La banalización de la información deportiva

Roberto Palomar
ROBERTO PALOMAR

n cualquier reunión social, procuro retrasar el momento de decir a qué me dedico hasta que no hay más remedio. Soy periodista. Periodista deportivo. "Trabajo en el Marca" confieso, resignado. Entonces me enfrento a un patrón de comportamiento de manual, sea mi audiencia el foro de una cena o la sala de espera del dentista. La realidad es que así nos perciben los potenciales consumidores de la información deportiva.

Primero, me preguntan que de qué equipo soy. Como si eso fuera trascendente para el desarrollo de mi trabajo. Como si, por obligación, los periodistas deportivos tuviéramos que ser de un equipo, aunque nos importe un bledo el fútbol. Después, asisto a una cascada de simplezas: que si el Marca es madridista –algunos nos acusan de ser del Atlético y hasta del Barça–, que si nos inventamos los fichajes, que si hacemos campañas y unas cuantas vaguedades más que, por repetidas, me acaban incomodando. Pero así nos ven. Esos somos nosotros. Una especie de farsantes.

Yo intento defenderme con sensatez pero, a continuación, pasamos a uno de los temas preferidos de la audiencia: los tertulianos. "¿Conoces a fulano? ¿Zutano es así de imbécil en la realidad o solo en la tele?". Si, en mi ingenuidad, confieso que fulano es amigo mío, llega el momento de las peticiones: "Pues cuando le veas, le dices de mi parte que deje de meterse con Cristiano Ronaldo". O este otro clásico de los chascarrillos: "Eso de que el Barça es el mejor equipo de la historia no se lo cree ni él. Pero se lo dices, ¿eh?".

Nadie me pregunta, sin embargo, cómo es posible que Carlos Arribas haya escrito una epopeya perfecta de 500 palabras para resumir una etapa épica del Tour. O cómo Santiago Segurola es capaz de relatar y analizar en dos páginas una carrera de Bolt, que no dura ni 10 segundos, y convertirlas en una pieza literaria. O de dónde ha sacado Gistau el bisturí para diseccionar al "Madrí" en una columna de un corte tan certero que asombra. O cómo Paco González consigue mantener el pulso informativo, un domingo tras otro, con tundas de 12 horas al micrófono. Nadie me pregunta por la exquisita factura del último episodio de Informe Robinson. O por el oasis que son revistas como Panenka o Líbero. O por un sesudo y documentado análisis de Martí Perarnau, apabullando con datos de científico. O como hay genios repartidos por todas las redacciones de España que hacen de la información de los equipos de casa un tratado de usos y costumbres. Pues no. No me preguntan por ellos. Me preguntan sobre si ha aparecido el bombo de Manolo.

Y entonces soy yo quien se cuestiona cuándo y en qué momento nos equivocamos. Cómo hemos contribuido los periodistas a la banalización de los contenidos, a la infantilización del hecho deportivo. A la idiotización de la audiencia, en definitiva. Cuándo y cómo pasamos de pertenecer a la industria de la información para pertenecer a la industria del ocio. Un entretenimiento que a veces no consiste más que en exagerar y en trivializar. Ni siquiera requiere ingenio.

Por pudor, en mi próxima cena, confesaré que soy neurocirujano. No creo que a nadie le importe de qué equipo es un neurocirujano antes de abrir la cabeza a un paciente. O tal vez, sí...

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