Los restos del sufragio

Las palabras de Campoamor resuenan tan altas y claras que hasta hemos naturalizado la militancia de mujeres en partidos con idearios abiertamente machistas

Los restos del sufragio
S. G.
ALBA CARBALLALMadrid

Ayer se cumplieron ochenta y ocho años desde el día que las Cortes aprobaron, por primera vez en España, el sufragio femenino. Aquel día fue Clara Campoamor quien, en contra del Partido Radical en el que militaba, defendió el derecho a voto de la mujer como una cuestión ética, innegociable e inaplazable. A Victoria Kent, que dudaba que la medida fuese a resultar beneficiosa para el recién instaurado sistema republicano, le respondió: «Dejad que la mujer se manifieste como es, para conocerla y para juzgarla; respetad su derecho como ser humano».

Casi un siglo más tarde, y después de cuatro décadas en las que lo más cerca que estuvimos de unas elecciones fueron las subastas del 'Un, dos, tres', las palabras de Campoamor resuenan tan altas y claras que hasta hemos naturalizado la militancia de mujeres en partidos con idearios abiertamente machistas.

Hablaba Rosa Palo, también ayer y en este mismo espacio, sobre la imposibilidad de que todos los acólitos que acompañan, rodean y apoyan a los líderes de turno estén de acuerdo con sus bobadas y bravuconerías. La voz de la disidencia, en esta ocasión, ha llegado desde la bancada de la ultraderecha: la diputada balear Malena Contestí ha abandonado la formación de Abascal porque, por lo visto, se acaba de percatar de que Vox «es un movimiento extremista y antisistema».

Aquello de 'a buenas horas, mangas verdes' viene aquí pintiparado, que diría el cura de 'Amanece, que no es poco'. La verdad es que el personaje de la diputada que se cae del burro de la evidencia da, por lo menos, para película de José Luis Cuerda, pero en el fondo es un motivo de alegría: pese a que las conquistas sociales tienen a veces un reverso tenebroso, al final los restos del naufragio -o del sufragio, según se mire- demuestran, aunque sea con un pelín de retraso, que Campoamor todavía tiene razón.

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