Opinión
OPINIÓN POR JUAN GARCÍA CAMPAL
Manuel Jular o la defensa del paraíso
Este jueves he terminado de admirar el Descensus ad Inferos que Manuel Jular...
17/04/2012
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DEL CUADERNO CASI DIARIO
...expone en el Museo de León desde el pasado 23 de marzo. Hoy, tras tres dilatadas visitas.

La necesidad de mis tres observaciones, y demoradas, no quisiera yo que sonara a, o se entendiera como, expresión de disuasión masiva. Nada más lejos de la realidad y de mi intención. Son dos las visitas que, normalmente, preciso para absorber, consumir enteramente, aquello que me absorbe, atrae a sí, cautiva; y que hayan sido tres, hasta por natural se puede tener si se considera mi habitual gusto por la dilación y la limitada y lenta capacidad de mi intelección. A mayor abundamiento, el número de obras expuestas. Cien, según cita Marcelino Cuevas Santos en su blog, y más según mi último cálculo al ojeo.

Que yo tratase aquí de reseñar con detalle la ingente obra expuesta sería propósito que, amén de vano, al punto se vería mudado al de enmienda.

Diré pues, sin más introito, que no sólo acierta Jular con esta muestra, pues como bien él dice pintando lo que de verdad se siente uno no se equivoca nunca, y si de algo está plena cada una de las obras, además de color y calor, es de sentido y sentimiento, sino que también triunfa Jular en el objetivo primero y esencial del arte, expresar, con y en esta exposición, ya que después de ir uno observando y absorbiendo, a la vez que se deja cautivar por las formas y colores con que el autor nos comunica sus visiones, creaciones, más recientes -todas ellas fruto de la mestiza utilización de la fuerza de atracción de su bagaje intelectual, con sus continuas referencias al mundo y cultura clásicos y su ya no tan nueva profesión, ya son ocho años, por el arte digital, por el uso de las más modernas tecnologías informáticas- no es el que abandona el Museo el mismo que en él se adentró en búsqueda de su Descensus ad Inferos.

Y no lo es porque después de recorrer, insisto, demoradamente, sus jáculas y máculas, sus bóvedas, capillas o estancias subterráneas, sus grutas y monumentos consagrados a las ninfas, dríades o nereidas, sus mosaicos y, cómo no, partituras -Jular y la música, Jular y su musicalidad compositiva-, sus representaciones del Gran guiñol, gran teatro, del mundo y su intolerancia; después de ver su Prólogo y Epílogo, su On verrá, se verá uno conducido a una precisa y también demorada y posterior reflexión sobre el conjunto de lo observado, sobre las singulares obras que más huella hayan dejado en la conciencia, en el espíritu consciente del observador. Si no transformado, si llamado a la reflexión se regresa de la contemplación de estas narraciones propuestas, ofertadas, por Manuel Jular.

Cómo, a modo de ejemplo, y callándome de momento, la impronta memoriosa que hiere y llama a la conciencia y a la presencia crítica y hasta beligerante contra la realidad existencial más contemporánea que produce su serie sobre el Gran teatro de la intolerancia, como hace al hablarnos de los otros, pero también, acaso, del dependiente de cada uno de nosotros mismos -convertidos en actores y espectadores- como en el caso del Rodin, metafórico y humano avatar del mitológico Pigmalión de Chipre; cómo, digo, sacudir de la consciencia, de la memoria, todo lo que refleja y canta desde lo más ancestral de lo humano su Hipogeo, si no aria, de la soledad, sin duda una de sus habitadas obras, o el titulado del Teorema, o los del Discurso sobre la vida y la muerte y de los dos amores, o por qué no, y ambos, de Eros y Tánatos.

Regresa uno a su propia cueva y es allí donde, dado a la reflexión sobre todo lo aprehendido por sus retinas y alojado en su intelecto más sensible a lo largo de la muestra, le da por considerar y hasta, quizás de forma temeraria, concluir que el artista Manuel Jular con las creaciones pictóricas que conforman su Descensus ad Inferos, no se resigna a la náusea de lo inútilmente humano o la desprecia, que se resiste al secuestro de una Idea, de un Ideal, por los que se dicen sus seguidores, a que los parias, casi todos, sean triste carnaza de estos, nuevos, levitas.¡Ah, el poder de las MasterCard!

Y de todo ello, sin duda, ésta su Ascénsio ad Terram que viene a ser la exposición pública de aquel, su puesta a disposición de cuantos por mano de sus obras queramos compartir su viaje al infierno de lo subterráneo o aparentemente oculto. Creo que no pretende más Manuel Jular, desde lo más fuerte y vivo de su pensar y de su sentir, de su bien crear, que la testimonial y combativa defensa de la hipótesis, y por qué no, del ideal, del Paraíso terrenal.

Mas no de aquel del que teó-ricamente fuimos expulsados ad eternum, y según la tradición judeocristiana, por no reconocer la exclusividad, o por querer socializarla, del conocimiento del bien y del mal; sino más bien del que tantos reivindicamos -pretérito y presente- para todos cuando cantamos, o pensamos, o soñamos, que habrá de llegar un tiempo en que la tierra será el paraíso patria de la humanidad.

Manuel Jular y yo no nos conocemos, o lo hacemos sólo de ganas de conocernos. Nos leemos y nos escribimos, pero no nos hablamos, hasta ahora, ni cuando estamos bajo el mismo techo. Si yo le escribo que pese a lo que pueda parecer, tiro a tímido, o cortado, en vanguardista; él me contesta que aunque a veces parezca un bocazas encampanado, soy, no sé si tímido, o intimidado.

Así que, ambos esperamos, alguna vez, sobreponernos y darnos un abrazo más carnal que por correo. Y se verá. Se verá y de ese momento dejará constancia nuestro amigable nexo Juan Luis García con esa mirada ladrona de espíritus que maneja. Pero eso será otro día.

De la exposición Descensus ad Inferos, que yo doy en Defensa del Paraíso, de Manuel Jular se puede disfrutar hasta el próximo 29 de este inestable abril, en el Museo de León, en la Plaza de santo Domingo. Dicho queda. Después no será tiempo de lamentaciones.

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