La mentira de Nadia se sienta en el banquillo

Los padres de Nadia, junto a la pequeña./Efe
Los padres de Nadia, junto a la pequeña. / Efe

Comienza el juicio contra los padres de la pequeña, acusados de estafa por enriquecerse con la enfermedad de su hija

Isaac Asenjo
ISAAC ASENJOMadrid

Era el 'negocio' de Fernando y Marga. Gracias a su hija Nadia llegaron a acumular casi un millón de euros que debían servir -supuestamente- para curar a la pequeña de su enfermedad mortal. Argumentaron que tenía que ser operada en EE UU a sabiendas de que no era cierto. Porque Nadia está enferma pero no tiene riesgo de muerte inminente. La niña padece tricotiodistrofia, una enfermedad rara que produce alteraciones en el pelo y la piel y una serie de trastornos neurológicos que impiden un desarrollo intelectual normal, así como envejecimiento prematuro. Algunos de los síntomas y alteraciones que causa son tratables, pero es una enfermedad incurable.

Fernando conmovió a media España con un relato ficticio difundido por varios medios de comunicación. Salió en innumerables platós de televisión acompañado de su mujer y de Nadia. Una novela de mal gusto que tenía poco de verdad. A medida que subía el dramatismo de la historia, la cuenta corriente de la asociación que crearon para gestionar las donaciones incrementaban escandalosamente. «Nadia se muere», decía una y otra vez Fernando.

Dijo que la niña fue tratada de Afganistán, en Houston, en Finlandia, en Rusia... Era mentira. Igual que tampoco se encontró rastro de los doctores de los que Fernando hablaba con los medios. Tampoco se registró ninguna muerte de algún niño por culpa de dicha enfermedad menor a los cinco años. Nadia no fue dada de alta en ninguno de los hospitales que su padre contaba. El dinero recaudado no había sido usado ni para medicamentos ni para operaciones ni para tratamientos. Nadia estaba enferma pero no tanto. Según la investigación judicial, la familia solo se gastó 295 euros en la mediación de la pequeña. ¿Cómo se gastaron el resto? Aún es una incógnita.

Hasta 30 testigos

Este martes comienza el juicio en el que treinta testigos declararán en la Audiencia de Lérida. El fiscal pide seis años de cárcel y los padres seguirán diferentes estrategias de defensa con abogado propio. Fernando lleva en prisión desde finales del 2016, y Marga disfruta de libertad provisional.

El hombre insistirá en que sí realizó muchos de esos viajes al extranjero y visitas a médicos y curanderos, aunque no pueda probarlo con documentos. El acusado ha sostenido en otras declaraciones que los pagos por esos reconocimientos médicos se hicieron en metálico, sin factura.

Mientras tanto la mujer seguirá una estrategia basada en que se limitaba a hacer todo lo que le decía su esposo y que no sabía -aquí nunca nadie sabe nada- cuando éste se iba con la niña, si asistía a un lugar u otro.

La Fiscalía considera que al haber actuado como cooperadores para la comisión del delito de estafa, ambos merecen pasar en prisión el mismo número de años.

Un giro rocambolesco

El caso - que ya cuenta con todos los ingredientes necesarios para protagonizar una novela o serie de éxito - incluye además el archivo de una causa que tenían los padres de Nadia por exhibicionismo y pornografía por falta de pruebas. Fernando y Marga fueron investigados después de que los Mossos hallaran fotos de la menor en unos registros. En las imágenes aparecía la pareja realizando prácticas sexuales junto a la niña - aparentemente dormida.

Por otro lado fueron halladas otras imágenes en las que la niña aparece desnuda. El tribunal admitió la tesis de la pareja, que dijo que éstas fotografías tenían un objeto médico para el seguimiento de una enfermedad cutánea.

La Audiencia destacó que en ningún momento aparecen imágenes de otros niños desnudos, que las fotos que las acompañaban tenían un carácter familiar, y que junto a ellas había una serie de imágenes de «lo que pudieran ser erupciones cutáneas o sarpullidos».

El tribunal considera que las fotos no pueden considerarse obscenas porque tan solo muestran a la niña desnuda, pero sin que exhiban sus genitales con una finalidad sexual, y no hay evidencias de que este material fuera difundido fuera del ámbito familiar.

 

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