El 4 de julio español

Bernardo de Galvez comandando el asalto en la Batalla de Pensacola. Pintura de Augusto Ferrer-Dalmau. /R.C.
Bernardo de Galvez comandando el asalto en la Batalla de Pensacola. Pintura de Augusto Ferrer-Dalmau. / R.C.

Nuestro país tuvo una participación destacada en la independencia de Estados Unidos, que hoy cumple 242 años. Pocos americanos lo saben

CAROLINE CONEJERO

Los estadounidenses celebran hoy el 242 aniversario de su independencia con barbacoas y fuegos artificiales por todo el país. Para ellos es un día especial del que se sienten orgullosos, pero la mayoría desconoce la implicación española en la guerra que les vio nacer como nación. Pocos saben que mucho antes de que el 4 de julio de 1776 el nuevo estado declarara su independencia, España ya había contribuido a la causa americana con un millón de doblones de plata y había facilitado a los rebeldes el libre paso por el Mississippi.

La formidable ayuda financiera y militar de nuestro país a la Guerra de Independencia de las Trece Colonias fue crucial para determinar la victoria de los americanos, aunque ni siquiera entonces todos fueron conscientes de ello. Los rebeldes enviados a finales de 1776 a Francia -Silas Deane, Arthur Lee y Benjamín Franklin- ignoraban que los ministros de España y Francia a quienes esperaban convertir en sus aliados ya estaban de su lado.

Cuando recibieron la triple visita, el ministro francés de Exteriores, Conde de Vergennes, y el embajador español en París, Conde de Aranda, ya eran simpatizantes de la causa de los rebeldes americanos, cuyo ideario político derivado de la Ilustración compartían muchos europeos reformadores del Estado, como el mismo Carlos III. Si entonces los más directamente interesados no tenían muy claro quién estaba de su parte, 242 años después aún no han salido de dudas.

Con objeto de ayudar a recuperar la memoria a una buena parte de su país, grupos de recreadores de la historia se han esforzado por reavivar uno de los episodios de más intensidad en las relaciones entre España y Estados Unidos. Muchos de ellos son hispano estadounidenses que hacen suya la lucha que libraron sus antecesores del otro lado del océano al lado de los rebeldes. No solo quieren rendir homenaje a la extraordinaria implicación española en la independencia norteamericana; también pretenden transmitir a sus sucesores el orgullo de un pasado victorioso del que forman parte.

El Regimiento Fijo de Luisiana y su general Bernardo de Gálvez han sido recreados con mimo y toda clase de detalles históricos por el grupo de personas que lidera el puertorriqueño Héctor Díaz, de la organización Hispanos en la Historia, dedicada a difundir el alcance de la contribución hispana en EE UU. «Es importante para nosotros educar a las nuevas generaciones de hispano estadounidenses, así como a otras comunidades, sobre las contribuciones de España y los hispanos a este país para que poco a poco se vaya incorporando en los libros de historia», señala Díaz.

En las páginas de estos libros debería recordarse que parte de los fondos que llegaron a financiar la revolución americana se recaudaron en forma de impuestos en los territorios españoles que hoy conforman Texas, Nuevo México, Arizona, California, Cuba, Venezuela, México y Costa Rica. En la Alta California se pidió a cada soldado dos pesos -el pago de una semana- para ayudar a sufragar los gastos de la guerra con Inglaterra. Pero la contribución de este territorio al conflicto fue aún mayor: perdió un cuarto de su población en el campo de batalla. Al principio de las hostilidades entre las colonias e Inglaterra, España y Francia se vieron obligados a recurrir al disimulo para evitar una crisis bélica con los británicos. Empezaron a colaborar en un frente aliado de ayuda clandestina a las colonias que ocultaron tras la pantalla de una sociedad falsa en las Antillas llamada 'Roderique Hortalez et Cie'. Ella fue la encargada de suministrar los fondos y la ayuda a los independentistas.

Los continentes y los océanos eran en aquella época un inmenso tablero de ajedrez en el que las potencias observaban con intensidad cada movimiento del adversario y todos hacían su jugada. Cuando Inglaterra entró en guerra con sus colonias, Francia, sin territorios ya en el continente, se unió inmediatamente a la contienda. Mucho más cauteloso, Carlos III decidió esperar pacientemente mientras aprovechaba para poner orden en las colonias y expulsaba a los ingleses de los asentamientos ilegales en el centro y el sur de América.

