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Verónica Díaz con su libro 'Diecisiete. Cuando desperté, el dinosaurio estaba allí'.
Verónica Díaz con su libro 'Diecisiete. Cuando desperté, el dinosaurio estaba allí'. / Jennifer Simon

«Elegí ser una persona con una enfermedad, no una enferma»

  • oncología

  • Con 17 años, a Verónica Díaz un linfoma de Hodgkin le cambió la vida. Hoy cuenta su experiencia a través del libro ‘Diecisiete. Cuando desperté, el dinosaurio estaba allí’

Está por nacer el ser humano que no señale con pintura roja el verano que se inicia con el fin de la selectividad y acaba con el comienzo de la Universidad. Esos tres meses de trasvase desde la adolescencia a la adultez marcan un antes y un después en la vida. Aunque en el caso de Verónica Díaz (Carboneras, 10 de septiembre de 1990) el periodo estival de 2008 permanecerá siempre en su memoria por motivos muy diferentes a los que ella siempre soñó: «Empecé segundo de bachillerato como cualquier otra persona de mi edad. Ilusionada por rematar tantos años de estudio con un buen curso, aprobar selectividad y sacar la nota necesaria para estudiar psicología, pero pronto todos mis planes se fueron al traste», detalla la protagonista a Salud Revista.es

A Verónica la adolescencia se le fue una la mañana primaveral del 15 de mayo, unos meses antes de lo previsto, cuando «ese dulce veneno llamado quimioterapia» entró por primera vez en sus venas: «Ahí justo nació la mujer que soy ahora, otra versión de mí misma», dice Díaz. Fue la primera de las doce sesiones que recibió durante cuatro meses. Tenía un Linfoma de Hodgkin de tipo esclerosis nodular, en su estadio 2. Un cáncer en los ganglios linfáticos, en concreto en el mediastino. Un cáncer en una niña que aún no había alcanzado la mayoría de edad.

En «Dieciesiete. Cuando desperté, el dinosaurio estaba allí» (Editorial Amat), narra su enfermedad de un manera transparente y sincera, justo lo que hasta entonces no fue: «Lo estudié en un módulo de la carrera. Hasta que me detectaron el cáncer, yo tenía una personalidad tipo C. Era una persona deseable aunque eso implicara acumular emociones negativas. Estaba llena de espinas por dentro. Con tal de no crear un conflicto siempre generaba un clima positivo que conllevaba una situación de estrés constante en mi organismo. Ahora ya no tengo ese tipo de personalidad. Soy brutalmente sincera. No me callo nada. Pero tengo claro que aquella forma de ser tuvo su cuota de influencia en la aparición de mi cáncer», explica Díaz.

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Esta joven almeriense, junto a sus indestructibles padres Juani y Antonio, estuvieron siete meses de hospital en hospital peleando por encontrar una respuesta a esos ganglios en el cuello de Verónica que habían ‘secuestrado’ su vida: «Los vómitos, la fiebre, el cansancio y la pérdida de peso fueron atenuándose semana tras semana, mes tras mes. No era normal. Ya ni siquiera podía ir a clase. Hasta que en abril, me detectaron el cáncer». A pesar de tanto contratiempo, Verónica había realizado dos trimestres con buenas notas y por ello en su colegio decidieron aprobarla. Y, con la quimio ya en su cuerpo, sacó fuerza y orgullo para aprobar selectividad y lograr la nota de corte necesaria: «Como siempre tuve vocación de psicóloga, el cáncer me lo tomé como un experimento, y yo era su conejilla de indias. Darwin decía que no sobrevive el más inteligente ni el más fuerte, sino el que mejor se adapta al cambio. El cáncer dotó a mi vida de un sentido verdadero. Me dio una brújula que me guió a lo que realmente siempre he querido ser: una persona que ayude a los demás».

La curación del cáncer estaba programada con 12 ciclos, 24 sesiones de quimioterapia, pero inesperadamente ese plan se quedó en la mitad. El 16 de septiembre de 2008, cuatro meses después de la primera, tuvo su última sesión de quimioterapia: «Tuve una curación precoz. Mi oncóloga me confesó que nunca había visto algo así, tan milagroso y rápido». Su buena predisposición, «elegí ser una persona con una enfermedad y no una enferma», resalta orgullosa, ayudó, pero hubo dos factores claves: «Toqué todos los aspectos que hay que tocar para crear dentro de mí un escenario donde el cáncer no tenía cabida. Una alimentación ecológica y la medicina natural marcaron la diferencia», revela Díaz. Para ello, sus padres hasta pidieron un crédito, pero la inversión en salud nunca tiene precio. Zanahoria, remolacha, alcachofa, rabanito, apio, col, puerro, calabaza, brócoli, nabo, algas, miso… Esta era la despensa de Verónica, que complementaba con suplementos de bayas y jarabe de goji, agaricus, calostro de ovino, elixir de rasamrita, tonidiet o aceite de onagra: «Mi madre me dio la vida por segunda vez. Fue a por todas desde el primer síntoma de la enfermedad. Se documentó con los profesionales y especialistas adecuados y diariamente preparaba todo tal y como le habían dicho. Creo que por ahí se explica lo de ‘curación milagrosa’».

Medicina oriental

También la medicina oriental puso su granito de arena: «Comencé a practicar el Chi Kung, una técnica de meditación en movimiento que sirve para aumentar la energía interna y restablecer el equilibrio, la medicina china lo consideran una de las herramientas más potentes de curación. Y también hice ‘Reiki’, que me servía como canalizador de la energía. Ambas técnicas están reconocidas por la Organización Mundial de la Salud».

¿Y qué hay después de un cáncer en una niña de 17 años? Todo y nada. Verónica Díaz confiesa en su libro que, aunque parezca extraño, sufrió una depresión post cáncer. Estaba curada. Sí, pero no era suficiente: «Todo lo que había aprendido durante el cáncer no supe aplicarlo a mi nueva vida. Fue tal el esfuerzo que dediqué en curarme, que acabé agotada. Ya no estaba enferma, pero los días se me hacían eternos. Influyó mucho el hecho de no poder ir a la Universidad. Aún no me dejaban. Y mis hermanos y mis amigos, tan importantes durante el cáncer, se fueron de Carboneras para comenzar el curso. Estaba sola, en un pueblo donde en invierno no hay nadie. Fueron meses de aprendizaje. De comprender que no se debe vivir tan rápido, de aprender a ser paciente y paladear todo con calma».

Ocho años después, Verónica Díaz es licenciada en psicología y especializada en terapia infanto-juvenil. Está completamente sana y ahora ve salir el sol cada mañana con la mejor compañía, la de Miguel Ángel, su marido; y la de David, su hijo de quince meses. Del dinosaurio, no hay rastro alguno.