Reportajes
REPORTAJE
Olga Rodríguez, en el frente
La corresponsal de guerra leonesa repasa a través de historias personales sus años en Irak, Israel, los territorios ocupados palestinos, Líbano, Siria, Egipto y Afganistán en 'El hombre mojado no teme la lluvia'
César Combarros
15/06/2009 (11:54 horas)
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Con diez años, Olga Rodríguez (León, 1975) abandonó su ciudad natal por primera vez, para regresar dos años después. La profesión de sus padres, ambos periodistas, marcó varias idas y venidas que la llevaron a Valladolid a los quince años, donde permaneció hasta que comenzó en Madrid a estudiar Periodismo, su vocación. “Soy puramente leonesa y voy mucho a León, donde está toda mi familia, aunque también conservo muy buenos amigos de la adolescencia en Valladolid”, explica a Ical antes de centrar la conversación sobre ‘El hombre mojado no teme la lluvia’ (Debate, 21,90 euros), un libro en el que profundiza en la situación de Oriente Medio rescatando las historias personales de gentes que ha conocido en la zona en los últimos ocho años, mientras desarrollaba su labor como corresponsal de guerra para la Cadena Ser o para Cuatro.

¿Qué le llevó a escribir ‘El hombre mojado no teme la lluvia’?

En el libro cuento historias de personas que ido conociendo a lo largo de estos últimos años en Oriente Medio. A muchos de ellos los veo cada vez que viajo, y sobre algunos había hecho algún reportaje para la radio o la tele, pero de otros no había hablado porque cuando va a una zona a cubrir un conflicto bélico determinado, hay tanta información que no caben estas pequeñas historias. Sin embargo, son historias que a mí me han ofrecido claves fundamentales para entender la región, y pensé que podían servir también para el público en general. Algunas son muy duras y dramáticas, otras son esperanzadoras y quise plasmarlas en un libro para darles cierta profundidad, quería contextualizarlas porque, como decía el maestro Kapuscinski, a través de las pequeñas historias es como mejor se puede explicar y entender la Historia con mayúsculas.

Son varios los corresponsales que han rescatado del olvido esas historias que les impactaron en forma de libro. ¿Responde a una frustración que sienten por los micro espacios de que disponen en los medios tradicionales?

Efectivamente, este libro es producto de la frustración que generan los micro espacios informativos, que además son cada vez más pequeños. Yo creo que el periodismo está sufriendo una crisis de identidad; ahora se atribuyen muchas cosas a la crisis económica, que por supuesto está afectando al periodismo, pero hay una crisis de identidad que ya venía de antes y que resulta muy preocupante. Hay una uniformidad en la información alarmante, y cada vez más se está prescindiendo de la multiplicidad de miradas y de la figura del enviado especial; es algo que ocurre en todo el mundo y solamente hay espacio para titulares y para una simplificación muy peligrosa de la información. Por eso quise escribir este libro, era una necesidad vital que tenía.

¿Le ha resultado difícil hacer la selección de las historias?

Sí, porque hay muchísimas que podrían haber entrado. Tenía muy claro que en el libro tenían que estar dos o tres personajes a los que ya puedo llamar amigos porque nos conocemos desde hace mucho tiempo; tienen biografías muy potentes, de las cuales yo he presenciado capítulos importantes. En la selección he tenido en cuenta de qué manera puedo explicar mejor cada país en cuestión. Por ejemplo en Líbano elegí a un musulmán suní, a otro chií, a una refugiada palestina y a un cristiano, para presentar el mosaico que supone esa sociedad.

El título del libro alude a un refrán iraquí que le dijo Yaser Alí, uno de sus protagonistas, cuando le invitó a preservar su anonimato como fuente.

Alude a lo que le pasa a buena parte de la población de esa zona, que está curada de espantos para bien y para mal; cuando ya no tienes nada que perder puedes tener una fuerza y una valentía admirable, pero también puedes decidir arrojarte al abismo y empuñar las armas, como le ocurre a algunas personas en la región.

Él, que vive refugiado en Siria, se define como un “árbol arrancado”.

