La silenciosa soledad de las viudas

Milagros Uyá en la Plaza Colón de Madrid, en un acto de Accem./Virginia Carrasco
Milagros Uyá en la Plaza Colón de Madrid, en un acto de Accem. / Virginia Carrasco

En España, las mujeres nacidas antes de 1950 llegan al 10% de la población y su vulnerabilidad se duplica cuando viven solas

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Milagros Uyá habita uno de los 1,8 millones de hogares españoles donde vive una persona sola mayor de 64 años. Ella tiene 87 y desde hace más de una década vive sola. Su hijo murió con 27 años en un accidente de tráfico, y su esposo por la complicación de un tumor hace un cuarto de siglo. Ella tenía 61 y fue entonces cuando comenzaron los días de soledad. Sus otras dos hijas ya hacía tiempo que se habían marchado de su lado. En su casa de Madrid combate cada minuto esas ausencias. Cualquier día se despierta a las ocho. Prepara un desayuno abundante. Mucha fruta, un batido de Herbalife, pan y tomate. Es su secreto, que la comida mengüe con las horas. Come con los cascos puestos, donde escucha música clásica. «Soy sorda», justifica el uso de los auriculares. A las diez se asea y arregla la casa. Dos veces por semana acude a clases de literatura y de escritura. «Leo mucho. Este año, 39 libros. El último ha sido 'El oculto' de Dan Brown». También escribe, ensayo y poesía: «El día es largo y hay que llenarlo. ¿Cómo hemos dormido? A veces cuesta y hay que recurrir a la infusión o la mecedora».

¿Qué es la soledad, Milagros? «La persona que por circunstancias de la vida tiene casa y está solo, pero no lo acepta, y se hace triste y amargada», define Uyá, durante un acto de la ONG para colectivos vulnerables Accem. «Las mujeres mayores españolas son casi el 10% de la población», sostiene la organización que promueve la campaña 'Solas No'. El año pasado eran 4,7 millones de personas de todas las edades las que vivían solas. La tercera parte son mujeres que «nacieron en la década de los cuarenta y los cincuenta y, en su infancia y juventud, vivieron en un país sumergido en la pobreza, con escasas posibilidades de trabajar de forma remunerada, sin oportunidades de acceso a la educación y en una sociedad que les limitaba al rol tradicional de la mujer», perfila Accem. Sin embargo, la actitud frente a la vida ha evolucionado junto al resto de la sociedad: «Me gusta la libertad», dice Uyá. «Yo siempre quiero saber cuál es el problema. Si tiene solución, a ello; si no, lo acepto».

«No me aburro»

La esperanza de vida en España está por encima de los 83 años: 80 para los hombres y 85,7 para las mujeres, según el documento 'España en cifras 2019' del Instituto Nacional de Estadística. La proporción de personas mayores de 64 años es del 19,2%, con un notable aumento desde 2008, cuando era del 16,4%. La población envejece y se aísla: las personas mayores de 65 años que viven solas suponen el 14,7%, un porcentaje que aumenta al 18,2% si tienen más de 75 años. Los hombres se quedan solos porque han permanecido solteros en el 58% de los casos, y las mujeres, porque enviudaron en el 47,3% de esos hogares, según datos del INE en 2019 (por contraste, el porcentaje de personas que viven solas menores de 25 años apenas supera el 1%). Esas personas mayores y solitarias tienen una alta vulnerabilidad, que se duplica en el caso de las mujeres que viven solas.

Más aún cuando tienen hijos. Del 1,7 millones de hogares donde sólo un progenitor vive con los hijos, en la gran mayoría (82%) se trata de la madre, una tendencia que va en aumento: 53.000 familias monoparentales desde 2011. El 41% de esas casas está a cargo de una viuda, el 37% de una mujer separada o divorciada, el 15% de una soltera y el 6% de una casada, indica la data del INE. «La mayoría ha vivido una vida dedicada a los cuidados: primero a sus hijos, luego a sus padres y suegros, posteriormente a sus maridos», prosigue Accem. «Hasta que se quedaron viudas y ahora son ellas las que requieren esos cuidados».

Ha sido el caso de Milagros, una entre tantos millones de mujeres. «Los años no importan, son las personas», explica ella, que perteneció a una asociación de amas de casa, admira a Rafa Nadal y se arregla con adornos de oro y nácar. «La juventud la llevamos dentro, aunque el físico se destruya. Puedo escribir, ver la tele, mandar mensajes, usar el ordenador. Estoy en activo. Todos los días camino 3.000 pasos por mi calle, que tiene árboles en las dos aceras. Veo la puesta de sol, un jardín desde mi ventana».

Pero el tiempo avanza. «Ahora me canso». A media mañana toma café con soja. En el resto del día come en «platos más pequeños que los de postre». La soledad aminora con la visita de sus hijas. «No me aburro».