La espalda descubierta de los testigos del 'procés'

El expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy. /efe
El expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy. / efe

Mariano Rajoy intenta mirar a los ojos a sus interrogadores, durante una sesión en la que los letrados de la defensa hacen gestos victoriosos con los vetos de la sala

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Después del receso de la mañana, cuando tocaba el turno de Soraya Sáenz de Santamaría, hubo un no tan sutil cambio en el ambiente de la sala. Además de la custodia habitual de la policía y un par de civiles de seguridad en el segundo banco, había tres grandes guardaespaldas en tres esquinas del público. De pie, imponente, visibles a propósito. En vez de radios hablaban por el móvil entre ellos cuando entraba el público a las 12:35. «Vamos a llamar a la siguiente testigo», dijo el juez. Aunque no lo parezca, sus palabras se dirigían, no a la concurrencia, sino a una mujer, Piedad, la agente judicial de la sala segunda, que iba vestida de verde y con collar de cuentas grandes y de tonos ocres.

Después de Tardá y Mas, tocaba el turno de Sáenz de Santamaría. Piedad intercambió miradas con Marchena y asintió. Se asomó a la puerta, sin traspasarla. Con una carpeta púrpura, las gafas y el móvil en las manos, Piedad es la única que se mueve a sus anchas pase lo que pase en el estrado. La exvicepresidente se presentaba un tanto risueña y nerviosa al entrar. Piedad, que practica de anfitriona para los testigos, la condujo hasta la mesa de los testigos, silla a la izquierda del magistrado. Piedad volvió a su puesto, en la esquina izquierda del primer banco del público, desde donde vigilaba a los asistentes, tan proclives al brillo del móvil. En un momento se acercó a Artur Mas para arreglarle el micrófono o llegó agazapada hasta el diputado Marcelo Expósito, para advertirle que no usara el teléfono. Él negó hacerlo y ella se ratificó con el índice. Su autoridad silente es incontestable y hay mucho que hacer para que un juicio funcione.

Los letrados, de una y otra parte, practicaron un simulacro con Sáenz de Santamaría de lo que sería luego el interrogatorio de Mariano Rajoy, la pieza mayor. Una ensayo de hasta dónde les permitiría llegar el juez, tanto en los enunciados de las preguntas como en las increpaciones. Pero Sáenz nunca ha sido fácil de doblegar en los duelos dialécticos, y no lo fue durante el juicio, aunque su retórica fluida y exacta, con preciso manejo de adjetivos, perdiera fuelle con los minutos.

La velocidad del hablar, como si leyera hasta quedarse sin aliento, se ralentizaba al ritmo en que vaciaba su botella de agua. Piedad, por fortuna, se percató y recambió, dejando la usada al lado de Ortega Smith, cuya voz sonaba por primera vez con una pregunta inútil: «¿Desde cuándo y hasta cuándo fue vicepresidenta?». Sus preguntas parecieron tiros en la oscuridad. Destacó sin embargo, su pronunciación de la palabra «generalidad», así con jota y doble «d», huyendo del catalán. Las repitió casi exactas en el turno de Rajoy. Quince minutos casi exactos de fama, y no más, duró su cara a cara con el expresidente. Al final del juicio, sin embargo, el 'marine' no desembarcó en Normandía y Baños le ganó la batalla cuando aceptó hacer sus preguntas a través del juez.

El reino de Piedad

La disposición de la sala, en todo caso, hace que los que comparecen den la espalda a quienes les preguntan. Apenas pueden ver de lado a la Fiscalía, por la derecha, y a dos o tres letrados de la defensa, hoy Andreu Van Den Eynde, Xavier Melero y Jordi Pina, ya a este último de reojo. Después de la comida, con un par de horas de retraso en el orden del día, el juez decidió saltar el turno de Montoro y mantuvo la hora de Rajoy, las cuatro en punto, para su «fase de examen». Antes de llamarle, con los guardaespaldas que llegaron a la hora de Sáenz de Santamaría en su sitio, Marchena conferenció con Piedad (que sólo una vez ha pronunciado su nombre en alto, gracias, Piedad) y después pidió «llame al señor Rajoy».

Rajoy entró con paso entre dubitativo y marcial, detrás de Piedad. Se sentó, un poco encorvado, con los codos en la mesa, las piernas abiertas, los tobillos cruzados. Ante las preguntas, insistió durante toda su intervención en mirar a su interlocutor, a izquierda y derecha, inconforme con dejar su espalda al descubierto. Pero la acusación particular estaba lejana y le bastó con vigilar su sombra, quizás por si se levantara alguno. Convencido de su actuación en aquellas fechas, con sintaxis en plural (hemos, buscamos, hicimos, fuimos) y en ocasiones en tercera persona para referirse a la majestad del cargo que ejerció, Rajoy sí le fijó la vista al fiscal, que le permitió la reivindicación. «Se veía venir y lo sabían todos».

Piedad vigilaba que no faltara el agua, que el expresidente tomaba muy poca; que los comparecientes no se acercaran demasiado al micrófono; y de llevar papeles de un lado a otro, como el de una de las letradas de la defensa cuando se le ocurrió sobre la marcha mostrarle un vídeo a Rajoy y quiso escribir la ruta para que lo encontrara el secretario, que permanece oculto tras columnas de papel. Los letrados de la defensa se ciñeron a sus roles. Hay tres que buscan la confrontación y el alegato político: Jordi Pina, Xavier Melero y Francesc Homs, pero más efectiva resultaban las breves intervenciones incisivas de Olga Arderiu, capaz de detectar contradicciones y de provocar situaciones que le sirvieran en tribunales europeos. Los gestos hablaban en el juicio.

Como cuando el juez denotaba la poca «pertinencia» en «términos procesales» de una opinión, más que pregunta, Arderiu intercambió una gran sonrisa y asentimiento con su «patrocinada», Carme Forcadell. Cada llamada al orden pareciera una victoria en este juicio. El juez era consciente. Horas después le dijo a Pina: «No haga cosas que anticipadamente tendrá el veto de la sala». Un joven asistente de la defensa levantó el pulgar hacia alguien del público. Piedad, que tanto ha visto en estas salas del Supremo, suspiró a los nuevos, y repetitivos, llamamientos al orden del juez cuando dijo «no intente convencer al señor Rajoy». Pero no mostró aprobación o reprobación en ningún momento. El público sí parecía divertirse. Piedad se acercó al expresidente, que se abrochaba el traje, le esperó a que recogiera el carnet y le escoltó hasta la puerta. Después esperó a Montoro. A la salida, el caballeroso exministro quiso cederle el paso. Ella se negó y se impuso: él primero y los demás que cojan sus cosas y salgan de la sala.

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