Reportajes
REPORTAJE
Las goteras de Franco
75 años después de proyectarse, El valle de los Caídos es un monumento en decadencia física con cierto aire al hotel de 'El Resplandor' / Nada es como se pensó
Vista aérea del Valle de los Caídos.
Vista aérea del Valle de los Caídos.
Francisco Apaolaza
15/11/2015 (21:13 horas)
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Si algún día Franco levantara la cabeza, en la cabeza le caería una gotera. Las paredes de la basílica donde descansa el dictador, excavada en una coraza granítica e inexpugnable de la Sierra de Guadarrama, hace aguas. Tres cuartos de siglo después de que comenzaran las obras, el líquido se filtra por litros y en cada esquina aparecen manchas de cal y humedad que dibujan en la piedra el mapa difuso de un desastre. Tanta agua cae que han ideado una suerte de tiestos ornamentales que no son otra cosa que cubos gigantes para retener lo inevitable. En el silencio de la enorme nave central, que es como un túnel del tiempo a una civilización quebrada, se oyen de vez en cuando caer las gotas. ‘Dum, dum’, como una extraña percusión. Son la banda sonora de un fracaso.

Hace 75 años que comenzó esta historia como un sueño faraónico que la historia se empeña en negar. Francisco Franco apareció en las obras que entonces parecían las de una angosta estación de metro. Le acompañaban tipos de uniforme y Carmen Polo de negro con perlones al cuello. Franco detonó él mismo la dinamita de las excavaciones. Quería que fuera más grande, para que acudieran a rezar las masas católicas adscritas al Régimen. Hoy en esa nave que vigilan agentes de seguridad y en la que no se pueden hacer fotos, se celebra una misa al día, pero no hay nadie en los bancos y se ha encendido una sola vela. Dos ramos protocolarios de claveles rojos y blancos adornan el compromiso sobre las lápidas de José Antonio Primo de Rivera y de Francisco Franco a un lado y a otro del altar central, diametralmente opuestos en su última morada y presidiendo un mundo que ya no existe. Nada allí es como se pensó.

El recorrido que termina en esas lápidas comienza en una carretera anchísima que sube entre los bosques de pinos y el olor dulzón de los jarales del valle de Cuelgamuros, en las lejanías de Madrid. Recibe una caseta de Patrimonio Nacional, que mantiene el complejo junto a los monjes benedictinos que además del templo, gestionan una abadía y una hospedería cercanas. Son nueve euros por coche. Más arriba, la ruta de la desolación arranca en el edificio del antiguo restaurante, rodeado por una valla de obra y en el que por la ventana se adivinan antiguos salones de cortinas descoloridas, mesas con las sillas encima y capa de polvo sempiterna, infinita. El lugar recuerda vagamente al hotel de ‘El resplandor’ de Stanley Kubrick por lo solitario y por pertenecer a otro tiempo paralelo, por vivir continuamente fuera de temporada. Un poco más allá sí que abre un nuevo bar con paredes llenas de fotos de pepitos de ternera, albóndigas y platos combinados a color y nombres traducidos al inglés. Toma café un tipo con sombrero tirolés llegado del reparto de ‘La escopeta nacional’ y un grupo de estudiantes danesas. El monumento concebido como homenaje al espíritu nacional es visitado sobre todo por los extranjeros. Otra broma. Friedrikke viste mallas, tiene 19 años y da clases de español en Copenhague. “Sabemos quién es Franco. Este sitio y su arquitectura están muy bien para hacerse la idea de lo que fue el Régimen. Es un lugar intimidante”.

Al lado de la cafetería, un reloj digital marca las 13:31 en una sala vacía. Hace años que por la estación del funicular que sube a la base de la gran cruz no pasan turistas. Esta semana, allí cargaban andamios para que la enésima comisión de Patrimonio estudie el estado de las gigantescas estatuas del monumento. “Se están cayendo todas a pedazos”, explica un empleado. Resulta paradójico que el proyecto de Diego Méndez construyera una cruz de 150 metros de altura que resistiera las embestidas de un huracán y que en cambio las estatuas no llegaran al siglo de vida. Los evangelistas y las virtudes de la base se están deshaciendo como el barro y el dedo del pie de un apóstol puede aplastar a un hombre. Lo mismo ocurrió con la ‘Piedad’ imponente de Juan de Ávalos que preside la entrada a la Basílica, que tuvo que ser saneada y que encendió la chispa del cierre. Entre el motivo y la excusa, el Gobierno Socialista de José Luis Rodríguez Zapatero clausuró en 2009 el monumento durante 33 meses por falta de seguridad.

Hoy, debajo de la escultura, un camarero en pajarita reparte ‘flyers’ con el menú del bar. Desde la clausura, acude menos gente. El monumento no se promociona dentro de los circuitos del patrimonio español y la decadencia material es la propia del abandono de las instituciones. Al margen de los fallos de construcción, necesita inyecciones de dinero como cualquier monumento y cualquier partida en los presupuestos destinada al lugar quema como una brasa política.

Una sopa de huesos

Desde su cierre, el complejo es el centro de una batalla cósmica por la memoria histórica. Diversas comisiones han dado distintos dictámenes sobre el asunto incómodo: qué hacer con la tumba de Franco y los miles de muertos de la guerra allí enterrados. El Partido Socialista ha pedido y prometido la exhumación de los cadáveres, el traslado de los restos de Francisco Franco y la conversión del lugar en un centro de interpretación de la Memoria Histórica. Hay autores que sostienen que Franco ideó el lugar como una venganza y otros que creen que quiso la reconciliación. En cualquier caso, no consiguió ninguna de las dos cosas: el edificio está en manifiesta decadencia y es el epicentro de una batalla por la memoria histórica. Hay hasta una tienda donde se venden dedales del Valle. Hay de todo menos paz.

El verdadero problema del Valle de los Caídos no se ve, pero se presiente como un escalofrío. En los cruceros de la nave central abren dos capillas iluminadas con una luz cálida y dentro, una puerta en cada una. En el dintel, una escritura en letras de bronce que reza así: “Caídos por Dios y por España: 1936-39. RIP”. El caudillo quiso enterrarse con sus soldados y después abrió las puertas a sus enemigos. Al menos, a los católicos. Por esa puerta se baja a una cripta de varios pisos en los que entraron cajones negros con decenas de cuerpos provenientes de las fosas militares, además de los que murieron trabajando en la obra, muchos de ellos presos de la Dictadura. Los archivos dicen quién está en cada caja, pero no de quién es cada cadáver. Esto, en el mejor de los casos, pues algunos investigadores apuntan a que los muertos republicanos no se identifican. Ese cementerio se selló en 1958. Al reabrirlo, el pasado mes de septiembre el Gobierno descartó mover los cuerpos, dado su mal estado de conservación. La humedad ha convertido el lugar en una sopa de huesos. La tumba, como casi todo, también salió mal. La puerta de la fosa sigue cerrada, pero la herida, abierta. Todo lo demás es política, presupuestos y goteras. 

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