El «currela canario» toma las riendas del aparato

Alberto Rodríguez/EFE
Alberto Rodríguez / EFE

Alberto Rodríguez, nuevo secretario de Organización de Unidas Podemos

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

En la última campaña hubo un detalle que pasó bastante inadvertido. Pablo Iglesias cerró el maratón de mítines, no en Madrid u otra gran ciudad como es habitual, lo hizo en la localidad tinerfeña de La Laguna. Allí compartió escenario con Alberto Rodríguez, una deferencia que, a toro pasado, no fue nada casual. Es difícil saber si para entonces Iglesias ya mascullaba el relevo de Echenique, pero no sería de extrañar porque los tambores electorales preludiaban el batacazo de 48 horas después.

El diputado canario, «el rastas de Podemos» para todo el mundo, es un hijo del 15-M, bregado en las movilizaciones primero estudiantiles y después sindicales con algunas detenciones en su currículo. Es un activista callejero que se mueve más a gusto entre su gente, «un currela canario», dice en su perfil de Twitter, que ahora tomará las riendas del aparato del partido, el reino de las puñaladas y la fábrica de las maldades. Seguro que no le gusta. Aunque tampoco le hacía ilusión ser diputado hasta que Rafael Mayoral le convenció hace cinco años para que diera el paso, y ahora está encantado. Se ha ganado el reconocimiento de los suyos y de los rivales. Tuvo un gesto en diciembre pasado que dejó pasmados a sus señorías. Con motivo de la despedida del diputado popular Alfonso Candón, dijo: «Nunca pensé que fuese a decirle algo así a alguien en esta Cámara y menos a un diputado del PP: lo vamos a echar de menos. Es ustded buena persona y le pone calidez humana a este sitio, y eso es de las cosas más bonitas que se le puede decir a alguien».

Pero este técnico superior en química ambiental, «obrero» en una refinería, como gusta referirse a sí mismo, atesora un orgullo de clase que a veces hiere. Que se lo pregunten a la parlamentaria de Coalición Canaria Ana Oramas, que no olvida que Rodríguez en la campaña de 2015 contó que su «abuela Concha era costurera, sin contrato, y se dedicó toda su vida a hacer la ropa de fiestas y de domingos a la familia Oramas, que le pagaban con monedas que tiraban al suelo para que tuviera que agacharse».