Opinión
OPINIÓN POR GUSTAVO TURIENZO VEIGA
Del llamado Caballero Verde, un español que se granjeó el respeto de Saladino
En verdad, durante la segunda mitad del año 1187 del Nacimiento –el 583 / 584 de la era islámica- eran necesarios caballeros cristianos de valía en Palestina...
10/08/2014
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LEÓN, ENTRE DIOS Y ALÁ
... pues ha poco el ejército cruzado del reino latino de Jerusalén había sido completamente aniquilado por el emir ayyūbí Saladino en los llamados Cuernos de Ḥaṭṭīn, al oeste del lago de Tiberíades. Nada había quedado de aquellas orgullosas mesnadas, las cuales tanto respeto infundieran antaño a sus enemigos: en efecto, después de la batalla, Saladino dispuso se diera muerte o se vendiera como esclavos a todos los prisioneros que no renegaran de su Fe. Los nobles fueron ejecutados por sus sayones, -con contadas excepciones-, mientras que los cautivos de las Órdenes Militares fueron entregados a sus ulemas, a los cuales se ordenó decapitarlos personalmente. Preciso es decir que tan bondadosos eruditos se entregaron complacientes a su tarea durante un prolongado periodo de tiempo, con tan sádica avidez como escasa competencia general. No fue mejor la suerte de los humildes peones, vendidos como reses en los numerosos mercados de esclavos del Oriente.

A la sazón, Saladino precisaba impedir la afluencia de nuevas tropas cruzadas a Palestina, y por esa razón emprendió con fulgurante rapidez la conquista de las plazas fuertes cristianas de la costa, donde todavía podían fondear con seguridad las flotas procedentes de los puertos europeos. De esa guisa, apenas transcurridos tres días desde la aciaga jornada de Ḥaṭṭīn, después de una vertiginosa cabalgada, levantó su almofalla ante los muros de San Juan de Acre, el 16 de Julio del año 1187 de Cristo. Esa ciudad capituló inmediatamente, pues sus habitantes, sorprendidos, atemorizados y desorientados, carecían de recursos para resistir un sitio. No obstante, Saladino, con un sentido práctico muy desarrollado, se mostró relativamente generoso en las capitulaciones. Al fin y al cabo, tomar una ciudad amurallada no era fácil, requería muchos recursos, una autoridad indiscutible, mucha suerte –las epidemias se propagaban con rapidez en aquellas almofallas insalubres y superpobladas- y sobre todo, tiempo. Además, siempre era factible que los refuerzos afluyeran a los sitiados y modificaran la situación. Ahora bien, Saladino no poseía una autoridad indiscutida entre los suyos –de hecho, no la poseyó nunca- y tampoco disponía de tiempo, pues intuía era inminente, en breve, la arribada de nuevas flotas cruzadas al litoral palestino. De hecho, diez días después de la batalla de Ḥaṭṭīn, una flota bien provista, dirigida por el marqués piamontés Conrado de Monferrato, se presentó a la vista de Acre, pero tomó la derrota de Tiro al comprobar cómo ya la ciudad había sido tomada por los musulmanes. Porque en el litoral siro-palestino existían varias ciudades excelentemente fortificadas y que no sólo todavía se hallaban en poder de los cristianos, sino que eran a la vez formidables puertos. Encambronarlos uno tras otro requería inmensos recursos, y aún así la guerra podía prolongarse inopinadamente durante meses, o incluso años, con resultados inciertos. Y como el objetivo prioritario de Saladino no era Jerusalén –ciudad interior totalmente a su merced- sino la costa siro-palestina, combinó sus artes diplomáticas –solicitando sin éxito la ayuda naval del poderoso califa almohade- con la clemencia interesada –como en Acre- y el terror dosificado, como en Jaffa.

