Mirar con los ojos de un ciego, caminar con las ruedas de una silla

Las personas con discapacidad sortean obstáculos que para los demás son invisibles, mientras se incumple la normativa

Izquierda. Fátima Peinado y Carmen Fernández caminan por Madrid. Derecha.Jonatan Ruipérez sortea un bache de la calle Serrano. / Óscar Chamorro | Virginia Carrasco
Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

¿Alguna vez ha intentado hacer un largo en una piscina con los ojos cerrados? A las pocas brazadas se comprueba la dificultad de mantener la linealidad. Así es caminar por una acera para un ciego, según Fátima Peinado, administradora de empresas de 42 años. Ciega desde los 15, por un glaucoma congénito que empezó a afectarle a los doce. «Cuando una persona no ve, se desorienta en los espacios abiertos. Es como estar en una piscina con los ojos cerrados. No haces un largo recto», describe Fátima, que camina a buen paso con su bastón. Lo mueve de lado a lado, en un arco de 90 grados que abarca la anchura de sus hombros. Si acelera, el zigzag del bastón también va más rápido. En un extremo del movimiento, sin aspaviento, la punta del bastón roza con la pared de los edificios. «Las fachadas te ayudan a orientarte».

En la esquina de las calles Serrano y Goya, cuya acera está diseñada para hacer juego con las lujosas tiendas de los lados, Fátima empieza un paseo. A los diez pasos, sortea una alcantarilla levantada junto a un árbol, detectada a tiempo por su bastón. Cinco pasos más allá, un improvisado párking de patinetes, ésos que habían sido prohibidos con altavoz y que han regresado silenciosamente.

Como es uno de los días más desapacibles del invierno, el viento ha tirado los patinetes. Fátima los detecta al buscar el paso de peatones para dirigirse a la plaza Colón. El cruce funciona. Tiene ese sonido de sirena que le alerta de los colores del semáforo en rojo. Fátima se detiene. Sin darse cuenta, está sobre el carril bici, hecho con la misma piedra que el resto de la acera, sin bordillo o indicador podotáctil -la moqueta de goma irregular que hay en lugares como el Metro-. Un despiste del arquitecto y paisajista.

«En las calles existen bandas que debe respetarse», explica Carmen Fernandez, arquitecta de la Dirección de Accesibilidad Universal de la Fundación ONCE. «Cada una tiene su cometido: mobiliario urbano, jardinería, tránsito peatonal (más próxima a las fachadas), y exterior, para el carril bici y la calzada». Cuando no están bien diferenciadas, dar veinte pasos se convierte para las personas con alguna discapacidad en una «carrera de obstáculos», como dice Fátima, que enumera a cada pisada los baches, invisibles para los videntes que los tienen como parte del paisaje: terrazas de bares cuyas mesas y sillas bloquean la línea del peatón, macetas en los portales, vehículos de carga que sobresalen de la calzada, los andamios de una ciudad en eterna reconstrucción. Los peores son los indetectables para el bastón, como las mesas altas para fumar, las puertas abiertas de los camiones o los toldos de verano.

Sobre ruedas

La ciudad ha evolucionado para ser más accesible y, en efecto, lo es. Pero persisten detalles que impiden el pleno acceso y disfrute. «Se junta la antigüedad de las instalaciones, la falta de civismo y sentido común, las aceras estrechas, las cosas que se dejan por el medio», sostiene Jonatan Ruipérez, consultor de Inserta de 37 años, cuya médula quedó afectada por una mielitis que paralizó sus piernas.

Puertas adentro las dificultades empeoran. De los 9,8 millones de edificios de viviendas «únicamente el 0,6% cumplen con los criterios técnicos» establecidos en la normativa de accesibilidad, «fundamental para el 10% de la población», según datos de la Fundación ONCE y el Consejo General de la Arquitectura Técnica de España. Desniveles hasta la vía pública o puertas demasiado pesadas son unas de las más comunes. Sin embargo, no todo es negativo: España es el país con más ascensores: un 78% del parque inmobiliario tiene uno, según la Fundación Mutua de Propietarios y la Universidad Rovira i Virgili.

Óscar Chamorro

En un paseo similar al realizado por Fátima, las grietas del pavimento, insuficientes incluso para incomodar al paso de un zapato con una suela regular, bloquean como una zancadilla el paso de las ruedas. Las personas con la médula totalmente afectada, que pierden la fuerza en los músculos del abdomen y dependen de los brazos, se desequilibran al pasar por este sendero. «La cuestión no es el tránsito por una calle, sino todo el conjunto desde que sales de casa». Jonatan explica que hay rampas, pero algunas no son funcionales; ascensores sin mantenimiento; salvaescaleras en edificios públicos pero los funcionarios no tienen la llave; aceras anchas y nuevas pero con desniveles decorativos; plazas de aparcamiento reservadas pero multitud de conductores las ocupan «cinco minutos».

«Es ese continuo que te obliga a pedir ayuda siempre. En el Retiro sólo hay dos entradas para ir con la silla, las demás tienen bordillos o peldaños», ejemplifica Jonatan. «No se trata de hacernos favores, sino de desarrollar la empatía y entender que todos somos iguales».