Reportajes
REPORTAJE
La pausa en la mirada
El peso de su Salamanca natal siempre se sintió en la narrativa de Carmen Martín Gaite, una mujer universal, marcada a fuego por sus años a orillas del Tormes
La escritora Carmen Martín Gaite en un retrato de archivo en su casa del Boalo en Villalba (Madrid). (Foto: Eduardo Margareto)
La escritora Carmen Martín Gaite en un retrato de archivo en su casa del Boalo en Villalba (Madrid). (Foto: Eduardo Margareto)
César Combarros
06/12/2014 (13:16 horas)
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“Salamanca en mi recuerdo está unida indefectiblemente a la literatura. No sólo porque en esa ciudad, donde me cabe la honra de haber nacido, aprendí a leer y a manejar el excelente castellano que en mi tierra es primor espontáneo tanto de campesinos y menestrales como de doctores, sino también porque ella, la ciudad misma, fue tema de mis primeras composiciones literarias”. Con esas palabras arrancaba la salmantina Carmen Martín Gaite 'Rutas de Salamanca en mi recuerdo', un texto en el que reescribía buena parte del guión que en 1983 creó para su capítulo en el programa de TVE 'Esta es mi tierra', y que publicó en el diario 'Tribuna de Salamanca' el 2 de marzo de 1996.

Un cúmulo de recuerdos, teñidos de nostalgia en algunos casos y contemplados con distancia en otros, acompañó durante toda su vida a la inolvidable autora de 'Caperucita en Manhattan', una mujer que “nunca” dejó de asumir como “un privilegio ser de allí, poder contemplar a diario tanta maravilla, sentir cómo se remansaba el tiempo en las piedras doradas de los edificios que pueblan las calles solitarias donde los pasos resuenan”.

La escritora vio la luz en el corazón de la ciudad del Tormes un lejano martes 8 de diciembre de 1925, a “las doce de la mañana de un día frío y soleado” y “bajo la dictadura de Primo de Rivera y el signo de Sagitario, de padre vallisoletano y madre gallega”, como ella misma glosaba en el convento de San Esteban durante su discurso 'Las glorias y las memorias', en nombre de los galardonados con los Premios Castilla y León de 1991.

Sus padres, José y María, se acababan de mudar junto a su pequeña Ana María desde la Rúa Mayor a una vivienda en la primera planta del número 3 de la Plaza de los Bandos, que presenta en su relato 'La chica de abajo', incluido en 'El balneario' (1955), su primer libro publicado. “Era una casa de tres plantas, con miradores planos”, que fue la morada de la familia Martín Gaite hasta que la joven cumplió los 23 años, y que se derribó en los años 60 para construir unas oficinas de la entonces Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca. Su padre, residente en Madrid desde los dos años, había sacado la plaza de notario en Salamanca a comienzos de los años 20 y fue allí donde conoció a una joven de ascendencia gallega que se convertiría en su mujer.

“Nacer en Salamanca marcó de forma decisiva a Carmen, marcó su alma”, recuerda para Ical su hermana, que reconoce que “siempre tuvo una doble faceta: de carácter era muy gallega, se parecía mucho a mi madre, pero en cambio su lenguaje era típicamente castellano. Hasta el final de su vida estuvo yendo allí, mantuvo una relación muy estrecha, nunca la perdió de vista y con cualquier excusa se presentaba en Salamanca”.

La Plaza de los Bandos

La infancia transcurrió para Carmen en los alrededores de la Plaza de los Bandos, como recordaba en 'El cuarto de atrás' (1978): “Jugábamos a tantas cosas en aquella plaza: a los dublés, al pati, a las mecas, al juego mudo, al corro, al monta y cabe, al escondite inglés, a chepita en alto...”. “Cuánto he jugado en la Plaza de los Bandos, cuánto he soñado en aquel rincón desaparecido, donde cuchicheaban los niños y tomaban el sol los viejos. Lo más importante era el rincón. Desde el balcón de mi casa veía la iglesia del Carmen, donde me bautizaron, y la casa de doña María la Brava”, recordaba en su documental para la serie 'Ésta es mi tierra', realizado por Francisco Abad a partir de un guión de ella, que fue estrenado en la noche del 13 de abril de 1983.

Para la escritora salmantina Charo Ruano, “nada hay tan presente en sus libros como esa Plaza de los Bandos que la vio nacer, ese 'cuarto de atrás' donde empezó a gestarse como escritora y nada sería su obra sin ese castellano de Salamanca, enseñado por los mejores profesores”. La propia Ana María confirma que aquella plaza “era uno de sus rincones favoritos, naturalmente”. “Allí hay muchas cosas que ella tenía en el recuerdo: los sonidos, los olores... quedaron para siempre en su cuarto de atrás”, rememora.