Efectivamente: el hermano de Saladino, llamado al-Mālik al-‘Ādil, -que era tan cínico como capaz-, tomó Jaffa al asalto y dispuso –con fines evidentemente propagandísticos- que los habitantes supervivientes, reducidos a la cautividad, fueran divididos en lotes, cada uno de los cuales habría de ser vendido por separado en un mercado de esclavos distinto al del resto. Dicha medida tuvo un efecto considerable. Léanse si no las siguientes líneas:
 
“Yo tenía en Alepo una esclava cristiana, capturada en Jaffa. Era madre de un niño de un año. Cierto día, el chiquillo tropezó y cayó al suelo, lastimándose en la cara, mas sin importancia. Vi que su madre lloraba a lágrima viva, y traté de consolarla, diciéndole que el niño no había sufrido apenas a causa de la caída. Pero ella me respondió: “No lloro por su caída, sino por las desgracias que hemos padecido. Yo tenía seis hermanos, y todos han muerto. También tenía un marido y dos hermanas, pero ignoro dónde pararán, si es que aún viven”. Esto le había acaecido a una sola persona, pero otros muchos habían padecido los mismos infortunios de aquélla mujer, o incluso peores. Un día vi en Alepo a una esclava cristiana que acompañaba a su amo a una casa vecina; inopinadamente, otra mujer apareció en el zaguanete de la casa y dio un grito. Ambas mujeres se besaron tiernamente, se sentaron y comenzaron a hablar animadamente entre ellas. Resultó que eran dos hermanas convertidas en esclavas, a las cuales se había llevado a la misma ciudad, sin que ninguna de ambas supiese el destino de la otra”.

La cabalgada del ejército musulmán fue tanto más vertiginosa cuanto que a su paso no se suscitó apenas resistencia, pues los huesos del ejército cristiano se calcinaban a la sazón bajo el implacable sol de Ḥaṭṭīn y los supervivientes yacían aherrojados por todos los rincones de Oriente. Con honrosas excepciones, los principales castillos del reino, cuyas guarniciones, -insuficientes en efectivos-, estaban compuestas por imberbes, tullidos y en general gentes no aptas para el combate, sucumbieron en breve a la embestida de los ejércitos sarracenos que devastaban el país muy a su sabor de un extremo al otro.

Al cabo de algunas semanas, sólo Jerusalén, Tiro y Escalón resistían precariamente la ofensiva de los ejércitos ayyūbíes. Probablemente, Saladino  hubiera preferido sojuzgar Tiro y Escalón antes de sitiar Jerusalén, pero, por razones de propaganda religiosa y política, no podía postergar la conquista de la Ciudad Santa, so capa de sufrir una terrible erosión de su posición personal, con imprevisibles resultados. Por tanto, se vio forzado, de buen o mal grado, a sitiar Jerusalén antes de haber conquistado el resto de las ciudades cristianas de la costa. La Sede de la Santidad –al-Quds- ofrecería, sin embargo, una resistencia tan inopinada como inesperada, y sólo capitularía a primeros de octubre de 1187 del año de Nuestro Señor, equivalente al mes de raŷab del año 583 de la era islámica:
 
“Había sobre la cúpula de la Sacra una gran cruz de oro. El día en que la ciudad se rindió, algunos musulmanes subieron hasta allá arriba para voltearla (…) Cuando cayó la cruz, se elevó un grito general en la ciudad y sus alrededores. Eran gritos de alegría que lanzaban los musulmanes y gritos de rabia y dolor que lanzaban los cristianos. Fue tan grande el ruido que se hubiera creído que llegaba el fin del mundo”.

Exigida por sus gobernados y los musulmanes en general, la conquista de Jerusalén proporcionó al emir curdo –pues curdo era Saladino- un ascendiente moral indudable, pero, de nuevo, la resistencia a ultranza de esa capital le obligó a mostrarse generoso en las capitulaciones, para poder dirigirse rápidamente y sin embarazo contra Tiro, ciudad que ansiaba tomar el generalísimo musulmán a todo trance, porque:

“…(Saladino) era muy consciente de que ya había postergado durante demasiado tiempo la conquista de Tiro, y sabía que ese retraso podía resultar fatal para el éxito de la empresa”.

