Andrés Trapiello, un escritor rastrero

Andrés Trapiello./
Andrés Trapiello.

El autor muestra su amor por el Rastro de Madrid, «el mercado de cosas viejas de la sociedad del bienestar», en su nuevo libro

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

Andrés Trapiello (Manzaneda de Torio, León, 1953) ha trabajado en su nuevo libro durante 40 años: los mismos que lleva visitando el Rastro de Madrid, un lugar histórico de la ciudad, y también mágico, al que dedica su nueva obra, 'El Rastro. Historia, teoría y práctica' (Destino).

Nacido hace 400 años en La Latina, donde estaban situados los mataderos de Madrid, su nombre viene del rastro que dejaban los animales despiezados. En aquel «pobre, viejo y feo» barrio de Madrid nacieron dos palabras que han pasado al imaginario colectivo, barriobajero y rastrero, términos que en el siglo XIX no eran peyorativos. «Al contrario, tenían un timbre de gloria», recuerda Trapiello, porque de La Latina precisamente salieron los guerrilleros más valientes en la batalla contra los franceses el 2 de Mayo. «Para mí, quienes pertenecen a este barrio siguen siendo gente gloriosa», afirma el autor.

El libro recuerda el origen del Rastro como el lugar en el que se comerciaba con los artículos de primera necesidad, alimentos como los mondongos (los intestinos del cerdo) y las gallinejas (las tripas fritas de los corderos o los cabritos). «Las partes menos nobles de las reses», apunta Trapiello, que vincula el rastro a la pobreza: «Cuanta más necesidad hay, más Rastro encuentras». Pero tras esta originaria etapa, luego llegaron al Rastro los objetos que se utilizaban diariamente en las casas, como las sillas, las vajillas y las sábanas hasta convertirse también en un mercado de trapos viejos que alcanzó una gran relevancia.

«Hoy es el mercado de cosas viejas de una sociedad del bienestar», dice Trapiello, y sobre esta idea levanta una teoría: «Ahora ya no se compran alimentos baratos porque las normas sanitarias lo impiden y las cosas nuevas están más baratas en los grandes almacenes. El que quiere una silla se va antes al Ikea que al Rastro. Antes, la vida de los objetos, que estaban mejor hechos, era muy larga. Ahora se ha acortado y ya no se lleva lo viejo al Rastro, se deja en las aceras para que lo recoja el Ayuntamiento», afirma.

Pero hay un momento en que algunos de esos objetos viejos, sin saber muy bien por qué, cambian de estatus y pasan a ser «suntuarios». «¿Cómo un plato de Talavera del siglo XIX deja de ser el plato en el que se come a diario para convertirse en un objeto de lujo? El Rastro es el lugar donde los objetos esperan una resurrección y todos los domingos alguien rescata una enorme cantidad de objetos que considera valiosos y a los que da una segunda vida», asevera el autor de libros como 'Los amigos del crimen perfecto', 'Ayer no más' o 'Las armas y las letras', otra obra canónica, como pretende serla 'El Rastro', pero aquella vez sobre la literatura y la Guerra Civil.

Entre 50.000 y 100.000 personas recorren cada domingo los puestos en busca de algo «único» y que casi siempre tiene que ver «con la infancia», subraya el escritor. «Mi hijo, con nueve años, me pidió una espada. Le dije que no, pero aun así, la siguiente ocasión en que fui al Rastro busqué una espada y no la encontré. Pero él insistió y me pidió ir conmigo un día. Nada más llegar, vio una y al final del recorrido, había visto cuatro o cinco», rememora.

«La sonrisa que se ve en la gente que está en el Rastro no se ve en unos grandes almacenes», agrega Trapiello, que pide no ser muy exigente en las visitas al gran desván de Madrid. «A veces uno no encuentra lo que busca: hay que tener cintura para saber que algo que no buscas, pero sí encuentras, te puede servir», reflexiona.

«El Rastro es en cierto modo como una mariposa, cualquiera puede seguirla un rato, un niño, un anciano, nos gusta verla volar, pero al momento da un quiebro y desaparece, creemos saber qué es, y de pronto pliega sus alas despacio y deprisa al mismo tiempo, como las hojas de un libro apasionante, y dejamos de verla. Los rastreros desmontan los puestos igual, despacio y deprisa, y el misterio desaparece de nuestra vista sin haberse dejado descubrir. Quizá por esa razón sólo se ha escrito un libro sobre el Rastro, y ese hace ya cien años», asegura Trapiello, en referencia a la obra «prodigiosa» que escribió Ramón Gómez de la Serna sobre este mercado, pero en la que «hablaba más sobre él que sobre el Rastro», apunta.

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