La cara y la cruz del trabajo en España

Enrique Bretos, cofundador y CEO de Pisamonas, y Wilson Pérez, licenciado en Políticas pero 'rider' de Deliveroo, muestran la realidad laboral en España

Enrique Bretos (i) y Wilson Pérez. /Virginia Carrasco y Pablo Cobos.
Enrique Bretos (i) y Wilson Pérez. / Virginia Carrasco y Pablo Cobos.
MARÍA SILVESTRE

Enrique Bretos | Cofundador y CEO de Pisamonas

«No teníamos ni idea de zapatos; estamos viviendo un sueño»

Podían haber hecho caso a todos aquellos que les desaconsejaron empezar un proyecto entre amigos y menos aún entre parejas. Pero desoyeron estas recomendaciones. Estaban convencidos de que juntos lograrían sacar adelante un negocio rentable. En principio no sabían cuál, estaban abiertos a cualquier sector y el que más conocían era el del turismo, pero nuevamente desafiaron lo razonable y contra toda lógica se embarcaron en fundar una empresa de calzados infantil on line. Sin tener «ni idea de zapatos» -reconocen-, guiados únicamente por su propia intuición.

Así fue cómo el matrimonio Enrique Bretos y María Torres, junto a sus grandes amigos, la pareja formada por Enrique Saiz y Silvia Orta, fundaron en agosto de 2013 Pisamonas, la firma de calzado de niños que en apenas seis años de vida se ha convertido en el tercer fabricante de calzado infantil a nivel nacional, solo por detrás de firmas tan veteranas como Garvalin o Pablosky.

«Como padres de tres niños, echábamos de menos calzado de calidad, bien hecho, a buen precio y que se pudiera adquirir fácilmente a través de internet», explica Bretos. Aunque al principio compaginó este proyecto personal con su puesto como directivo en Pullmantur, a los tres años se embarcó en exclusiva en esta nueva aventura y asumió el cargo de CEO de la firma.

«Estamos viviendo un sueño», confiesa Bretos, que reconoce que lo hicieron más a modo de 'hobby' y «para nada» su objetivo era haberse convertido en lo que son: una de las tres startups españolas que más crecen en Europa, según un informe del 'Financial Times'. Una de las claves de su éxito fue la expansión internacional. Sabían que para poder soportar los bajos márgenes que implica vender a buen precio sin perder calidad necesitaban volumen. Por ello, ya el primer año de fundación se lanzaron a vender también en Portugal, al año siguiente crearon la web para acceder al mercado francés, en 2015 conquistaron Reino Unido y en 2016 le tocó el turno a Italia.

En la actualidad, uno de cada cinco zapatos lo venden fuera de España y hasta el príncipe George, heredero a la corona británica, usó unos mocasines de Pisamonas en su primer día de colegio, «un golpe de fortuna» que les supuso un espaldarazo importante para la firma. Una vez afianzada esta internacionalización, dieron otro vuelta de tuerca a su negocio con la apertura de tiendas físicas, siguiendo la estela de grandes gigantes del comercio electrónico, como Amazon. En 2017 abrieron su primer establecimiento en Madrid y en la actualidad cuentan con 26 tiendas, dos de ellas en Portugal y el resto repartidas en las principales ciudades españolas: Bilbao, Valencia, Sevilla, Barcelona, Vitoria, Cáceres, Málaga, Logroño, Oviedo, San Sebastián... «Quisimos hacer un enfoque multicanal para estar más cerca de nuestros clientes, a los que también les gusta el contacto físico, poder tocar y oler los zapatos...», apunta este ingeniero aeronáutico reconvertido en emprendedor.

Con una facturación de 10 millones de euros, dan empleo a un centenar de personas y venden medio millón de pares de zapatos, todos con el sello 'made in Spain' y con un precio medio que ronda los 20 euros.

Wilson Pérez | Licenciado en Políticas, 'rider' de Deliveroo

«Trabajo seis días a la semana para ganar 600 euros al mes»

Es licenciado en Ciencias Políticas pero trabaja de 'rider', como tantos otros compatriotas venezolanos, a los que, pese a haber cursado carreras universitarias, no les queda otra que jugarse la vida cada día, subidos en sus bicicletas y, en el mejor de los casos, motos, para poder sobrevivir. «El trabajo más fácil que nos ofrece España es hacernos autónomos y trabajar en una empresa de reparto», se lamenta Wilson Pérez (nombre ficticio, puesto que el colectivo de repartidores de comida a domicilio no se atreve a levantar la voz por miedo a las represalias).

Llegó a España hace ya tres años, junto a su mujer y su hijo, de 5 años, para alejarse del infierno que era (mal)vivir en Venezuela. Comenzó trabajando de noche, por las calles de Madrid, como relaciones públicas de los bares de copas, hasta que un amigo le animó a probar en Deliveroo. Lleva ya dos años como repartidor y es uno de los más veteranos. Aquí la rotación es muy elevada por las precarias condiciones y por las constantes oleadas de despidos. Para ser más precisos, de 'desconexiones', porque estos trabajadores ni siquiera tienen derecho a ser despedidos, sino que pueden encontrarse de un día para otro con que la empresa ya no cuenta con ellos y simplemente les bloquea la aplicación, sin darles ninguna explicación. En realidad, no son empleados de estas plataformas, sino simplemente 'colaboradores'.

¿Qué hay que hacer entonces para hacerse 'rider'? Es algo tan sencillo como bajarse un par de aplicaciones al móvil, asistir a una reunión grupal y, en el caso de Deliveroo y Glovo, firmar un contrato 'on line'. Ya estarían listos para empezar a pedalear, eso sí, siempre y cuando se hayan dado de alta como autónomos. Sin embargo, la inmensa mayoría trabaja en exclusiva para la misma empresa, por lo que ya son varias las sentencias que consideran a estos trabajadores asalariados, una de las reivindicaciones de este colectivo. Algo que no es baladí, puesto que entonces tendrían al menos un salario mínimo de 900 euros al mes, derecho a vacaciones remuneradas, a paro, a ser despedidos...

Derechos con los que no cuenta Wilson. Este joven de 31 años cada mañana coge su moto (algo para lo que ahorró durante mucho tiempo y considera un privilegio) y se tira casi doce horas en la calle para, en el mejor de los casos, sacarse 80 euros por jornada, después de haber realizado entre 15 y 18 pedidos. Pero también hay días en los que solo le entran dos o tres pedidos. Del dinero que saca, tiene que guardar para pagarse los 283 euros de cuota por ser autónomo, la parte del IRPF e IVA, los gastos de la moto y el móvil... «Hay meses que no llego», asegura.

Denuncia que las condiciones salariales han ido empeorando. En un primer momento les pagaban 8,5 euros por hora, después pasaron a abonar un estándar de 4,25 euros por cada pedido entregado, que se podía complementar con bonos dependiendo del número de entregas. Ahora pagan por distancia y cobran con suerte 4 euros por hacer 7 kilómetros.

«Trabajo seis días a la semana para ganar 600 euros al mes», dice con resignación, mientras espera que le convaliden su título universitario para poder optar a otro trabajo mejor. Ésa es su meta, su pequeño sueño, nada del otro mundo, pero mucho para él.