Shakespeare, los ingleses y el jerez

Falstaff en la taberna Boar's Head, grabado de 1796./Wikimedia Commons CC0.
Falstaff en la taberna Boar's Head, grabado de 1796. / Wikimedia Commons CC0.

El bardo de Stratford-upon-Avon popularizó inmensamente el consumo de vino de Jerez en Inglaterra a principios del siglo XVII

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

«Si mil hijos tuviera, el primer principio humano que les inculcaría sería abjurar de brebajes ligeros y dedicarse al jerez». Así hablaba el cobarde, pendenciero y gordo caballero John Falstaff en la obra Enrique IV de William Shakespeare. Disoluto pero simpático, Falstaff fue uno de los personajes más populares del bardo inglés, quien le incluyó como secundario estelar en las dos partes de Enrique IV, como protagonista en Las alegres comadres de Windsor y como fallecido y recordado en Enrique V.

La declaración de amor de este truhán por el jerez fue sin duda compartida por Shakespeare y también por muchos de sus contemporáneos británicos. Aunque sobradamente conocido ya en Inglaterra, el jerez vivió una inusitada popularidad en la por entonces Pérfida Albión a finales del siglo XVI. A pesar de que Enrique VIII mandara a Catalina de Aragón a hacer puñetas, a pesar de la guerra anglo-española (1585-1604), de la Armada Invencible e incluso a pesar —o más bien precisamente a causa de— el ataque y saqueo de Francis Drake a Cádiz en 1585. Se cree que el pirata preferido de Isabel I de Inglaterra se llevó como botín a Londres miles de botas de vino de Jerez, poniéndolo momentáneamente de moda en la capital del Támesis gracias a esta inesperada abundancia sin aranceles de por medio.

William Shakespeare (1564-1616) solía acudir con sus amigos a tabernas londinenses de ambiente literario, como Mermaid Tavern o Boar's Head, y allí en compañía se ponían todos tibios a «sack» (del español «saca»), un vino dulce procedente de España o Portugal y que se mezclaba con azúcar o especias. Aquel sack podía ser de Madeira, Oporto, Canarias o Jerez, llamándose en ese último caso «sherris sack».

Gervase Markham (1568-1637), escritor y poeta inglés conocido de Shakespeare, escribió en 1615 un curioso manual para amas de casa (Contentments or the English Huswife) con toda clase de consejos prácticos para hacer conservas, componer la mesa o elegir los mejores manjares. En el apartado dedicado a los vinos Markham por ejemplo decía que el mejor sack o vino dulce era el de Jerez, seguido por los de Galicia y Portugal y los más fuertes de Canarias y Málaga. Los ingleses de entonces no eran muy distintos de los de ahora, al parecer, y les gustaba empinar el codo con licores fuertes y contundentes. El jerez, más apreciado y caro pero también más ligero que otros vinos, era a veces fortificado en las tabernas de Londres con aguardiente, cerveza, azúcar o especias.

Falstaff (y por lo tanto también su autor) proclamó hace más de 400 años su amor incondicional por el jerez, una oda al placer y la buena vida que le valió a Shakespeare un monumento en Jerez de la Frontera en 1956. «Un buen jarro de jerez hace un doble efecto. Sube al cerebro, diseminando allí todos los tontos, obtusos y agrios vapores que lo rodean, lo hace sagaz, vivo, inventivo, lleno de ligeras, ardientes y deliciosas formas que, entregadas a la voz que les da vida, se convierten en excelente espíritu. La segunda propiedad de vuestro excelente jerez es calentar la sangre, la que antes fría y pesada deja al hígado blanco y pálido, que es el distintivo de la pusilanimidad y la cobardía, pero el jerez la calienta y la hace correr del interior a todos los extremos. Ilumina la cara que, como un faro, da la señal a todo el resto de este pequeño reino, el hombre, de armarse; entonces toda la milicia vital y los pequeños espíritus internos se forman detrás de su capitán, el corazón, que grande y soberbio se atreve a cualquier empresa valerosa. Y todo ese valor viene del jerez».

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