En el norte del continente, el general Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana, un territorio del tamaño de trece estados que se extendía hasta Canadá, canalizó la ayuda española a través del río Mississippi hasta los frentes rebeldes de Rogers Clark en el noreste y salvó de esta manera la batalla de Saratoga. España decidió también desplegar una red de espías sin precedentes, llamados observadores especiales, que se infiltraron en los distintos frentes de acción para informar de las operaciones comerciales y los movimientos militares. El más conocido, Juan de Miralles, comerciante y contrabandista asentado en La Habana, fue clave en la transmisión de inteligencia entre los aliados.

Distracción

El plan general era crear una estrategia de distracción que forzara a los británicos a luchar en múltiples frentes y les impidiera concentrar fuerzas en un único teatro de operaciones. Esta idea se materializó en el verano de 1779, cuando España declaró por fin la guerra a Inglaterra y abrió de esta manera el segundo gran frente militar al sur en la costa del Golfo. Para sostenerlo, el general Gálvez organizó rápidamente un ejercito de criollos, indígenas, afroamericanos liberados y soldados españoles, al que se unieron cientos más provenientes de Cuba, México, Puerto Rico, Venezuela o Dominicana.

En 1780, la guerra de la Independencia ya había envuelto a los tres grandes poderes europeos (España, Francia e Inglaterra), junto a sus territorios y los aliados en cada lado de la contienda. De hecho, el conflicto alcanzó una carácter mundial con enfrentamientos bélicos que tuvieron lugar en el Río de la Plata, Argentina, Gibraltar, España y Bombay, colonia de Portugal, que se alineó del lado inglés. Algunos historiadores han sugerido que en realidad se trató de la verdadera primera guerra mundial, en la que estuvo en juego la hegemonía del comercio marítimo internacional, que España lideraba por entonces gracias a su control del Atlántico y el Pacífico. El dominio del comercio por mar era indispensable en un mundo que funcionaba en aquellos años en régimen de monopolios y embargos comerciales a la orden del día.

Uno de los jugadores de esta sangrienta partida global fue el conde de Aranda, a quien no le pasó desapercibida la obsesión británica por abrir el acceso al Pacífico. Desde su despacho en París, el embajador siguió a través de los informes de inteligencia que le llegaban los movimientos ilegales de los ingleses en centroamérica. Con el mapa en la mano, Aranda acabó por intuir las intenciones británicas de abrirse paso al Pacífico mediante una suerte de canal a través de Nicaragua.

Quizá la conexión moderna más evidente, y a la vez menos obvia, sea el hecho de que el dólar deriva del peso español de la época. Los colonos ingleses, que se habían acostumbrado al uso del dólar español y a sus cómodas fracciones, lo incorporaron al sistema monetario nacional del nuevo país.

Quién cuenta la historia

Mucho se ha escrito sobre la independencia de los Estados Unidos, aunque la narrativa convencional de los historiadores estadounidenses tiende a definir la revolución americana como un asunto puramente doméstico, ajeno a las dinámicas de poder internacionales, y que ignora las contribuciones de otros al proceso de nacimiento de la nación. A pesar de que los norteamericanos suelen alabar a Francia como aliado de las Trece Colonias -bien es cierto que sin entrar en muchos detalles-, la participación española se ha ignorado de forma premeditada en buena medida debido a dos prejuicios. Uno se basa en la rivalidad que ambos países desarrollaron en años posteriores. El otro está conectado con el desdén estadounidense hacia las fuentes históricas en lengua no inglesa.Aun así, una investigación a fondo de esas otras fuentes y documentos históricos se plasma en el libro fundamental del historiador Thomas Chávez 'España y la independencia de los Estados Unidos'. En él, Chávez introduce importante información inédita sobre la implicación de España y sitúa la contienda en el contexto internacional. El autor, que participa en simposios universitarios con profesores de historia, suele encontrar cierta resistencia por parte de la academia anglosajona a la hora de aceptar los hechos de esta 'nueva' versión más completa e internacionalista que la oficial. El historiador hispano estadounidense pide a los colegas que se niegan a la evidencia que no le debatan a él, sino que consulten los documentos y las fuentes históricas que lo avalan. En otro estudio revelador, Reyes Calderón, profesora de economía en la Universidad Navarra, ha cuantificado por primera vez en su libro 'Empresarios españoles en el proceso de independencia norteamericana' la enorme ayuda financiera que España prestó a los rebeldes. Son las claves de una participación que, más allá de los intereses de estado y los cálculos de poder, revela también un genuino idealismo por parte de los protagonistas, que compartían mucho del ideario político de los rebeldes.

 

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