Detrás de la tienda de 'cupcakes'

Detrás de la tienda de 'cupcakes'

La escritora Marta Sanz y el ilustrador Fernando Vicente relatan en 'Retablo' la otra cara de la gentrificación

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

Dos señoras de 80 años que cruzan de acera temerosas de que las atropelle un patinete mientras la tienda de toda vida en la que siempre habían hecho la compra se acaba de convertir en un establecimiento de magdalenas, que ahora se llaman 'cupcakes'. Esa es la foto fija, hoy en día, de decenas de barrios en toda España, una imagen que la escritora Marta Sanz (Madrid, 1967) y el ilustrador Fernando Vicente (Madrid, 1963) retratan con ironía, pero también desde la crítica, en el libro de relatos 'Retablo', publicado por Páginas de Espuma.

En concreto, Sanz ha puesto sus ojos y su pluma en Malasaña, el barrio de moda de Madrid desde que los 'hipsters' lo tomaran por asalto. En el primero de los cuentos, la autora ha querido rendir homenaje a Patricia Highsmith con una trama de suspense, «pero menos glamurosa, enturbiada con una mancha de chorizo», explica. Sus protagonistas, unas mujeres mayores que encuentran hostiles las calles por las que se mueven. Son «animales en extinción de un mundo que las trata con violencia» y se unen «porque necesitan buscar sus redes y sus vínculos», dice Sanz.

Salpimentados con toques de humor y de «mala leche», los cuentos de la autora de 'Clavícula' diseccionan un mundo gentrificado que, bajo una apariencia bonita, esconde un interior «perturbador». «Se están extendiendo formas culturales de buen rollo y de pensamiento positivo que sirven para difuminar, neutralizar y hacer más llevaderas contradicciones y violencias profundas. Lo vemos, por ejemplo, cuando un parado no encuentra trabajo en una sociedad que lo escupe. El mensaje que se le transmite es que debe tener una actitud positiva, con el objetivo de depositar toda la responsabilidad en el individuo y de dar la apariencia de que los sistemas están bien hechos», afirma la escritora. «Vivimos en un mundo que tiene una corteza agradable, pero a la vez, todos sabemos que el futuro de la fraternidad es muy poco esperanzador. De Estados que funcionan como empresas no podemos esperar que se preocupen por la ciudadanía», insiste.

En los cuentos de 'Retablo', Marta Sanz deambula por ese mundo «en conflicto» en el que conviven grandes plataformas de series con cines en los que los espectadores se comen grandes bolsas de palomitas. «Pero ambas posturas no están en situación de igualdad. Mis viejecitas son el palo precario y vulnerable», recuerda la escritora, que analiza esta realidad que transita a velocidad de vértigo entre lo analógico y lo digital.

No cree Sanz que todos los usos de las nuevas tecnologías sean perversos, ni tampoco pretende hacer una defensa de «cualquier tiempo pasado», porque «hay fuerzas reaccionarias que quieren regresar a épocas carpetovetónicas», señala, pero sí busca que los lectores se planteen si deben aceptar acríticamente cualquier avance. «El futuro puede ser un lugar superchorra donde tanta dulzura suena a distopía. Me gustaría que nos cuestionásemos por qué los próceres de Silicon Valley limitan a sus hijos el uso de móviles y 'tablets' o por qué, en aras de la seguridad, estamos sacrificando la libertad», se pregunta.

«El gran éxito del sistema es que nos autoexplotemos, que cada uno entrega su vida al sistema, y esto es especialmente representativo en los oficios vocacionales, que se han convertido en ratoneras que tienen a la gente enganchada 24 horas al día», indica Sanz, ganadora del Premio Herralde 2016 por 'Farándula'.

Entre las posibilidades de cambio, la autora destaca el feminismo, «que es una palanca de transformación». «Nos está haciendo conscientes de que las desigualdades forman parte del mismo sistema violento y mal hecho y que no se puede separar de otras discriminaciones, de clase, de raza, de estudios o de estar enfermo o sano», apunta Sanz, que critica, sin embargo, un feminismo «mal entendido, epidérmico y liberal». «A mí me interesa el feminismo que beneficia al 99% de las mujeres. Está bien preocuparse por el techo de cristal, pero es mejor preocuparse por quienes están abajo».

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