Martín Gaite también bebía los vientos por lo que ella consideraba “la Plaza Mayor más bonita del mundo”, un espacio que nunca fue capaz de ver como un monumento, sino “como un espacio, el más grato que se pueda soñar”. “La Plaza Mayor, cuyos medallones y cresterías contemplan arrobados los turistas, coincidía con este lugar tan acogedor, pero no era la misma cosa. Esto era nuestra casa, y nunca me pareció solemne”, exhortaba en la película. Ese emblemático espacio se colaría también en las páginas de 'Entre visillos', su primera novela, merecedora del Premio Nadal en 1957: “A mediodía me gustaba sentarme en las terrazas de los cafés de la Plaza Mayor, y me estaba allí mucho rato mirando el ir y venir de la gente, que casi rozaba mi mesa, escuchando trozos de conversación de los otros vecinos”.

También en 'Entre visillos' se refería al ambiente que conoció de primera mano en otros espacios cercanos como la Plaza de la Libertad, “con la fachada trasera del Casino. Aquí veníamos las chicas casaderas a alternar. Había baile los jueves y los domingos por la tarde, aquí me puse yo de largo en los años 40”.

Infancia a orillas del Tormes

Ni Carmen ni su hermana fueron al colegio durante la infancia. Como cuenta ella en el artículo 'Rutas de Salamanca en mi recuerdo', su padre era “poco amigo de la educación impartida por frailes y monjas, y en Salamanca (ciudad de costumbres rígidas y muchos prejuicios) colegios no religiosos y de cierta calidad no había prácticamente ninguno”. Con su padre como tutor personal, y gracias a la colaboración de profesores particulares en algunas materias, las dos pequeñas vivieron aquella época “con bastante miedo” debido a las ideas liberales de su padre, amigo de intelectuales como Miguel de Unamuno, y sufrieron la guerra civil de una forma directa ya que, a las pocas semanas de estallar el conflicto, el hermano mayor de su madre, el profesor de Geografía y director del Instituto de Ciudad Rodrigo Joaquín Gaite, fue fusilado en el patio de la cárcel de Salamanca el 31 de agosto de 1936 por estar afiliado al Partido Socialista. “'No contéis que han matado al tío Joaquín'... Todos tenían miedo, todos hablaban del frío; fueron unos inviernos particularmente inclementes y largos aquellos de la guerra, nieve, hielo y escarcha”, describía la escritora en 'El cuarto de atrás'.

Siguiendo los pasos de su hermana, los progenitores habían decidido enviar a Carmen a estudiar el Bachillerato en Madrid, pero el estallido de la contienda truncó los planes, y la joven se vio obligada a matricularse en el Instituto Femenino Nacional de Enseñanza Media 'Lucía de Medrano', de Salamanca, “un caserón destartalado y frío” que aparece en 'Entre visillos' donde, por los azares del conflicto armado, le dieron clase dos profesores que se convirtieron en cómplices que la empujaron al camino sin retorno de las letras: los futuros académicos Rafael Lapesa y Salvador Fernández Ramírez. “Creo que a estos dos excelentes profesores les debo mi definitiva vocación por la literatura”, escribía en su 'Bosquejo autobiográfico'.

“Durante mi etapa de bachiller, en Salamanca hacía un frío tan riguroso que el Tormes llegó a helarse y los niños lo cruzaban patinando. Mi primer poema publicado en la revista 'Trabajos y Días' evocaba aquella larga tregua del invierno y se titulaba 'La barca nevada': ...Por caminos de aire, / leve y tímida, / se despeinó la nieve /y durmió en la ventana. / Otro invierno ha bajado de puntillas / a posarse en el río...”. Aquel poema, publicado en 1947 e inspirado por una fotografía del también salmantino José Núñez Larraz, fotógrafo de 'El Adelanto' que en 1992 recibiría el Premio Castilla y León de las Artes junto a ella, abría una incipiente trayectoria literaria que la acompañaría hasta su mismo lecho de muerte.

Aquellas obras fueron compiladas y clasificadas por la profesora de Lengua Española en la Universidad de Milán Maria Vittoria Calvi, en los 'Cuadernos de todo' que vieron la luz en 2002. Para ella, “en pocos escritores la relación entre vida y literatura es tan intensa como en Carmen Martín Gaite”.

Los años de Anaya

Cuatro años antes de que viera la luz 'La barca nevada', en 1943, Carmen Martín Gaite iniciaba sus estudios de Filología Románica en la Facultad de Filosofía y Letras, ubicada en el Palacio de Anaya, de la Universidad de Salamanca, un entorno que aparece entre las páginas de 'Agua pasada'.

