida. Las variedades florales cambian según las temporadas y la climatología: el calor, el frío o el viento”.
Sus raíces manchegas lo fijan al mundo rural, a los frutos de la tierra: “mi familia siempre ha trabajado en el campo. En mi pueblo hay mucha producción de aceite y de vino y he estado muy ligado a eso desde pequeño. Es un trabajo muy duro y muy exigente y de alguna manera yo necesitaba encontrar belleza en ese contexto tan agreste”. Fue un niño activo y creativo. “Tengo recuerdos desde muy, muy pequeño cogiendo flores, cualquier jarrón o cualquier cosa que hubiera en casa, y montando un pequeño set o un incipiente arreglo”.
“La estación de tren de mi pueblo es como entrar en una ciudad desde el recibidor de la casa: desde la mejor parte para dar la bienvenida a alguien”.
Alejandro Fernández Banegas · Taller Banegas
Ese esfuerzo extra en su capacidad de ver lo bello en el ambiente rural en el que se criaba le ha forjado una forma de trabajar única y exquisita. “No parto de un punto concreto que necesite transmitir, sino que trabajo sobre una idea abstracta de lo que yo considero bello. Y es lo que me mueve y lo que condiciona mis pasos cuando estoy haciendo un arreglo o cuando estoy pensando un diseño”.
Esta filosofía ha sido capaz de llevarlo a cotas que ni él mismo atisbaba a imaginar gracias a “una serie de trabajos en un mismo ámbito que me han posicionado en un lugar muy confortable y muy gratificante para mí. Como son el interiorismo en casas, con decoradores y arquitectos; en fotografía de interiores para revistas de decoración... Y al trabajar con espacios, una cosa me ha ido llevando a la otra: de casas a tiendas, de tiendas a hoteles”.
Taller Banegas tiene su sede en Madrid. Pero su vínculo con esta ciudad comenzó años antes mientras estudiaba Bellas Artes. “El tren siempre ha sido lo más práctico para llegar a donde tenía que llegar. Lo utilizo para ir a mi pueblo y también para trabajar”.
Lo veo igual en las flores, en el paisaje, en la arquitectura e, incluso, en su gente. Es una forma de ser y de estar muy sencilla, pero muy auténtica; y ha dejado en mí una marca indeleble que siempre está en mi trabajo aunque no se viera”. Tierra que marca e imprime un determinado carácter y que requiere de ciertos protocolos a modo de bálsamo reparador.
“Soy mucho del lugar de donde vengo, soy mucho de mi familia y soy mucho de mi entorno. Hay una gran parte de mi personalidad que me pertenece a mí, a mis estudios, a mi trayectoria y a mis inquietudes. Por eso, sentarse en el tren, para mí, es como entrar en un paréntesis temporal donde estás en movimiento, pero haces una pausa para reconectar contigo”.
“Si dejara de hacer estos viajes en tren perdería ese momento para tomarme un poco de calma, de ser recibido por mi familia, de mirar por la ventanilla del tren y darme esos momentos de tranquilidad”.
Alejandro Fernández Banegas · Taller Banegas
Para todos, la estación de destino tiene siempre un halo especial. Para Alejandro, el final del trayecto “también forma parte del encuentro familiar. Le tengo mucho cariño a esta estación porque el padre de una de mis mejores amigas siempre ha trabajado en ella. Es un apasionado de los trenes y la primera vez que visité esa estación fue con mi amiga”.
Y allí, sentir que estás en el sitio al que perteneces: “volver a esa sencillez, a fijarme en las cosas esenciales y a recolocarme. Creo que si dejara de hacer estos viajes en tren perdería ese momento para tomarme un poco de calma, de ser recibido por mi familia, de mirar por la ventanilla del tren y darme esos momentos de tranquilidad”. Sería, en definitiva, dejar a un lado algo bello.



