La extraña carrera discográfica de Salvador Dalí

La extraña carrera discográfica de Salvador Dalí

La vida del pintor de Cadaqués estuvo marcada por su intensa relación con la música

FELIPE CABRERIZO

Una tarde de 1966 suena el teléfono en casa de Serge Gainsbourg. Desde que una composición suya, 'Poupée de cire, poupée de son', triunfara en el Festival de Eurovisión se ha convertido en el compositor más solicitado de Francia y está habituado a recibir llamadas de las gentes más insospechadas. Pero esta vez, cuando escucha la voz que llega del otro lado del hilo, el auricular está a punto de caérsele al suelo. Es Salvador Dalí. Pintor frustrado antes que músico, Gainsbourg lo considera su máximo referente no sólo artístico sino vital. Intimidado, es incapaz de responder nada coherente. Y lo cierto es que no es para menos: Dalí le está pidiendo que lo acompañe en su próximo salto al mundo del pop.

La melomanía de Dalí venía de lejos. Su amor por el tango en la infancia se había transformado en pasión por el blues y el jazz en los años treinta, y con la llegada de los sesenta el pintor, siempre devoto del consumo de masas —léase de sus resultados económicos inmediatos—, se ha convertido al pop y al rock. Tanto como para plantearse un estratosférico salto al mundo de la canción de la mano de Gainsbourg que, por fortuna o por desgracia (tache el lector lo que considere conveniente), nunca llegaría a materializarse.

Para entonces Dalí llevaba ya un largo tiempo rodeado de estrellas del pop. Las fotografías del pintor surrealista con France Gall, Brigitte Bardot o Françoise Hardy lucen desde hace tiempo en los ecos de sociedad de los diarios franceses. Colabora con frecuencia con la colonia de músicos españoles que se dejan caer por París. Dibuja la exquisita portada de Paco Ibáñez 1, el disco en el que el cantautor había musicado poemas de Lorca y Góngora. En Franciska, una fugaz estrella del ye-yé catalán (y madre, por cierto, de Rebeca «durodepela»r) descubre que «tiene una mirada psicodélica y sus ojos valen una verdadera fortuna» y la usa de inspiración para varias pinturas. Con Ismael, «el cantante místico vertical más inspirado de la Tierra» establece amistad y le dedica un retrato que éste conserva todavía. Al llegar a la ciudad Maruja Garrido decide presentar sus actuaciones sobre el escenario del Olimpia y graba con ella un video descacharrante bajo el Arco de Triunfo barcelonés.

Único referente popular de la vanguardia en España, Dalí es tomado como gurú por los grupos psicodélicos locales. No resulta extraño encontrar menciones al pintor en temas de Los Archiduques, Los Pekenikes, Pau Riba y hasta en la versión en catalán del 'Tombstone Blues' de Bob Dylan a cargo de la banda de la nova cançó Els 3 Tambors. Su eco llegará hasta obras tan extremas como 'The Great Masturbator', el disco experimental del grupo Vagina Dentata Organ que recoge una hora del sonido de las campanas de la iglesia de Cadaqués tocando a muerto. Aun así, la intervención musical más sonada del pintor catalán no será sino una maniobra pecuniaria muy mal vista por la oposición a la dictadura: aceptar la propuesta que le hace a golpe de talonario el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, para encargarse del diseño gráfico del evento con el que Franco quiere hacer una gran campaña autopromocional, el Festival de Eurovision celebrado en Madrid en 1969.

Charles Trenent, Serge Gainsbourg y Alice Cooper

La sombra de Dalí, sin embargo, no se limitó a los músicos locales. Mick Jagger lo visitó en Port Lligat y le regaló la cazadora que había utilizado en el concierto de Altamont. Con John Lennon la relación no será tan fluida: cuándo éste hace lo propio para pedirle que se una a la campaña por la paz que ha emprendido con Yoko Ono le responde que prefiere que ellos se unan a su campaña a favor de la guerra. La generación glam hizo rápidamente suya la imagen excesiva del pintor y éste no tardó en presentar sus respetos a Brian Ferry y Brian Eno. Eso sí: también escaparía de un concierto en el Radio City Music Hall de David Bowie —gira Aladdin Sane— horrorizado ante «sus pantalones de payaso», pero al tiempo exclama «esto es lo que yo querría hacer si fuese una estrella del rock» tras ver actuar a Alice Cooper, a quien terminará retratando en un holograma. La aparición del punk haría dar alaridos de alegría al pintor, que no tardaría en decorar con un imperdible una de sus pinturas. Todo ello sin hacer ascos a la música disco promocionando sin descanso a una de sus musas, Amanda Lear. Antes, se había implicado fugazmente con Moondog, Jefferson Airplane o el espectáculo 'Exploding Plastic Inevitable' de la Velvet Underground y había mostrado su adoración por Johnny Winter, del que admira su larga melena blanca de albino. Pero esta pasión por el underground no fue siempre compartida: el alcalde de Figueres se negaría a acoger a los Grateful Dead en la inauguración de su teatro-museo asustado ante el nivel de decibelios que podía alcanzar el equipo previsto por la banda. Todo ello por mucho que Jerry Garcia insistiera en llevar adelante el espectáculo.

Podría parecer que estas influencias ayudarían a la materialización de un disco modélico grabado por Dalí. Pero no fue así. Al margen de cuatro o cinco vinilos que recogían entrevistas y spoken words, el pintor no debutaría en la música hasta 1989. A lo grande, por supuesto: Être Dieu, «Ser Dios», un disco triple de dos horas de duración con un único tema en cada una de sus caras —veinte minutos el más breve— compuesto por el músico experimental francés Igor Wakhévitch y libretado ni más ni menos que por Manuel Vázquez Montalbán. Un conjunto indigesto que terminaría conformando el «poema audiovisual y cátaro» con el que Dalí realizaría su única incursión en un género que siempre lo fascinó: la ópera.

Una ópera es precisamente lo que sonaba en el tocadiscos del pintor la mañana del 23 de enero de 1989 en la que la muerte le sorprendió en su dormitorio. Era 'Tristán e Isolda', erigida en motivo musical icónico del grupo surrealista de los años veinte. Todo sucedía en la casa del pintor de Figueres, a donde se había retirado tras la muerte de Gala, confinado en un hermetismo absoluto y carente de cualquier asomo de voluntad. Aunque las personas que trabajaron a su servicio en aquellos tristes años reconocían los fugaces momentos de felicidad íntima del pintor cuando le escuchaban canturrear su canción favorita, 'La mer'. Un tema que había escrito por su viejo amigo Charles Trenet montado en un tren que lo llevaba hacia la estación de Perpiñán, un lugar que Dalí siempre consideró el centro del mundo en su particular cosmogonía.

 

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