Así pues, apenas hubo organizado la administración de su nueva posesión, Saladino avanzó contra Tiro. Pero sus habitantes habían aprovechado el tiempo invertido por el generalísimo sarraceno ante Jerusalén para preparar el inminente sitio de su hogar, pues el marqués de Monferrato, que mientras tanto había obtenido el mando, incluso ordenó cavar una zanja para cortar el istmo que unía la población al continente. En vísperas del sitio organizado por Saladino, Tiro sólo tenía dos puertas: una permitía el acceso terrestre y estaba protegida por varios lienzos de muralla, cada uno dotado de su propio portón protegido. Otra permitía el acceso desde el mar, que rodeaba la ciudad por tres de sus costados, y estaba flanqueada por dos torres, unidas por una cadena, la cual podía ser retirada o colocada a voluntad, para regular el acceso de las naves al puerto. Una guarnición siempre presta vigilaba el dispositivo, y los barcos podían fondear en los muelles, al resguardo de la muralla de la población, sin temor a las sorpresas naturales o humanas. Además, Tiro disponía de agua en abundancia, merced a un acueducto de sólida construcción y a algunas fuentes submarinas de agua dulce, su alfoz era ubérrimo y su clima saludable. Ya en el siglo X de la era cristiana –IV a la sazón de la era islámica- un geógrafo árabe ponderaba sus bondades. En cambio, cierto contemporáneo suyo más avisado hacía hincapié en su posición excepcionalmente fuerte:

“Tiro es una posición militar inexpugnable donde las haya, emplazada sobre el litoral, floreciente y rodeada de un riquísimo territorio…”

Además, el marqués de Monferrato, que había asumido la defensa de esa población, era un generalísimo capaz, valiente y decidido, y había ganado un tiempo extra precioso merced al noble Renato de šaqīf, quien no dudó en sacrificar su propia persona y sus posesiones, al dilatar engañosamente sus parlamentos con Saladino para así dar tiempo a que el marqués abaluartara completamente la ciudad. Bajo su mando, tan capaz, los habitantes de Tiro no tardaron en recuperar su presencia de ánimo y emprendieron algunas salidas muy sangrientas contra los ejércitos sarracenos que vigilaban su ciudad, imponiéndoles el respeto. Saladino, muy airado, instó al marqués de Monferrato a que capitulara o se atuviera a las consecuencias: pero el marqués, hombre templado donde los hubiera, se negó en redondo, espetando a su poderoso contrincante que:
 
“…El nunca le daría a Sur (Tiro), antes se pararía defenderla muy bien, con la merced de Dios”.

Ante esa rotunda negativa, Saladino ordenó fuera bloqueado el puerto con catorce galeras procedentes de Acre (actualmente ‘Akka) y dispuso un sitio terrestre en toda regla. Emplazó catorce mangoneles, que disparaban día y noche contra la población sin demasiados resultados materiales. Además, puso en posición ante las murallas algunas torres móviles, manteletes y otras máquinas de sitio. El marqués, ducho en las artes de la guerra, mandó construir unos pequeños navíos bien protegidos, con saeteras, que podían ser llevados a tierra o movidos al mar con presteza, y que estaban cargados de ballesteros. Éstos hacían muchos estragos entre las huestes muslímicas. Si su posición se tornaba arriesgada, dichos barcos, llamados barbotas, eran devueltos al mar, donde se evadían de sus perseguidores. Además, los cristianos tomaron cinco galeas de los moros, mientras estragaban con mortíferos resultados a las tropas que intentaban minar las murallas. Por añadidura, en el frente terrestre la moral de los defensores era muy alta, merced a un valeroso caballero de origen español.

Para desgracia de los sarracenos, a la sazón se hallaba en Tiro un caballero español, llamado El Caballero Verde a causa del color de sus armas. Al parecer, había hecho voto de combatir a los musulmanes en Tierra Santa, ante Santiago Matamoros, el santo patrón de España ¿Se trataba acaso de una penitencia? ¿Era un voto perpetuo? Como quiera que fuere, en breve llegó a ostentar por su bravura un puesto principal en la defensa, pues no es propio de un español cabal ceder a otros el honor de asumir las posiciones de mayor riesgo en un combate, tanto más si éste es desesperado y el enemigo está a su altura. En cumplimiento de esa máxima histórica, que es prenda y honor de nuestra Patria, allí dónde se planteaba un riesgo de ruptura o podía producirse una brecha, allí donde flaqueaba la moral de los defensores o era mayor la presión de los morunos atacantes, allí estaba el Caballero Verde:

“E non pasaba dia que non saliesen los de la cibdad fuera á las barreras dos veces é tres con un caballero de Espanna que era en la cibdad é aducía las armas verdes, é cuando aquel caballero salía fuera, todos los turcos de la hueste se arrebataban…”

Tanta impresión causó a los defensores, que un cronista dejó memoria de él:

“Saladino no hacía nada de provecho en Tiro. No pasaba día sin que los cristianos no hiciesen una salida contra los sarracenos, y a veces eran dos o tres. Los encabezaba un caballero de España, que estaba en Tiro y usaba armas verdes. Sucedía que cuando los cristianos efectuaban una salida, todos acudían para verlo. Los turcos lo llamaban El Caballero Verde. Llevaba una cornamenta de ciervo sobre su yelmo”.