En su visita para grabar el documental de la serie 'Esta es mi tierra', rememoraba aquellos momentos: “Aquí me dieron clase Francisco Maldonado, César Real de la Riva, Antonio Tovar, José María Ramos Loscertales, Manuel García Blanco, Alonso Zamora Vicente, Aurelio Rauta... Aquí conocí la amistad de tantos compañeros que escribían sus primeros versos, que querían ser profesores, hacer teatro o periodismo, viajar, que me sacaron de la rutina de una ciudad mirada tan sólo entre el tul de los visillos”.

Entre esos compañeros que escribían sus primeros versos figuraban el zamorano Agustín García Calvo y el alavés Ignacio Aldecoa, que sería una de las personas que más le influyeron y de quien escribía en noviembre de 1969 en 'La Estafeta Literaria', con motivo de su prematura muerte: “Yo no sabía —como sé ahora— que era el primer escritor con el que me había topado en la vida”.

“Nos gustaba mucho a los amigos de entonces, todos entre los dieciséis y los veinte años, un poema del pistolero Larrigan escrita por Ignacio, y lo recitábamos mientras tomábamos el sol apoyados en la barandilla de piedra del Palacio de Anaya, entre clase y clase, o cuando íbamos a remar en grupo al río”, rememoraba. Sería Aldecoa, que abandonó Salamanca al término del segundo curso, quien un lustro más tarde le presentaría en Madrid a quien terminó siendo su marido, Rafael Sánchez Ferlosio, el autor de 'El Jarama'.

“Aldecoa fue la persona que, años después, ya en Madrid, le presentó a todos los chicos raros de Madrid, incluido Rafael”, recuerda el profesor de la UAM José Teruel, coordinador de las obras completas de Carmen Martín Gaite, en una edición dirigida por José Teruel desde 2008 y publicada por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Según explica a Ical, “Salamanca fue para Carmen un paisaje sentimental muy importante. Ella siempre se dio cuenta de que en el fondo era una señorita de provincias entre visillos”.

El doctor en Ciencias de la Educación Raúl Cremades, recuerda en su ensayo 'Tras la huella literaria de Carmen Martín Gaite' que, durante su segundo año de carrera, la escritora en ciernes debutó como actriz a las órdenes de César Real en las tablas del Teatro Bretón el 25 de mayo de 1945, con la compañía universitaria aficionada Juan de la Encina. Crónicas periodísticas del momento como la de 'El Adelanto' auguraban un gran futuro para la joven, por su interpretación de 'El segador', de Azorín y un par de entremeses de Cervantes.

Al culminar el tercer curso, Martín Gaite consiguió una beca para estudiar dos meses en la Universidad de Coimbra (Portugal), en el que sería su primer viaje al extranjero. Dos años después, tras culminar su licenciatura, otra beca la llevaría durante un mes al Collège International de Cannes (Francia), una experiencia que acabó por abrirle los ojos y empujarla a abandonar su ciudad natal: “Me relacioné con estudiantes de otros países, exentos de prejuicios, me acosté a las tantas y decidí que no quería seguir viviendo en Salamanca. Nunca se me había planteado de forma tan clara la idea de abandonar mi familia y mi ciudad”, relata en su 'Bosquejo autobiográfico'. “Nuestros padres nos habían dado una educación bastante libre, y lo que queríamos en esa época era salir de allí, ejercer nuestras carreras y salir adelante”, recuerda Ana María.

En un hermosísimo texto para 'El Viajero', el suplemento del diario 'El País', escribía el 12 de septiembre de 1999: “Supe muy pronto, tal vez al borde de la adolescencia, que con la ciudad donde nací, aprendí a hablar y llevé a cabo mis estudios, nunca me uniría una relación matrimonial, sino de noviazgo sin formular del todo, uno de aquellos amores contrariados de los que habla Santa Teresa al aludir a los suyos con Dios. Miraba siempre Salamanca desde fuera y un poco desde lejos, como si la viera situada en un lugar inaccesible. Su belleza deslumbrante me llegaba atenuada, y el río solía estar en medio, porque mis paseos me acababan llevando a la otra orilla”. Ese texto, titulado 'Salamanca, la novia eterna', está recogido en el volumen de ensayos 'La búsqueda de interlocutor', publicado por Anagrama en el año 2000.

La otra orilla

Fue así como abandonó Salamanca a finales de 1948, con el propósito de realizar su doctorado de Románicas en Madrid. Allí pudo constatar algo que su buen amigo José María Valverde no erraba en sus cartas al advertirle que “los poetas de Madrid formaban un gremio coherente, no andaban desperdigados unos de otros”. Martín Gaite cumplía el destino interrumpido por la guerra civil, de asentarse en la capital de España, pero el tifus truncaría sus planes, al menos momentáneamente, ya que le impidió examinarse de las asignaturas e hizo aconsejable su vuelta a su ciudad natal.

