Diario de un desplome

Los titulares de España, antes del partido de Italia. /
Los titulares de España, antes del partido de Italia.

Un bloque titular sin recambios cargado de partidos con sus clubes y la falta de recursos en la adversidad han condenado a España en la Eurocopa

IVÁN ORIO

La Eurocopa de Francia ha durado 240 minutos para España, la suma del debut ante la República Checa, el segundo partido ante Turquía y la primera hora contra Croacia. Después comenzó a desvanecerse hasta desaparecer por completo en los octavos de final frente a Italia. Resulta complicado encontrar una única causa que explique el desplome de los hombres de Vicente del Bosque en un torneo que empezaron con muy buenas sensaciones y del que se han ido cabizbajos y por la puerta de atrás. El origen del fracaso hay que buscarlo en la acumulación de una serie de factores resumidos en dos premisas fundamentales: los protagonistas del invariable bloque titular en los cuatro compromisos han pagado con creces el exigente calendario en sus respectivos clubes y, además, han demostrado una preocupante falta de recursos para hacer frente a la adversidad. Nunca han sido capaces de sobreponerse con el viento en contra.

En realidad el cambio de ciclo en La Roja empezó a fraguarse semanas antes de que aterrizara en Francia. La llegada escalonada a la concentración de los veintitrés elegidos para el torneo por los compromisos con sus equipos ha condicionado sobremanera la preparación de un torneo inmisericorde con los fallos y con los lapsus de concentración. La dispersión de numerosos internacionales en potentes clubes de cuatro países obligó a que extendieran al límite la temporada para disputar finales de Copas y para la gran cita de la Champions en Milán entre Real Madrid y Atlético. Es difícil mantener la mentalidad ganadora y la vena competitiva al cien por cien cuando la adrenalina está por los suelos después de tanta tensión retenida y hay que levantarse y empezar de nuevo. «El segundo gol de Croacia fue como una montaña para nosotros», admitió de forma gráfica Gerard Piqué para dibujar el estado físico y anímico de España.

Pero mucho antes del tanto de Perisic habían ocurrido cosas que trastocaron la paz del combinado nacional en el retiro de la Isla de Ré. La primera, en vísperas del estreno en Toulouse, la aparición en pleno debate sobre la portería del nombre de David de Gea en un informe policial vinculado con un supuesto caso de escándalos sexuales. El portero del United tuvo que salir a desmentir la declaración de una testigo protegida, pero surgieron las dudas sobre si estaría centrado para asumir el relevo generacional bajo los palos. España se sobrepuso a esta bomba informativa en su cuartel general y logró una sufrida victoria ante los checos con la diana de Piqué cuando el partido languidecía. El triunfo redireccionó los análisis hacia asuntos deportivos y la posterior goleada contra los turcos originó una catarsis de euforia colectiva que hizo olvidar el batacazo de dos años antes en el Mundial de Brasil, del que nadie quería hablar.

Pero de repente surgió otro revuelo de la forma más inesperada. La víspera del choque ante Croacia, el que condenó a La Roja a disputar los octavos frente a Italia, Pedro se saltó el guión, expresó su malestar por la suplencia ante las cámaras de un canal de televisión y se cuestionó si merecía la pena estar en la selección sólo para hacer grupo. El jugador del Chelsea trató de disculparse con el pretexto de que se refería al futuro, pero lo cierto es que sus palabras adquirieron un mayor significado cuando Del Bosque sacó el mismo 'once' frente a los balcánicos y tambien en el cruce con los transalpinos. Piqué acusó a los medios de comunicación de hacerse eco de las palabras del canario porque «se aburren» en las concentraciones, el seleccionador se puso todavía más a la defensiva e incluso intuyó un eventual intento de desprestigiarle y Jordi Alba cerró el círculo al atacar al mensajero. «Es la prensa la que crea los malos rollos», lanzó.

España se presentó en Saint-Denis con 700 minutos más en sus piernas que los italianos y con las dudas que había generado en los últimos treinta minutos ante Croacia, en los que perdió por completo el control del partido. El técnico salmantino recurrió a su discurso de que no hay ninguna tesis que demuestre que las rotaciones mejoran el rendimiento de los jugadores y decidió morir con las botas puestas, como ya había hecho en Brasil. Y en los octavos surgieron los males de La Roja en toda su extensión. De Gea estuvo bien y sostuvo al equipo, Piqué salvó los papeles, pero Juanfran, Alba, Ramos y Busquets hicieron un partido espantoso, al igual que Cesc, Nolito, Silva y Morata. Andrés Iniesta no dejó de intentarlo, pero el futbolista que asombró a Europa y metió miedo a los favoritos al título en los dos primeros encuentros ya nunca volvió a materializarse en Francia.

Que Del Bosque no variara la alineación ni una sola vez le introdujo en un bucle del que era casi imposible salir y arrastró con él a sus hombres de máxima confianza. Quitar a alguno de ellos contra Croacia o Italia hubiera supuesto señalarle y él es enemigo de las resoluciones drásticas. Al mismo tiempo, resulta complejo mantener motivados a los meritorios y los novatos si sus apariciones son testimoniales. Sólo Aduriz ha alcanzado el rango de futbolista número doce al haber dispuesto de minutos importantes frente a checos, croatas y transalpinos. La primera parte ante el conjunto de Antonio Conte fue la demostración palpable de que lo sucedido días antes contra los balcánicos no había sido un accidente, como trataron de defender los integrantes de La Roja, sino el resultado de la suma de varios hechos futbolísticos y extradeportivos que hicieron chirriar un proyecto que ya está agotado.