Ojos ciegos de Virginia Aguilera

Gracias a la gente que no hace las cosas como hay que hacerlas lo que el asfixiante oficialismo dicta que es normal se amplia y el mundo gira hacia adelante

LUIS ARTIGUELeón

Gracias a la gente que no hace las cosas como hay que hacerlas lo que el asfixiante oficialismo dicta que es normal se amplia, y el mundo gira hacia adelante, y sus posibilidades se agrandan, y, frente a las fuerzas que tratan de homogeneizarlo todo, sigue existiendo y resistiendo la matizada y enriquecedora diversidad.

Por eso nos gustan tanto los autores y autoras creativamente irreverentes que, saliéndose de la bipolaridad que configura el panorama actual de la novela negra dominante (noir o novela-enigma), tratan de fundir el género con otros géneros, con otras preceptivas teóricas y hasta otras tradiciones, para ampliar así las posibilidades de lo que se viene entendiendo por novela negra.

En este sentido nos ha sorprendido la novela Ojos ciegos de Virginia Aguilera (Ed. Reino de Cordelia), una atmosférica y bien documentada historia negra con grandes pinceladas de Romanticismo tenebroso (bien podría decirse al revés; una novela gótica con impregnaciones de novela negra-enigma) que hace unos meses obtuvo el Premio Francisco García Pavón de Narrativa Policíaca, y ahora es ya una rara avis en el panorama editorial.

Como bien lo explica Paco Camarasa en su meritorio libro Sangre en los estantes, dictan los cánones de la novela-enigma popular (en esto están unidos el paradigma de Agatha Christie y el de George Simenon) que el esquema de este tipo de obras narrativas de género ha de ser: un crimen, una investigación ingeniosa, unos falsos culpables y el desenmascaramiento de un culpable.

Por otro lado escribió Judyth Merryl que “la novela gótica es la literatura del terror disciplinado”, y en este sentido la principal experta en novela gótica española, la investigadora y profesora Miriam López Santos, nos hizo ver ya en su libro La novela gótica en España 1788-1833, y en la introducción de una novela gótica española encontrada y reeditada por ella en la Editorial Siruela, La urna sangrante de Pascual Pérez y Rodríguez, como el santo y seña de la novela gótica es, por encima del gusto por lo oscuro el suspense y el terror, el espacio siniestro en el que acontece la peripecia: en el caso de la novela de Virginia Aguilera que nos ocupa este espacio siniestro es un falansterio (así llamaba el socialista utópico Charles Fourier a las comunidades rurales autosuficientes sin imposiciones ni propiedad común o privada, por él ideadas) del siglo XIX creado para la convivencia feliz y reformadora (este falansterio perdido en las montañas de Teruel, y en el que los moradores conviven unos dicen que empezando desde a la base a transformar política y económicamente el mundo, y otros que jugando al juego macabro de las utopías, es un marco inicialmente armónico, pero al poco desasosegante).

Una mujer –la despensera de la comunidad- ha desaparecido rompiendo en mil pedazos la supuesta felicidad del entorno.

A tal efecto una pareja de investigadores, la versión gótica del canon de los ideados por Sir Arthur Conan Doyle, en este caso un juez agudo, muy curtido y prácticamente ciego llamado Juan Carlos (casi un oracular Borges con forma y formato de Lord Byron detectivesco) y Candela (una servicial e intrépida muchacha de recalcitrante juventud que le auxilia y le hace de secretaria y casi de báculo), se ocupan del caso…

Pero se encuentran con que los lugareños manejan un silencio impenetrable.

El primer punto de giro argumental se produce cuando descubrimos con desasosegante dramatismo que el falansterio no acoge una convivencia utópica y armónica, sino que es una sociedad corrupta y terrorífica.

Y el paisaje es descrito como se narra la trama, con una audaz alergia al hiperrealismo, mientras el suspense se va creando mediante la dosificación de información del lector…

Destacan en estas páginas, además de la hibridez audaz entre lo gótico y lo negro, el exquisito cuidado en el tratamiento de los elementos más sensoriales de las descripciones.

Esta novela tan entretenida como perturbadora (con calidad de página y talento para la investigación histórica, y con influencias formales de Jan Potocki en El manuscrito encontrado en Zaragoza e influencias estilísticas de Arthur Conan Doyle –sus novelas de Sherlock Holmes- y también de Emily Brontë –Cumbres Borrascosas-, sobre todo encierra un potente y vigente mensaje en contra del buenismo de las ideologías y los experimentos sociológicos tipo secta transidos de un utopismo delirante.

He aquí una novela negra distinta: mediante la presencia casi fantasmal de un contexto supersticioso y una época oscurantista que inciden en la existencia de los personajes secundarios, y mediante la desbocada pasión inherente en cada uno de sus comportamientos, esta obra nos recuerda con originalidad que en lo que se refiere al género negro no sólo el verismo nos logra arrebatar.

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