Una víctima del cura pederasta: «Rechacé 50.000 euros que me ofreció el vicario»

José Manuel Ramos Gordón, sacerdote de la Diócesis de Astoga./Atlas
José Manuel Ramos Gordón, sacerdote de la Diócesis de Astoga. / Atlas

Francisco Javier Redondo, la víctima de abusos que logró la primera condena sobre el pederasta José Manuel Ramos Gordón, segura que la Iglesia le llegó a ofrecer 50.000 euros: «Me dijeron que eran por los abusos, no para guardar silencio»

J. CALVO | A. CUBILLASLeón

Reconoce que no duerme, quizá por temor a las pesadillas, y su voz entrecortada deja ver una mezcla de «agotamiento y desesperación» multiplicada en las últimas horas tras conocer la segunda pena impuesta por la Iglesia al párroco José Manuel Ramos Gordón.

Francisco Javier Redondo, a sus 44 años, casado y padre de un niño, advierte que dentro de sí existe un triple sentimiento de «rabia, desesperanza e impotencia». La batalla ha sido tan larga que apenas le queda aire, fuerza.

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«A este hombre no le quiero ni ver, nunca he pensado en volver a enfrentarme a él cara a cara. En un momento dado me dijeron que sería bueno un encuentro, pero me negué por completo», asegura.

Ramos Gordón, el mismo cura afable y bonachón al que admiraban sus vecinos en la localidad zamorana de Tábara, en realidad esconde un demonio en su interior. Dormido ahora, quizá, pero aterrador tres décadas atrás, cuando abusaba de los inocentes colegiales que estaban bajo su manto.

Javier era el cuarto de cinco hermanos de una familia humilde que, junto con su hermano gemelo, tuvo la oportunidad de estudiar. Primero en el colegio del pueblo. Luego, en quinto de EGB, ambos ingresaron en el Seminario Menor de La Bañeza. Si existe el infierno, estaba allí dentro. Cada noche, perdido entre las sombras, José Manuel Ramos Gordón salía en busca de sus víctimas, entonces cargadas de inocencia y temor.

«Fue un infierno y nadie podrá decir que entonces no se denunció. Yo no lo hice, pero mi hermano sí. Se lo comentó a los profesores, al tutor, a los responsables del centro. Todos le ignoraron», recuerda ahora con una rabia que se redobla con el recuerdo.

Es la misma rabia que le ha invadido estos días tras conocer que por segunda vez la Iglesia impone a Ramos Gordón una pena por sus abusos: «Pero es que a lo mejor les interesa que tenga rabia, que sienta que la vida es un calvario».

«La recompensa es la burla»

Diez años de exilio y otro tanto tiempo de reclusión conventual no resarcen el mal que se ha hecho. «La pena que le han puesto es una vergüenza. Hablan de reincidencia y si la reincidencia tiene ese castigo no sé dónde se ha quedado la tolerancia. La recompensa que estamos teniendo de la Iglesia ha sido la burla», remarca mientras con pausa incide en que «no se pueden cerrar los ojos ante hechos como los que han sucedido y los que siguen sucediendo».

Fue en 2014 y tras destaparse los abusos de Granada cuando cogió un papel y un boli y escribió aquella carta que cambió su vida. Su destino, el Papa Francisco. En su carta le pedía que se les escuchase y que no tratase de ocultar ese horror vivido: «La envié cuando tuve fuerza, cuando pensé que había un Papa que de verdad me podía escuchar. Pensé... éste sí puede hacer algo para poner fin a los abusos».

Hoy reconoce que «el recorrido ha sido un infierno desde que envié la carta», pero que «había que hacerlo». De algún modo era el primer paso para dejar atrás los fantasmas del pasado, para borrar aquellas sombras que aún le mantenían atrapado.

La carta fue efectiva porque a ella le siguió un procedimiento, una instrucción desde la propia Iglesia y una primera sentencia de culpabilidad sobre un cura hasta ahora impune. Ése fue su éxito, pero nunca será completo porque la Iglesia, según cree, «sigue sin poner todos los medios para reparar el daño y proteger a los menores que están bajo su tutela».

El recorrido es un infierno

«No es fácil el camino recorrido, es un infierno, pero animo a la gente a denunciar. Los niños merecen la pena. A mí me costó mucho, pasé mucho miedo. Cuando yo envié aquella carta a Roma estaba llena de nombres y apellidos. Allí puso los nombres de los encubridores y el nombre de este delincuente. Durante el proceso me sentí solo, creo que a las víctimas se las debe arropar más, y eso no ocurrió», reconoce con la voz entrecortada.

Durante las vistas, en las que nunca coincidió con su agresor a petición propia, detalló todo lo ocurrido en aquel seminario. Las vejaciones, las masturbaciones del cura, cómo la mano del agresor se movía bajo las mantas, los tocamientos...

Tanto detalle turbio y quizá un cierto sentimiento de culpa derivó en una autoinculpación de Ramos Gordón. Fue la primera ocasión en la que se declaró culpable, y la única. Ahora, «quizá aconsejado por su abogado», lo niega todo. Pero ya, ni su propia iglesia le cree.

Para la víctima «no ha habido reparación, no la suficiente, y no hablo de términos económicos. Durante la instrucción el vicario judicial me llegó a ofrecer 50.000 euros. Me dijo que no eran para comprar mi silencio. Los rechacé. Yo les comenté que mi dolor y el de mi hermano ya fallecido no se podía pagar con dinero. Mi conciencia no lo permitía».

«No quiero ser como ellos»

Si se ha sentido arropado ha sido por su familia y por sus compañeros, que «salieron a la calle para denunciar todo lo que ha ocurrido en ese y en otros seminarios. A los otros, a la Iglesia, lo único que le diría es que se ha querido burlar de nosotros, que queremos acciones concretas y no solo una petición de perdón. Las acciones de la tolerancia cero es expulsar a todos los responsables, reparar a las víctimas y pedir perdón, pero de una forma sincera».

En realidad no cree que eso llegue a ocurrir, al menos no con las garantías suficientes, pero Francisco Javier Redondo asegura que su conciencia está limpia y serena: «Jamás me hubiera perdonado no denunciar. Si no lo hubiera hecho, si me hubiera muerto sin hacer lo que hice, habría sido tan cómplice como ellos. Y eso, jamás».