Pero Saladino aún sufriría más sinsabores en Tiro; efectivamente, aún porfiaba ante sus murallas, cuando a la sazón fondeó en el puerto de aquella población la flota siciliana de Guillermo “El Bueno”, rey de las Dos Sicilias, con doscientos caballeros perfectamente armados a bordo. Su socorro fue esencial, porque dichos caballeros poseían una gran experiencia de combate con los musulmanes, adquirida en las guerras del Norte de África. El marqués de Monferrato aconsejó fueran a socorrer Trípoli del Oriente, a la sazón muy apretada por el ejército ayyūbí, y aquéllos así lo hicieron. Marchó con ellos el Caballero Verde, el cual, una vez en Trípoli, asumió por méritos propios el mando de esa mesnada en combate. Los sarracenos, al constatar su presencia en esa población, fueron presa del pánico e, inmediatamente, enviaron noticias sobre el particular a Saladino. Éste ordenó a los suyos que ofrecieran un salvoconducto de su parte al Caballero Verde, pues deseaba conferenciar con él. Dice el cronista:

“…Él fue y Saladino se contentó mucho con ello y le presentó gran cantidad de caballos y riquezas. Saladino le dijo que, si quería quedarse con él, le daría muchas tierras. Y él le respondió que no se quedaría, porque no había venido a esas tierras a quedarse con los sarracenos, sino para combatir por la Cristiandad al servicio de Nuestro Señor, y que los combatiría cuanto pudiese. Se despidió y volvió a la ciudad”.
 
A guisa de información sobre tan recio caballero, el narrador cristiano tan sólo dijo que respondía al nombre de Sancho Martín. Pero, ¿qué dicen los cronistas musulmanes acerca de este asunto? Pues bien, a pesar de su morosidad cuando de rememorar fracasos se trata, aluden someramente a la presencia en estos combates de un caballero procedente de Qastīla (Castilla), -el cual ya se había destacado por su bravura en la lucha contra los almohades-, que pronunció un voto de guerra santa y partió a Palestina con doce peones. El señor de Tiro le recibió excelentemente, y sus hazañas le valieron el reconocimiento de Saladino, quien llegó a ofrecerle la mano de una de sus hijas y un centón de ubérrimas propiedades si consentía en convertirse al Islam y se pasaba a su servicio. Pero el cristiano, “confundido por el diablo” –o eso dicen los tales cronistas- rechazó sin ambages las proposiciones del sarraceno y regresó a su campo, para seguir combatiendo por su religión.

No tenemos más información sobre el Caballero Verde. Ignoramos si regresó a la Patria, si falleció en combate o sí decidió afincarse en Tiro, una ciudad que Saladino no llegó a conquistar jamás, pues, como viera que sus esfuerzos eran claramente infructuosos y ya había comenzado la estación de las lluvias, ordenó quemar cuanto no pudiera transportarse y desmontar los mangoneles, para llevárselos consigo. A continuación, levantó el sitio de la ciudad, el dos de ḏū-l-qā’da del año 584 de la Era Islámica (dos de enero de 1188 del Nacimiento). Ese triunfo cristiano fue posible, en parte, gracias al esfuerzo del Caballero Verde. Él, como otros compatriotas nuestros, hizo un cumplido papel en las Cruzadas, y, por méritos propios, se ganó un puesto en la Historia. Sirvan las presentes líneas como mísero tributo de reconocimiento a ese gran español, el cual, como tantos otros compatriotas heroicos nuestros que en el mundo han sido, es víctima de un olvido injustificable, quizá porque España es una nación tan pródiga en hechos gloriosos que tiende a olvidarlos con harta frecuencia. Dios le haya acogido en Su seno.    

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