Del «derecho a decidir» al «viva España»

Una mujer sujeta un cartel y una bandera de España en las inmediaciones del Tribunal Supremo, donde hoy empieza el juicio del 'procés'. / Óscar Chamorro

En los alrededores del Tribunal Supremo transcurre la cotidianidad con algunos puntos tomados por los carteles a favor y en contra del 'procés'

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

La noticia podría ser la tranquilidad de la ciudad. El transcurso de una mañana inusual, más por el despliegue de policías y periodistas que por las manifestaciones políticas o una batalla de pancartas. Son tímidos y civilizados apoyos a favor y en contra. Cuando entraron los autobuses y furgones de la Guardia Civil apenas se escuchó un grito de «golpistas». Uno solo. Más ruido hacen los obreros del número 5 de Villa de París.

En el Paseo Recoletos, cinco personas sostienen un cartel: Euskal Herria siempre amb Catalunya. «Venimos por el derecho a decidir la autodeterminación» afirma Sabin Goirigolzarri, portavoz de la plataforma Gure Esku. «Hoy hemos venido a apoyar a los catalanes porque el pueblo vasco también ha sufrido estas persecuciones». Goirigolzarri llegó desde Mungia (Vizcaya) a Madrid anoche y está en los alrededores del Supremo desde la madrugada.

En esa acera, donde Torra dio un pequeño mitin, también está Rufián, muy galán con su sobretodo negro y perfectamente afeitado, a la espera de cualquier micrófono que se acerque a sus labios. Nada amarillo decora su ropaje. A su alrededor otras elegantes figuras sí portan una bufanda muy amarilla. Conteo total: unas 150 personas, cuatro banderas republicanas. Ningún andaluz, gallego o extremeño.

Un altercado: un anciano de gorra de golfista quiere cruzar por el medio del paseo, en el semáforo donde dos policías nacionales le bloquean el paso y le piden que prosiga por la acera lateral. El hombre enfurece. «Estáis a nuestro servicio», gesticula y obedece. En el paso de peatones, un yuppie de La Castellana dice por el móvil: qué desastre. Sin embargo, nada altera demasiado el paisaje. «En principio, todo tranquilo», dice uno de los policías. «Sólo algún espontáneo».

No hay rastro de una mayoría que vive el procés con normalidad democrática, como sucedió con la moción de censura. Los transeúntes parecen no darse cuenta de cuán civilizada es España.

Óscar Chamorro

Patriotas y patriotas

Más cerca del palacio del Supremo se aposta un grupo de patriotas de Cataluña. Con ñ. Con banderas de España. Tienen carteles con lemas como «Golpistas a prisión», «En Cataluña la mafia secesionista trata de intimidar a los jueces», «Llarena para presidente» o «Qué República de cojones». Vienen de Mataró en autocar. Son 22. «Catalán verdadero», se golpea el pecho Santiago Pulido. Desde posiciones opuestas coincide, no obstante, con los de Recoletos en algo: no hay libertad de expresión. En la calle están ambos extremos.

La esencia de los clichés de Torra es recogida por algunos manifestantes que persisten en la calle. «Fin de la represión franquista, libertad de los presos políticos, exigir verdadera democracia», repite una y otra vez Ana García, «estudiante de idiomas» de la Uned y activista del Sindicat de Estudiants, que convoca una huelga para hoy.

Óscar Chamorro

Mientras tanto, cuando al otro lado de Génova, donde los españolistas de Mataró han ubicado su cuartel general, pasa un solitario con un cartel de dos líneas, en cuyo margen superior se lee «Votar es delito», Pulido empieza a gritar consignas. «Dicen que ahora votan en váteres». Después se traquiliza. Un compañero le lee la segunda línea de la pancarta: «en urna ilegal». «Es de los nuestros», se felicitan.

Muy tímida, una señora está cerca de ellos, sin conocerlos pero quizás buscando protección por lo que pudiera pasar y no sucede. Modesta de los Ángeles Martínez, madrileña de 62 años pero vecina de Gerona desde hace 20, sostiene una bandera de España. «Allí no puedo colgarla. Pau, mi marido, sí tiene la catalana en la ventana, pero no deja que ponga la mía por miedo a que le hagan algo al coche», dice. Aunque llegó temprano no quería ser de los cien asistentes al juicio que aguardaban a las puertas del Supremo. «No los quiero ni ver».

Óscar Chamorro

«Poneos ahí, poneos ahí», dice uno de los miembros de ADÑ, una organización «nacional sindicalista» que se prepara para presentarse en las elecciones europeas, cuando cruza un grupo compacto de unos quince independentistas. «Viva España», les grita. Otros sueltan algunos lemas rápidos y a media voz.

La policía está atenta. Los de amarillo no ceden a la provocación. «Apretad, apretad», se burlan quienes media hora antes trataron de interrumpir a Torra, pero fueron ahuyentados por la policía, como reconoce Luis Alonso, teleoperador de 42 años y militante de esa asociación «patriota». El intento de convertir las afueras del Supremo en algo similiar a un terreno de hooligans fracasa. El juicio empieza.

Disolución espontánea

A las once de la mañana, cuando el abogado de Junqueras tiene la palabra en la vista oral, se disuelven las pequeñas concentraciones en las calles. En Recoletos queda apenas una veintena de independentistas que guardan sus banderas. Un gran lazo de gomaespuma amarilla todavía destaca recta, aguantado su mástil entre la espalda y el jersey también amarillo de un hombre que, gracias a su gorro a juego, parece más un Pocoyó soleado que un héroe independentista. Solitario, persiste con cierta melancolía entre los rezagados, a ver si el micro de La Sexta, el único que aún pulula por ahí, se acerca.

Óscar Chamorro

Acantonados en Génova, los de ADÑ han empapelado un cartel publicitario con folios que nada agradable dicen de Puigdemont, y gozan de cierta popularidad gracias a que dos furgones de la Policía Nacional, con varios agentes, les rodean sin incordiar. Doña Modesta habla con un corresponsal francés que compara la situación con el día nacional de Francia. Qué de cosas se aprenden en una manifestación. Aunque la zona está rodeada de furgones antimotines, no ha sido necesario siquiera desenvainar la cachiporra.

Dentro del Supremo, el receso de las 12 se ha obviado, nadie sale de la sala y la docena de móviles del público abandonados en una caja de la entrada bajo custodia policial, repican como campanas que llaman a la oración.

 

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