“Su madre Marieta se desplazó hasta Madrid para cuidarla, y por consejo de su tío Vicente, el médico de la familia, la trasladaron de forma inmediata a Salamanca en ambulancia. Allí permaneció cuarenta días en la cama, delirando y al borde de la muerte, pero finalmente se recuperó”, relata Cremades.

Fue precisamente durante aquella convalecencia cuando escribió 'El libro de la fiebre', la primera novela de Martín Gaite, escrita en 1949, pero que no vería la luz hasta 2007 gracias a la insistencia de su hermana Ana María, que lo cataloga como “una pieza clave en su narrativa”, ya que “ahí se ve la influencia que en ella tuvo la literatura fantástica, y el alma gallega que heredó de mi madre”. Según detalló la profesora de la Universidad de Kansas Roberta Johnson, en el congreso internacional 'Un lugar llamado Carmen Martín Gaite' (celebrado en El Boalo en abril de 2013 y cuyas ponencias recoge Siruela en el volumen homónimo), aquella obra fue despreciada por la crítica e incluso por Sánchez Ferlosio. “La experiencia de ser mujeres inteligentes en un mundo sumamente masculino quizás favoreciera el que buscaran una manera de desprenderse de este mundo, librarse de las restricciones y críticas que suponía para establecer su ser auténtico”, relataba en su ponencia sobre la sintonía de Martín Gaite y María Zambrano.

Para José Teruel, 'El libro de la fiebre' “es un texto muy significativo, porque ahí está ya todo Carmen Martín Gaite, un poco en bruto”. “Se ha insistido mucho en el rapapolvo que le dio Rafael Sánchez Ferlosio, a quien no le gustó para nada porque le pareció un libro vago y caótico, pero creo que también la autoexigencia crítica de Carmen la llevó a no publicarlo y no pasó su propia autocensura. En esos años el grupo de los 50 estaba muy interesado en cómo hacer realismo, y de alguna forma ésta era una narración que se escapaba de eso”, comenta.

La vuelta definitiva a Madrid se produjo en 1950, cuando trasladaron a su padre a la capital de España, y ese mismo año inició su noviazgo con Sánchez Ferlosio. “Nuestro padre pudo ir muchísimo antes a Madrid, pero respetó nuestras carreras. Quería que concluyéramos nuestros estudios en la Universidad de Salamanca, y luego ya pidió el traslado. Carmen se fue primero y luego mis padres y yo”, detalla Ana María.

La presencia de Salamanca, en sus novelas y también en sus ensayos, fue constante, y un estudioso como José Teruel subraya la conexión con la ciudad del Tormes en su penúltima obra, 'Irse de casa' que, “en el fondo, habla de una mujer que vuelve otra vez a la provincia”. “Como en el caso de 'Entre visillos' ese origen no aparece con nombre propio, pero de alguna manera ella fue siempre muy consciente de ser una chica de provincias, con una serie de ventajas e inconvenientes que analiza en su obra”, completa.

Su voz en off, en el audio del documental 'Esta es mi tierra', concluía lanzando al aire un deseo que se desvanecería poco después. Reflexionando sobre la Catedral Nueva de la ciudad que la vio nacer, 17 años antes de su muerte sentenciaba: “Aquí, en este rincón que tantas veces veo en sueños, como antídoto contra los trajines de la gran ciudad, aquí es donde algún día quisiera reposar para siempre, como las damas de piedra que están ahí dentro, con las manos cruzadas sobre el regazo”.

Dos años después, la muerte de su hija Marta a los 28 años en abril de 1985 y su posterior entierro en El Boalo, seguramente fue decisiva para reformular el deseo de Carmiña. “Carmen enterró en El Boalo a su hija, y eso es muy fuerte. Al final lo que quería era estar con ella, claro”, explica Ana María. Hoy sus restos reposan en paz en el cementerio de El Boalo, el pequeño pueblo de la sierra madrileña donde su padre decidió alejarse en los 60 del trajín de la gran ciudad, que con los años se convirtió en la residencia de verano de esta inmortal tejedora de historias y donde ahora, Ana María intenta dar forma a una fundación para el estudio de la narrativa española de la generación del medio siglo.

“Hay quien dice que somos del lugar donde hicimos el Bachillerato, otros opinan que del lugar donde nacieron nuestros padres o nuestros hijos. Pero también pertenece uno —de forma más profunda o secreta— al lugar que tuvo la generosidad de acoger a nuestros seres más queridos y darles tierra”, escribía en el programa de las fiestas de la localidad madrileña en agosto de 1989. 

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