Cultura
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Juan Carlos Mestre: "La poesía es un discurso de libertad"
El creador berciano lee sus poemas en la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid, dentro del V Festival de la Palabra Versátil.es
César Combarros
03/03/2010 (20:04 horas)
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Poeta y artista visual, grabador y músico, el leonés Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957) participó esta tarde en el V Festival de la Palabra (Versátil.es) con una breve ‘performance’ y dando vida a su intenso poemario personal. Residente en Madrid, con 17 años, el autor de obras como ‘Antífona del otoño en el Valle del Bierzo’ (Premio Adonais, 1985) o ‘La poesía ha caído en desgracia’ (Premio Jaime Gil de Biedma, 1992) abandonó su espacio natal para estudiar Ciencias de la Información en Barcelona, si bien actualmente retorna a su tierra “prácticamente todos los meses”. “Allí viven mis padres y mi familia, mis padres, y he estado vinculado pasional y vitalmente con El Bierzo de todas las formas posibles”, apunta a Ical el Premio Nacional de Poesía 2008.

¿Cómo han marcado su carácter y su trabajo sus raíces bercianas?

Los lugares natales evidentemente son los de la fundación de una memoria. Nacer en un pequeño pueblo, rodeado de montes y de ríos, conforma una relación distinta con la naturaleza, con la voz sagrada de la tierra ingenua que llamaba Mallarmé al canto de los grillos. No es anecdótico que, además, en un pequeño pueblo como es Villafranca, con muy pocos miles de habitantes, haya nacido en el siglo XIX nuestro gran primer escritor del Romanticismo, Enrique Gil y Carrasco, y que de mi pueblo sean Ramón Carnicer, el gran escritor de la lengua castellana, el cuentista Antonio Pereira, y que además sean hijos adoptivos Victoriano Crémer y Antonio Gamoneda. El hecho de que en mi pueblo todos los años se celebrara una fiesta de la poesía el último domingo de la primavera, hizo que desde muy niño tuviera relación con la presencia puntual de los poetas, en aquella heterodoxia de voces que por allí pasaba. Sin duda, la memoria está anclada en la humildad de sus gentes que, próximas a alguna de las formas de la delicadeza de la poesía, conforman también un carácter y una manera de estar en el mundo.

¿Cómo llegó a la poesía?

De la mano de un joven poeta villafranquino, Gilberto Núñez Ursinos, que se suicidó a los 37 años, cuando yo acababa de cumplir los quince años. Él era una persona generosa, cordial, entusiasta y, sobre todo, llena de encantamientos y de ensoñación. Empecé a escribir mis primeros versos por imitación, y enseguida sentí su amparo, su amistad y también el primer gran enfrentamiento con la tragedia de la existencia, con la muerte, con la desaparición súbita del primer amigo que muere. Tal vez esa reflexión melancólica sobre la convicción de la existencia, de alguna manera conformó también mi relación con la palabra, con la poesía como la teoría menos humillante de la Historia.

¿Es consciente del lenguaje que adoptará la inspiración, en forma de poesía, escultura, grabado o música?

Eso uno no lo decide. Yo comparto con el maestro Antonio Gamoneda (y digo maestro en todos los órdenes del conocimiento, de la existencia, de la conducta, de la ética y de la estética) su teoría sobre el carácter heterodoxo y la falta de límites para los géneros. Todo esto son discursos relacionados con la policía del pensamiento, cuestiones como dónde comienza un poema y dónde termina un relato o una historia. No creo en los compartimentos estancos de los géneros, sino que estamos en presencia de un género que carece de nombre y que desborda los límites. Nunca he optado por un poema o por un grabado; creo que son diferentes maneras de percibir intuitivamente alguna de las extrañas representaciones que nos formula la conciencia frente a un hecho estético y por tanto también frente a una actividad ética. En ese sentido, transito y paso por los supuestos géneros con la misma facilidad que uno atraviesa los pueblos y las provincias. No creo en las patrias, no creo en las regiones que dividen, menos aún en las fronteras y menos todavía en las categorías arquetípicas que se establecen tradicionalmente sobre la actividad creativa. Creo que la creación desborda los límites.

¿Cree que sería positivo acercar más la poesía al sistema educativo actual?

Sin duda. Yo creo que la poesía, como conciencia de algo de lo que no podemos tener conciencia de ninguna otra manera, es un discurso de libertad, de desobediencia creativa, pero fundamentalmente es un discurso de fundación ética, de una conducta no relacionada con la ejemplaridad, pero sí con una manera de estar en el mundo, de resistir al mal, de enfrentarnos a un sistema de valores que basa en la pragmática todos sus hallazgos. Y creo que la intuición (como práctica de la conducta humana), junto con la imaginación, nos pueden llevar mucho más lejos de lo que nos lleva el pragmatismo de las observaciones cotidianas del pensamiento. Un espacio para la reflexión poética en la educación es un espacio para la libertad del porvenir, para la conducta futura de las nuevas generaciones. No podemos imaginar que tenga más alta tarea el arte, la literatura o la educación que no sea el elogio de la dignidad humana, es decir, la preservación de los valores esenciales que definen nuestra identidad sobre la Tierra.

Cuando recibió el pasado mes de octubre el Premio Nacional de Poesía por ‘La casa roja’, comentó que "todo libro es un diálogo con las deudas que uno tiene con las voces que le ayudan a vivir". ¿Qué voces le han ayudado a ser quien es hoy?

Muchas; yo creo que todo aquello que he leído. De una u otra manera todo poema es una red de comunicaciones, de diálogos, de transferencias, de negaciones y de rechazos también. Todo acude como un sedimento al poema. Uno no escribe desde el don, desde la iluminación ni desde la inspiración, sino desde la dialéctica del intercambio. Para ser preciso, en ese sentido, en mi formación han sido fundamentales la presencia y el diálogo permanente con dos escritores de mi tierra: Antonio Pereira y Antonio Gamoneda. En ambos se cifran dos maneras distintas pero muy complementarias de entender la literatura como un proyecto espiritual, como una manera de estar en el mundo. He admirado profundamente a los dos, y a los dos reconozco como mis máximos maestros.

¿Cree que a día de hoy la sociedad sigue teniendo una mirada extraña hacia el poeta, con un cierto distanciamiento?

Creo que el discurso social está en otra cosa. La poesía no es un proyecto de la sociología ni de la literatura, la poesía es un proyecto espiritual que intenta contribuir a la repoblación espiritual del mundo. En estos momentos, frente al inimaginable desarrollo de lo tecnológico, es proporcional la pérdida y merma del sentido de los valores espirituales que conforman nuestra identidad como personas.

Escribe en ‘La casa roja’ que “un poeta debe ser más útil que ningún ciudadano de su tribu”. ¿Cuál debe ser la función de la poesía?

Posiblemente un poeta no sea otra cosa que un taxista que lleva a la gente donde la gente quiere ir a vivir su propia vida, y un libro de poemas no sea otra cosa que una pequeña caja de herramientas al servicio de la conciencia de los hombres. Bastaría con que un poema ayudara mínimamente a resistir frente al ominoso mal que a través de las épocas ha llenado las canteras de la Historia de crímenes y cadáveres.

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