Jorge Fernández Díaz: «La vida de mi madre hacía llorar a su psiquiatra»

El escritor y periodista argentino Jorge Fernández Díaz./EFE
El escritor y periodista argentino Jorge Fernández Díaz. / EFE

«Mi Macondo está en Asturias», dice el autor de 'Mamá', la emotiva historia de una campesina forzada a emigrar con sólo quince años

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Jorge Fernández Díaz (Buenos Aires, 1960) tiene su Macondo en Almurfe, una diminuta aldea asturiana. Allí nació su madre, Carmen Díaz, el alma de 'Mamá', el conmovedor libro que escribió hace casi 20 años y que, revisado y enriquecido, publica Alfaguara en España. La historia de la joven campesina forzada a emigrar con 15 años a la Argentina de Perón fue un bombazo en su país. Abrió una veta «emocional» para las posteriores novelas de intriga de «uno de los tres periodistas más influyentes de Agentina», según su «compadre» y «padrino» Arturo Pérez-Reverte.

-¿Quién es Carmen Díez?

-Una guerrera sufriente que fue al otro lado del mundo huyendo de la miseria y de la desgracia y acabó atrapada en un país hostil, pero remontando el partido. Es una terrible paradoja que ahora que este libro llega a España, ella esté perdiendo su memoria. El alzhéimer se come sus recuerdos.

-¿Ha reescrito el libro?

-Casi. Incorporo nuevos testimonios de los muchos personajes que están vivos. Todo es verídico, aunque la ficción te permite a veces ser más honesto que la realidad.

-¿La palabra inmigración tiene hoy un sentido distinto?

-Sí. La historia de los inmigrantes españoles fue barrida bajo la alfombra en Argentina y en España. Nuestra memoria contemporánea es corta. Los bien alimentados de las grandes ciudades creemos que la prosperidad, la libertad, la democracia y el progreso nos vienen dados. Que se nos deben. Aquellos emigrantes sabían que tenían que luchar por todo. Su cultura del esfuerzo y del trabajo, la épica de salir adelante, se ha perdido. Creo que muchas veces la prosperidad 'estupidiza'. Los más de 25.000 venezolanos que han llegado a Argentina han conseguido trabajo y hay muchos argentinos que llevan años en paro.

-¿Entrevistar a su madre ha sido, de veras, lo más difícil de su carrera?

-Sin duda. Había vivido el destierro como un gran desgarro personal, con una enorme tristeza que devino en una depresión. Cuando supe que la psiquiatra que la atendía lloraba al escuchar la historia de su vida, empecé a escribirla. La entrevisté durante más de 50 horas. Comprendí que tenía un relato descomunal. Que nunca conocemos de verdad la historia de nuestras familias, que son un infierno y un paraíso a la vez. Ejercí de periodista con mi madre y surgieron cosas terribles. Supe que mi adorado tío abuelo perseguía a mi madre para violarla. No quería publicarla, pero Gloria Rodríguez, de Sudamericana, el sello que descubrió 'Cien años de soledad', la leyó entre lágrimas y dijo que había que publicarla. Y mi madre se avino.

-¿A qué achaca el gran éxito del libro?

-Esta historia desgarradora, triste y llena de humor, es la de cualquier familia. En todas hay héroes, canallas y mediocres. Hice un árbol genealógico riguroso y acabé retratándome. Las manías, la chispa de mis antepasados estaban en mí. Traté de escribirla a la manera en la que filmaba John Ford.

-Su madre leía a Corín Tellado y su padre a Marcial Lafuente Estefanía. No eran intelectuales, pero ¿fueron su puerta a la literatura?

-Sí. Mi madre me regaló la colección de Robin Hood, pero mi padre confundió mi afán por ser escritor con la vagancia. Era camarero. Que yo no quisiera ser abogado o ingeniero para garantizar la prosperidad de la familia hacía de mi un vago y un traidor. Gracias al periodismo y una novela por entregas que publiqué en un diario nos reconciliamos tras años de silencios. Me llamó para preguntarme cómo seguía la serie. La literatura nos reunió después de que me hubiera dado por perdido.

«Nadie conoce de verdad la historia de su familia, que siempre es un infierno y un paraíso a la vez»

-¿Cuál es su relación con Asturias?

-De amor. He vuelto muchas veces. Yo hablaba bable en casa y en la escuela. Los chicos se burlaban de mí y me pegaban en el colegio antes de que se inventara la palabra 'bullying'. Mi madre me mandó a hacer judo. Fuimos unos españoles extraños y distintos. Inventé la palabra 'argeñol' para definir a quienes no saben muy bien si son de acá o de allá. Cada vez que estoy en Almurfe siento que es mi pequeña Macondo. Se me encoge el corazón. Es una aldea muy pequeña, con no más de 20 personas. Tengo la sensación de que soy de allí a pesar de vivir tan lejos.

-Es un escritor que hace periodismo, ¿sigue siendo un oficio con sentido?

-Claro que sí. Está mutando. Muchos no comprendemos del todo el nuevo mundo lleno de burbujas de sentido. Ahora no trabajo con la información, sino con la opinión. Estoy lejos del vértigo de internet. Escribo un artículo de 1.200 palabras al que dedico diez horas.

-¿Cómo le cambió la vida a este libro?

-Descubrí que me interesaban las emociones y la naturaleza femenina. Los periodistas trabajamos con hechos, no con sentimientos. Pero las emociones se impusieron y se trasladaron a mis dos libros de espionaje protagonizados por Remil, que vendieron 90.000 ejemplares cada uno en Argentina. A ese maldito agente y espía le coloco mis problemas emocionales, mis obsesiones amorosas y mis problemas familiares.

-¿Volverá ese 'hijo de remil putas'?

-Sí. Habrá un tercero. No sé cuándo.

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