La alcaldesa del pueblo pierde la inocencia

Ada Colau tras ser investida alcaldesa de Barcelona./REUTERS
Ada Colau tras ser investida alcaldesa de Barcelona. / REUTERS

Ada Colau volverá a impedir que el independentismo gobierne en la capital de Cataluña

CRISTIAN REINOBarcelona

Hace tres años, en el primer aniversario de su victoria electoral de 2015, el diario británico 'The Guardian', se preguntó: «¿Es Colau la alcaldesa más radical del mundo?». Se refería, por supuesto, la que más entre las grandes urbes internacionales. A su llegada, de hecho, las élites barcelonesas y los poderes fácticos de la ciudad se echaron las manos a la cabeza. Al final no ha sido para tanto. Este sábado tuvo que escuchar gritos de «vendida», «fraude» y manifestantes secesionistas hasta lanzaron monedas a los simpatizantes de la alcaldesa. «Os habéis vendido a los represores para retener la alcaldía», vociferaban unos exaltados secesionistas en la plaza de Sant Jaume.

Aceptando los votos de Valls, Colau recibe el respaldo de aquellas élites que temían que con su llegada Barcelona se convirtiera en una especie de sucursal de Venezuela. «Os la hemos 'colau'», gritaban sus simpatizantes hace cuatro años cuando ganó las elecciones por sorpresa. La izquierda alternativa llegaba al poder. Pero la vida ha cambiado. Y la política catalana ha dado un tumbo en estos últimos cuatro años.

Con su investidura apoyada en el PSC y en Valls, la alcaldesa pierde la inocencia. Entra de golpe en la política pura y dura, aquella que hace extraños compañeros de cama. No es que Colau reniegue de su ideario, pero el paso del activismo a la política institucional tiene ese baño de realismo, que la propia alcaldesa reconoció en un vídeo de campaña, en el que hacía autocrítica. En los fotogramas, aparecía la Colau alcaldesa entrevistada por la Colau dirigente de la PAH. »¿Sabes a lo que he venido?», le decía con la camiseta verde antidesahucios con la que se hizo célebre y con la que llamó «criminal» a un responsable de la patronal bancaria española en una comparecencia en el Congreso. «¿Seguro que eres más útil dónde estás ahora?, ¿no te has arrepentido?».

En este segundo mandato es posible que pueda verse la dimensión real de la dirigente, si tiene capacidad de cambiar (no el mundo) pero sí una Barcelona con cada vez más desigualdad o si lo suyo no son más que meras buenas intenciones, que tienen mejor eco en el exterior que en casa. La incógnita está en saber si Manuel Valls acabará cobrándose los tres votos de la investidura. La dirigente de los comunes siempre ha dicho que no ha pactado nada con el exprimer ministro francés, pero está por ver si arrastra hipotecas. La que le perseguirá para siempre es la de enemigo público número uno del independentismo. ERC tenía la alcaldía en sus manos y ella lo ha evitado con los pactos postelectorales. Sus adversarios siempre la han acusado de ambigua. Pero ella quiso desmentirles. «No soy independentista», dijo en campaña. «¿Por qué me dicen que soy ambigua?». Tras su investidura, el independentismo ya la ha situado en el bando españolista. Era casi la única de los alcaldes del cambio que no se ha enfrentado a Pablo Iglesias. Y ahora se queda casi como única representante (junto a Cádiz) del universo podemita. La alcaldesa del pueblo prometió este sábado su cargo para convertir Barcelona en una ciudad de «esperanza».

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