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Mazyr - León: 3.400 kilómetros para huir de la radiación

Ocho niños bielorrusos afectados por el accidente nuclear de Chernóbil pasan los meses de verano en la provincia de León gracias a la Asociación Albac con el objetivo de disminuir sus niveles de radiación

Niños bielorrusos de acogida en León con sus familias. / S.Santos
ANA GONZÁLEZLeón

26 de abril de 1986. La central nuclear Vladímir Ilich Lenin, en la ciudad ucraniana de Pripiat, sufre el accidente nuclear más grave de la historia. Miles de muertos, cientos de desplazados y una zona que tardará siglos en desintoxicarse son algunas de las consecuencias que el desastre de Chernóbil provocó en el este de Europa, unas cicatrices que, 33 años después, siguen supurando radiación.

La vida de los habitantes de Mazyr, una ciudad bielorrusa a orillas del río Prípiat, cambió para siempre en la primavera del 86. Situada a poco más de 180 kilómetros de Chernóbil, es una de esas zonas a las que la radiación llegó casi de inmediato y atacó sin piedad. El veneno, como un elemento más del cemento gris que cubre la ciudad, formará parte de la historia y de los habitantes de Mazyr durante siglos.

Bien lo saben Anna, Antón, Svetlana, Tasa, Mikola y Alexandra, hijos de esta región bielorrusa que con 13 y 14 años ya suman un rosario de consecuencias en su salud a causa del accidente que les ha legado unos niveles de radioactividad que exceden con creces los normales. Para escapar de esta realidad, cada verano desde hace ya cuatro años visitan León de la mano de la asociación Albac gracias a un programa de acogida pionero en la provincia.

Asociación Albac

En poco se diferencian los niños de acogida que de sus «hermanos españoles». Ríen, juegan y hacen gimnasia igual, pero la radioactividad está presente en su día a día. Cada uno de niños sufre, al menos, un 20% de radiación en su cuerpo, lo que les hace muy vulnerables a la aparición de tumores y demás dolencias derivadas.

Su estancia en León los meses de verano les ayuda a disminuir el porcentaje de radioactividad en 12 o 14 puntos, unos niveles que certifican los controles que se les realizan cada vez que entran y salen de España.

Con el objetivo de ayudar a sanear la salud de estos niños, dos vecinas de Gradefes pusieron hace cuatro años en marcha el proyecto Albac (Asociación Leonesa Bielorrusa de Afectados de Chernóbil). Ellas son Carmen Ferreras y Margarita López, que crearon la asociación como un acto «de cariño, de amor y de generosidad hacia unos niños», a los que quieren como si fueran sus propios hijos.

Cada niño sufre al menos un 20% de radioactividad en su cuerpo

Margarita cuenta que la bombilla de crear Albac se le encendió hace cinco años tras leer un reportaje en un suplemento dominical sobre un programa de acogida de estos menores en la zona de Andalucía.« Mi marido y yo necesitábamos enseñarle a nuestro hijo Ramón que realmente hay niños en el mundo que necesitan ayuda», cuenta Margarita, quien tras conocer a Carmen decidió proponerle crear la asociación.

Financiación

Pero el camino que han recorrido a lo largo de estos cuatro años no ha sido fácil. Como recalca Margarita, la asociación la sufragan únicamente ellas y los seis padres de acogida, aunque cuentan con la colaboración «al 100%» de los vecinos de la ribera del Esla, con los que no pueden estar más agradecidas y que verano tras verano se vuelcan con los siete u ocho niños bielorrusos que llegan a León.

Un apoyo sin el que no podrían cumplir cada año con el programa, ya que, como recalca Carmen, la ayuda que les da la administración es «absolutamente cero». El 'poquito' dinero que consiguen lo sacan a base de la lotería que venden cada navidad y los 400 euros con los que el Ayuntamiento de Gradefes les ayuda a financiar los viajes de los niños. Cuenta, además de con la ayuda de los vecinos, con la colaboración del artista leonés Ramón Villa, quien cada año cede dibujos para que los vendan o rifen.

Hay que tener en cuenta que los niños «llegan con lo puesto» a España y son los padres de acogida los que tiene que sufragar «billetes, ropa, seguros y monitoras que les acompañan en el viaje», por lo que las madres piden a las administraciones provinciales que se sumen a esta iniciativa para poder traer cada verano a más niños.

Cena solidaria

El sábado 27 de julio a las 22:00 horas y por cuarto año consecutivo, Albac organiza una cena solidaria para recaudar fondos en Villacidayo. El coste es de 10 euros y además de la cena a base de un tradicional arroz los niños que acudan podrán disfrutar de hinchables, un paseo en calesa y maquillarse gracias a un pintacaras.

Una experiencia única

Cuenta Carmen mientras mira con una sonrisa a Alexandra, su niña de acogida, que cada año el papeleo es «una batalla», pero que todo merece la pena cuando «les ves y piensas; cómo no les voy a volver a traer, si es que les quiero».

El resto de padres de acogida comparten este sentimiento ya que, como apunta Margarita, «son niños muy buenos, disciplinados y con una gran educación que nos ayudan en las labores domésticas muchísimo». El cariño es mutuo, ya que gracias a estos padres, los chicos pueden ir a la playa, jugar con otros niños y pasar el tiempo en el pueblo con sus amigos.

En los dos meses de verano que los pequeños pasan en León tienen que adaptarse a las costumbres españolas, un estilo de vida que encuentran «muy chocante», pues no están habituados a hablar tan alto, andar descalzos por casa o comer platos mediterráneos.

Pero no solo son ellos los que tienen que adaptarse a su nuevo hogar. Como apunta Óscar, padre de acogida de Tasa, el primer año «la barrera del idioma es muy importante», aunque, «con cariño y paciencia todos nos adaptamos y la experiencia es muy enriquecedora». Lo mismo piensa Adriana, sobrina de Carmen, que trata a Anna y Alexandra como si fueran sus hermanas y, aunque discuten «por tonterías», se quieren mucho y el mes de agosto son inseparables.

Su estancia en León, aunque breve, les reporta innumerables beneficios para su dañada salud, llenándoles de energía y vitalidad y evitando que su cuerpo absorba la radiación inherente a su tierra.

Una manera de pasar el verano de forma emocionante para pequeños que, gracias a estos padres y hermanos leoneses, viven día a día nuevas experiencias que en Bielorrusia sería imposible disfrutar.