El Supremo rechaza la parafilia como eximente

Manifestación contra las agresiones sexuales ante el Congreso de los Diputados./EEF
Manifestación contra las agresiones sexuales ante el Congreso de los Diputados. / EEF

Concluye que los agresores y violadores con un transtorno sexual «saben lo que se hacen» y son «conscientes»

Alfonso Torices
ALFONSO TORICESMadrid

El Tribunal Supremo ha confirmado en una reciente sentencia que padecer una parafilia, un transtorno enfermizo del comportamiento sexual del tipo al exhibicionismo, la pedofilia o el sadismo, entre una larga y variada lista, nunca podra considerarse como una eximente en la comisión de un abuso, una agresión sexual o una violación. Es decir, nunca podrá liberar al autor de la responsabilidad penal. Como mucho, y si se trata de un transtorno muy pronunciado, podría ser objeto de una atenuante de las penas.

La razón de que la «perversión» nunca libere de la sanción penal es que el Supremo tiene claro que estas personas, hasta en los casos más extremos, tienen «plena conciencia y voluntad del mal que están haciendo» a sus víctimas. «Sabe y conoce lo que se hace. Sabe que es incorrecto, y pese a ello persiste en su conducta», asegura. El tribunal indica que «estos sujetos -para los que recuerda que existen tratamientos psicológicos- son libres de actuar al tener una capacidad de querer, de entender y de obrar plenas». Añade que su responsabilidad penal, en todo caso, solo podría quedar eximida si va asociada a otros transtornos psíquicos como la toxicomanía, el alcoholismo o la neurosis depresiva.

La doctrina del alto tribunal ha servido para confirmar la sentencia de la Audiencia Provincial de Valencia que, en abril de 2018, condenó a 15 años de prisión y a 10 posteriores de libertad vigilada a un hombre, afectado por un transtorno parafílico de exhibicionismo, que agredió sexualmente a once mujeres a lo largo de dos años (de 2014 a 2016), a las que asaltaba en época no estival en una playa poco transitada y ubicada entre Sueca y Cullera.

El agresor, de forma reiterada, y con un modus operandi que incluía casi siempre el uso de la fuerza, aprovechó la soledad de sus víctimas, en una zona de dunas y sin urbanizar, para masturbarse sobre ellas, para realizarles todo tipo de tocamientos, y para, al menos en dos casos, violarlas con sus dedos.

 

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