Mundial de Resistencia

Alonso, en una piscina de pirañas

Fernando Alonso, en Sebring/Efe
Fernando Alonso, en Sebring / Efe

El regreso del asturiano al WEC con Toyota pone de manifiesto que tiene al enemigo en casa, el que puede arrebatarle las opciones de ser campeón del mundo de resistencia

DAVID SÁNCHEZ DE CASTROMadrid

Pese a que las carreras no dejan de ser emocionantes en el Mundial de Resistencia, ya ha quedado bien demostrado en las seis primeras pruebas de la supertemporada 2019-2020 que apostar por una victoria que no sea de Toyota es prácticamente tirar el dinero. Salvo un susto, una sanción como la de Silverstone o similar, el único equipo oficial de la categoría LMP1 es el candidato más firme a ganar ya no sólo en cada carrera, sino a hacerlo con una superioridad letal sobre el resto. Eso no implica que no estén exentos de problemas.

Y es que manejar una situación en la que ambos se saben ganadores no es nada fácil. Y si ya es complicado controlar a dos pilotos con opciones a victoria que luchan entre sí, hacerlo con seis es un auténtico trabajo para maestros de la gestión de grupos de riesgo. Esa ingrata labor le toca a Pascal Vasselon, que como director técnico debe garantizar una igualdad al detalle entre el Toyota 7 y el 8, y a Rob Leupen, que como jefe de equipo debe asegurarse de que sus dos coches lleguen a meta como primero y segundo. La ventaja que tienen sobre el resto de competidores es tal que sólo una pelea entre ambos les podría privar de ello, pero ahí es donde radica el primer y principal escollo: las órdenes de equipo.

En el Mundial de Resistencia tienen muy claro todos que lo que prima es el equipo. No hay campeones individuales, sino que lo fundamental es que gane el grupo, en este caso concreto Toyota. Al no tener nadie con quien pelear, como ocurre en una piscina con pirañas, acaban mordiéndose entre sí. Es por ello que deben poner cortafuegos de manera pública para evitar que haya suspicacias, especialmente después de la carrera de Shanghái en la que la estrategia le costó la victoria al coche 8 (Alonso, Buemi y Nakajima) frente al 7 (Conway, Kobayashi y López).

Son 5 puntos los que separaban a los tres pilotos líderes de los segundos cuando llegaron a Sebring. Cualquier mínimo fallo propio o decisión que decante la balanza de uno a otro puede ser determinante en el devenir de la temporada.

Un Alonso 'cum laude'

Con estos mimbres, Alonso hace lo único que puede hacer: demostrar que es el líder del equipo en términos absolutos, tanto al volante del coche 8 como con respecto al 7. Es por ello que no sólo hizo la 'pole' en la clasificación, sino que destrozó un récord que llevaba vigente desde hacía 33 años, cuando él mismo aún estaba empezando en el karting que tanto le apasiona.

Y pese a marcar un colosal 1:40.124 decía que había perdido un poco de tiempo y que podía haber bajado a 1:39, de haber tenido la oportunidad. Graduarse en un circuito desconocido para él como Sebring habla muy bien de sus cualidades de adaptación a cualquier circunstancia, como ya demostró en infinidad de ocasiones en su época en Fórmula 1. El asfalto de Florida, conocido por lo sinuoso de su trazado y lo bacheado que está, no ha supuesto una mayor dificultad para el asturiano, que mantiene todas sus opciones para regresar a la gala de la FIA de final de año por primera vez desde 2006 de nuevo como campeón del mundo.

Una vez acabada su labor en Sebring, Alonso no perderá de vista Estados Unidos. Y es que a principios de abril viajará al Texas Motor Speedway para hacer un test con McLaren de cara a su preparación para la disputa de las 500 millas de Indianápolis. Ese, y sólo ese, es el gran objetivo que tiene por delante el español. Aunque asegura que está pensando en lo que tiene por delante en el WEC, no oculta las ganas que tiene de llevarse el tercer diamante que le falta de la triple corona.