Se acabó el 'peix al cove'

Rufián saca una impresora en el Congreso en un debate previo al 1-O./EFE
Rufián saca una impresora en el Congreso en un debate previo al 1-O. / EFE

El proceso secesionista entierra tres décadas de catalanismo moderado y pactista con los Gobiernos de PSOE y PP

CRISTIAN REINO

Con la llegada de Mariano Rajoy a la Moncloa, el soberanismo en Cataluña, minoritario durante décadas, recibió una inyección de entusiasmo y en paralelo acabó con una forma de hacer política en Madrid por parte del nacionalismo. Se acabó lo del 'peix al cove' (más vale pájaro en mano) o la 'puta y la ramoneta' (hacer el doble juego). Expresiones catalanas que resumían la estrategia política de las fuerzas soberanistas catalanas en el juego de relaciones con el Gobierno de turno.

No hace mucho, CiU jugaba un papel central en la política española. Sus escaños eran decisivos en el Congreso y tanto PP como PSOE agasajaban a los nacionalistas catalanes con suculentos acuerdos a cambio de sus votos. Desde Miquel Roca, padre de la Constitución, a Xavier Trias o Josep Antoni Duran Lleida, el líder de la minoría catalana era una figura de referencia en Madrid. La máxima expresión de la influencia catalana en Madrid fue el llamado pacto del Majestic, suscrito por José María Aznar y Jordi Pujol en 1996. El PP gobernó gracias a los votos de los nacionalistas. Pero pagó un precio alto: transferencia a la Generalitat del 33% de la recaudación del IRPF, competencias de Tráfico a los Mossos en detrimento de la Guardia Civil, supresión de la 'mili' y de los gobernadores civiles.

Sin catalanismo moderado

Los tiempos han cambiado. Con el proceso secesionista, que arrancó en 2012 tras el rechazo de Mariano Rajoy a negociar un pacto fiscal (una especie de concierto económico), el catalanismo moderado y pactista ha dejado de existir. La antigua CiU se quebró y los dos partidos que integraban la federación creada por Jordi Pujol en 1978 se volatilizaron. Unió desapareció y Convergència se tiró al monte. Los convergentes abrazaron la vía unilateral y olvidaron la política que practicaron en Madrid durante años.

En realidad, y por lo que unos y otros van contando sobre los hechos de octubre de 2017, el 1-O y el 27-O fueron una especie de 'puta y ramoneta' pero en grado máximo. En esta caso, el nacionalismo catalán ya no se conformó con un incremento en la inversión en infraestructuras o más competencias autonómicas, sino que pidió el premio gordo, un referéndum a la escocesa. Las consecuencias del desafío se dirimen ahora en el Tribunal Supremo.

LA CLAVE

17 o 18
escaños lograría Esquerra en las generales según el CIS. Junts per Catalunya perdaría casi la mitad de sus escaños y lograría 4 o 5.
Rivalidad independentista.
Esquerra quiere ocupar el espacio que tenía Convergència en el Congreso.

De la vieja Convergència pactista ya no queda nada. Los herederos de aquel partido fundado en 1974 están en el PDeCAT. Pero Carles Puigdemont, que fue designado como el sucesor de Mas tras el veto de la CUP al expresidente, ha hecho saltar por los aires todo lo que aún quedaba en el partido que tuviera reminiscencias al 'pujolismo'. Después de que no aguantara la presión de los suyos (así lo dijo el lehendakari Iñigo Urkullu en el juicio del Supremo), decidiera no convocar elecciones y apostara por la declaración de independencia en octubre de 2017, Puigdemont huyó a Bruselas, desde donde trata de dirigir la política catalana.

Desde Waterloo ha dinamitado el PDeCAT y ha creado la Crida. Los cuatro escaños (ahora tiene ocho) que le dan las encuestas serían un fuerte castigo a la política rupturista de Puigdemont. En cambio, el que ahora quiere ocupar el lugar central que tenía Convergència en el Congreso es Esquerra, lanzada en las encuestas (podría obtener hasta 17 asientos). «Queremos ser la fuerza de referencia de Cataluña en Madrid y tener el papel central que jugaba CiU», señalan fuentes del partido. Pero no para hacer su política del 'peix al cove', aclaran los republicanas, sino para «incidir» en la política española.

Esquerra ya ha apuntado que no pondrá «líneas rojas» para favorecer la reelección del presidente del Gobierno socialista. No poner líneas rojas implica no tener que aceptar el derecho de autodeterminación a las primeras de cambio. Los republicanos son conscientes de que Sánchez no permitirá un referéndum. «Nuestro objetivo es conseguir una mesa de negociación», donde se planteen soluciones políticas al conflicto catalán, apuntan. Los de Puigdemont, en cambio, insisten en Sánchez debe aceptar hablar sobre la autodeterminación.