Domingo de julio

Domingo de julio
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Rosa Palo
ROSA PALO

Cuando estás de vacaciones, los domingos de julio no son domingos, sino un sábado eterno. No hay prisa en la lectura de los periódicos con el café, ni moderación en las cañas del aperitivo, ni miedo a una siesta larga, ni tristeza al caer la tarde, ni ansiedad ante una noche en blanco. En un domingo de julio no hay cuenta atrás, y el tiempo puede derrocharse a manos llenas porque el lunes, con sus agobios, sus urgencias y sus investiduras, deja de ser una amenaza en el horizonte. Vivir en un domingo de julio donde todo es luminoso y posible es vivir dentro de un '¡HOLA!' recién impreso. Como Isabel Preysler, Carolina de Mónaco y sus respectivos árboles ginecológicos, que dice Belén Esteban. O como Maggie Smith cuando, al encarnar a la condesa viuda de Grantham en 'Dowtown Abbey', preguntaba: «¿Qué es un fin de semana?». La bendita ignorancia de las clases pudientes.

Cualquiera quiere vivir en un domingo de julio perpetuo. O de agosto. Y eso es lo único que explica que seas capaz de jugarte hasta los pelos por conseguirlo. Le pasó a un ciudadano colombiano que fue detenido en el aeropuerto del Prat por intentar pasar medio kilo de coca debajo del peluquín. La imagen es de las que hacen época: la foto del beso en Times Square, la de Einstein sacando la lengua, la de Buzz Aldrin en la Luna y la del tío del peluquín de dos alturas. Un peluquín debajo del cual había un jacuzzi, un catamarán y una mansión con siete dormitorios, cinco baños y entrada lateral para el servicio doméstico. Porque todo eso es lo que llevaba el hombre en la cabeza. Dentro y fuera. Lo cierto es que no sé si merece la pena acabar en el trullo por tratar de vivir como una condesa viuda. Y, lo peor: hacer el ridículo.