Con su historia se abre el libro. Le conocí en el Irak de Sadam Hussein, antes de la invasión, y volví a encontrarme con él posteriormente. Después lo encarcelaron y a su hermano lo metieron en Abu Graib y lo torturaron. Finalmente lo exiliaron y se fueron a Siria, como otros muchos refugiados iraquíes. Hay más de 2,5 millones de refugiados iraquíes y otro millón y medio de desplazados iraquíes en Irak; es uno de los mayores éxodos de la región en las últimas décadas, y es una bomba de relojería.

¿A qué achaca el caos actual en Oriente Medio? ¿A motivos religiosos o a intereses políticos?

Desde mi punto de vista a intereses políticos y económicos. Se habla mucho de la religión, pero si tuviera que poner un titular diría: ‘No es la religión, estúpido’. La religión es un factor que está ahí, pero que emerge a consecuencia de situaciones políticas y económicas determinadas. Oriente Medio es una región que fue víctima del colonialismo, ahora del neocolonialismo, y está sometida por completo a la influencia y a los intereses occidentales. Cuando una población es ocupada, sus tierras son robadas, sus hijos mueren de manera inocente, pueden terminar pensando que su religión, que es diferente a la de aquellos que los oprimen les puede servir como instrumento político para conseguir determinados objetivos. El problema fundamental no es un conflicto de religiones ni muchísimo menos, es la ocupación, los abusos, la humillación… Mientras eso no acabe, Oriente Medio no podrá dirigirse a una democracia ni a un sistema determinado de libertades. Además hay que tener en cuenta que las potencias occidentales siempre han apostado por tener regimenes aliados corruptos y dictatoriales, y ellas mismas han abortado importantes proyectos democráticos en la región.

¿Siempre tuvo claro que quería ser corresponsal de guerra?

No, no. Tenía muy claro que quería ser periodista y una vez que empecé a ejercer la profesión siempre me interesó la política internacional; me parecía apasionante en un momento en que la globalización se estaba produciendo muy deprisa, con unas consecuencias increíbles en el orden mundial. Me fui un año a Estados Unidos a estudiar Relaciones Internacionales en una universidad y cuando volví empecé a trabajar en la sección de Internacional, y eso implica que tarde o temprano, si tienes algo de vocación, terminarás yendo a un conflicto armado.

Cierra el libro asegurando que a través de los otros siempre podemos descubrir aspectos de nosotros mismos. ¿La profesión ha cambiado su forma de ser?

Sí, cambia el orden de prioridades. Eres capaz de tener más empatía, una cualidad que considero absolutamente necesaria para ser un buen periodista; es preciso saber ponerte en la piel del otro y entenderlo. A través de mi trabajo, de historias terribles y otras esperanzadoras de la gente que he conocido allí, me he conocido mejor a mí misma y mi orden de prioridades ha cambiado. La vida son dos días, y en lo que llamamos Occidente muchas veces vivimos en una burbuja; estamos ciegos y sordos, con unas comodidades de las que no disfruta la mayor parte de la población mundial. Lo diferente no son los otros, sino nosotros; los que vivimos bien somos una minoría. Y si a mí me ha cambiado imagínate lo que puede cambiar a quien vive en primera persona el conflicto y la represión.

¿Cómo lleva tener que estar siempre ‘de paso’, dejando atrás amistades a las que probablemente nunca vuelva a ver?

Con los protagonistas de las historias mantengo contacto, y gracias a eso ha salido este libro. Durante los años es interesante ver cómo se transforman las personas que vas conociendo. Es difícil estar de paso porque tú te vas pero ellos se quedan allí. Tienes la posibilidad de volver a una vida cómoda y placentera, y luego tienes la oportunidad de acudir a los tribunales a denunciar cosas como por ejemplo el ataque contra el Hotel Palestina, donde mataron a José Couso. Yo fui un testigo de ese ataque, de hecho perdí audición en el oído izquierdo. Nosotros volvimos y tuvimos la oportunidad de acudir a los tribunales, pero allí la gente no tiene la oportunidad de nada, no tiene ni agua ni luz, ni mucho menos puede estar amparada por la justicia cuando un país está en el caos más absoluto. Cuando uno vuelve de un conflicto a veces necesita un periodo de transición porque todo lo que hay aquí te parece banal y frívolo. Luego uno se readapta a este mundo, pero siempre tiene parte de su cabeza en el otro. Yo creo que es un proceso por el que pasamos todos los corresponsales.

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