El presidente que no llegó a serlo: 50 años de su muerte a balazos

Bobby Keneddy, al borde de una carretera de Los Ángeles, en 1968. / R. C.
Bobby Keneddy, al borde de una carretera de Los Ángeles, en 1968. / R. C.

Su respaldo «oportunista» a los negros y a los campesinos y su rechazo «cínico» a los bombardeos sobre Vietnam le perfilaron como la esperanza demócrata contra Nixon. Hace 50 años lo mataron a balazos, apenas un lustro después del magnicidio de su hermano

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Tenía 42 años y acababa de firmar la victoria más importante de su carrera política. Había vencido en las primarias de los estados de California y Dakota del Sur, lo que despejaba su camino hacia la pugna por el Despacho Oval en un cuerpo a cuerpo contra el republicano Richard Nixon. «Ningún estadounidense en este siglo ha sido tan probable presidente como Robert Francis Kennedy», dijo ceremonioso un locutor de la época. La flamante promesa azul no daría el siguiente paso en esa dirección. El 5 de junio de 1968, tan solo un día después de saberse en la pomada, Bobby pronunció su último discurso.

El senador se encontraba en el hotel Ambassador de Los Ángeles festejando el éxito de su campaña rodeado de enfervorecidos seguidores. Cuando faltaban apenas veinte minutos para la medianoche, se dirigió hacia otra estancia del inmueble para atender a los periodistas. Le acompañaban una seguridad mínima y su mujer, Ethal, embarazada de su undécimo hijo. Como en una película de Scorsese, le guiaron a través de la cocina y la despensa del hotel, atestada de trabajadores deseosos de estrecharle la mano. Acurrucado en una mesita le esperaba un palestino de 24 años y escasa envergadura que ocultaba un revólver del calibre 22. Le disparó a quemarropa y, al igual que había ocurrido cuatro años y seis meses antes con su hermano el presidente John Fitzgerald Kennedy, Bobby se desplomó con el cráneo destrozado. Veintiséis agónicas horas después moría en un hospital y, con él, la pretendida dinastía política del clan que la república federal de los Estados Unidos abrazó como su propia familia real.

RFK, dicen que el más moralista del ultracatólico núcleo irlandés, había sido un adolescente apocado e inseguro. Terminó Derecho después de servir a su país en la Marina durante la Segunda Guerra Mundial y, nada más licenciarse, comenzó a trabajar como fiscal del Departamento de Justicia de Massachusetts. Lo dejó enseguida para dirigir y asesorar a su hermano John en su campaña al Senado por ese mismo Estado. Lo hizo con buen ojo. Tanto que, años más tarde, para inaugurar la Administración Kennedy, el rutilante nuevo mandatario le nombró Fiscal General del Estado (el equivalente a ministro de Interior). «Probablemente, su mejor legado data de aquella etapa, en la que se empleó a fondo contra la mafia y contra los sindicatos, muchos de ellos dirigidos por capos que se encargaban de bloquear la entrada de afroamericanos», valora a este periódico David Sarias, experto en política estadounidense y profesor de Historia del Pensamiento Político y de los Movimientos Sociales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid.

- Pero ¿no llegaron al poder aupados por la propia mafia?

- Digamos que intentaron limpiar el aparato, aunque ellos eran un producto del propio aparato.

Tras el dramático magnicidio de noviembre de 1963, el vicepresidente Lyndon Johnson tomaba las riendas de la Casa Blanca y un abatido Robert quedaba relegado en el nuevo gabinete. «Su pésima relación con el nuevo presidente es clave para explicar su posterior candidatura a la Casa Blanca. Johnson era un tejano bruto y toscamente corrupto; Kennedy, un hijo de papá refinado criado en la élite e instalado en la aristocracia de la Costa Este. Pertenecían a dos mundos diferentes y se despreciaban», explica Sarias.

Ferozmente ambicioso, sello inequívoco de la familia, Bobby decidió aprovechar la profunda impopularidad del presidente entre los suyos para propulsarse como la alternativa demócrata. No sería el único. Del ala izquierda del partido demócrata -el más crítico contra la Administración Johnson- había emergido Eugene McCarthy, «algo así como el Bernie Sanders de la época». Sin embargo, no llegaría lejos. «Kennedy vampirizó la movilización que se montó en torno a él», agrega.

Por entonces, Estados Unidos era un país en erupción con varios cráteres en activo a causa de los virulentos disturbios raciales y de las airadas protestas estudiantiles en contra de la pobreza y de una guerra desquiciada que devoraba en Vietnam a las nuevas generaciones. 'Bobby Kennedy for President', el reportaje en cuatro entregas que acaba de estrenar Netflix, muestra al senador visitando barrios marginados de Mississippi y reuniéndose con los activistas César Chávez y Dolores Huerta durante la huelga de campesinos de 1965 para retratarle como un político empático que defendió a las minorías y a la clase trabajadora. En parte, lo fue.

Hipocresía y Camelot

Subido a la ola de la contracultura emergente, Robert se dejó de peinar y empuñó la bandera de la igualdad y de la paz «de forma oportunista y un tanto cínica», opina el experto. «No en vano, aunque fue Eisenhower quien inició la guerra, los Kennedy fueron quienes emprendieron la escalada. La invasión de Bahía Cochinos también fue cosa de Robert, pero todo eso se le ha perdonado. Y aunque ha pasado a la historia como adalid de los derechos civiles, quien puso a los afroamericanos al mismo nivel jurídico que los blancos fue el presidente Johnson. Y lo hizo a sabiendas de que así entregaba el Sur a los republicanos durante una década. B por su parte, se apropio de esa bandera. Hay mucho de hipocresía y de mito en la historia de los Keneddy», cuenta Sarias.

- Sin embargo, medio siglo después, su imagen se mantiene incorruptible, al menos en las filas demócratas.

- Sí; de hecho, tanto Clinton como Obama se proyectaron como él. Su mito se explica por dos razones. Una, por la introducción del medio audiovisual en política, que supieron utilizar con exquisita maestría. Y dos, porque cultivaron, mimaron y convirtieron en su círculo a los creadores de opinión del 'establishment', profesores universitarios, periodistas, intelectuales... El famoso Camelot.

El que también permanece inalterable en su celda prácticamente medio siglo después es el asesino convicto de RFK, Sirhan Sirhan, un cristiano palestino de 74 años y nacionalidad jordana. Hasta en 15 ocasiones le han denegado la libertad condicional por su negativa a aceptar toda responsabilidad o mostrar arrepentimiento por la muerte de Bobby Kennedy.

Contenido Patrocinado

Fotos