Turquía: autocracia democrática

DIEGO CARCEDOMadrid

Turquía ha pasado la mayor parte de su historia bajo regímenes autoritarios. En varias ocasiones de estos últimos años eran regímenes militares, impuestos por golpes de Estado los que asumían el Gobierno. Desde ahora, su sistema institucional en cambio será una autocracia pero democrática. El referéndum convocado por el presidente, Recep Tayyip Erdogán, para reformar 18 artículos de la Constitución y afianzarse él en el poder prácticamente sin limitaciones, así parece que lo ha consagrado conforme los datos definitivos del escrutinio. El sí a las pretensiones de Erdogán de cambiar el sistema parlamentario implantado por Kemal Atatürk, que mal que bien venía funcionando, por otro presidencial ha sido ajustado pero suficiente.

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Hasta el último momento había dudas sobre el resultado pero al final las encuestas que apuntaban al no han fallado en sus pronósticos y los opositores al cambio, las clases cuyo sentido democrático se halla más afianzado, han sido derrotados. Les queda como triste consuelo de su frustración que el referéndum se celebró sin la más mínima neutralidad de los representantes del Estado, con 158 medios de comunicación discrepantes clausurados, 134.000 funcionarios apartados de sus puestos, 47.000 presos políticos profesores, jueces, intelectuales, periodistas (150) y el país bajo estricto estado de emergencia desde el pasado verano.

Nunca los paréntesis democráticos turcos rebosaron normalidad constitucional y libertades, pero ahora el presidente asumirá, además de la jefatura del Estado, la del Gobierno, la de las Fuerzas Armadas y la capacidad para disolver el Parlamento, nombrar a los ministros, promulgar decretos y controlar el sistema judicial. Erdogán ha impuesto sus pretensiones desde el populismo encubierto por el slogan Por una Turquía más fuerte, la idea central de conmigo o contra mí y el argumento de que un cambio de sistema proporcionará al país más prosperidad y mayor seguridad. Son muchos los problemas que Turquía enfrenta, empezando por los movimientos independentistas kurdos y acabando por la vecindad de la guerra de Siria con su implicación directa e indirecta y la presión de las oleadas de refugiados. (Tres muertos en un tiroteo durante las votaciones en un colegio electoral no pueden ser buen augurio sobre la estabilidad)

Todo sin olvidar la amenaza constante del terrorismo yihadista y su Estado Islámico, que tantos atentados lleva perpetrados en Ankara, Estambul y otras ciudades. Erdogán, que lleva en el poder quince años como jefe del Gobierno y Presidente, inicia una nueva etapa con una sociedad de ochenta millones dividida; aunque en julio superó con mano dura un dudoso golpe de Estado y ahora ganó con claridad el referéndum, es más que probable que tenga que seguir recurriendo a la fuerza para mantener a raya a tantos enemigos y discrepantes como enfrenta. No deja de ser premonitorio que entre sus proyectos está la restauración de la pena de muerte.

En el ámbito internacional, su importante papel en la OTAN queda en duda hasta conocer la relación con los Estados Unidos de Trump y su preocupante acercamiento a la Rusia de Putin. Entre tanto, su vieja pretensión de incorporarse a la Unión Europea, un proyecto estancado desde hace una década, no parece que vaya a recobrar la vitalidad perdida: a la represión de las libertades se suma la raya roja de la pena de muerte y el inri de los propios excesos verbales de Erdogán y sus colaboradores durante la campaña en favor del sí en el referéndum.