Los mil nombres del tenedor

'Banquete real', de A. Sánchez Coello/
'Banquete real', de A. Sánchez Coello

El más moderno de los cubiertos de mesa ya fue usado por Carlos I e incluso por los soldados de la Armada Invencible

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

Al comienzo del libro 'La España vacía' (2016), Sergio del Molino se pregunta por qué en castellano distinguimos entre «tenedor» y «horca» mientras que casi todos los idiomas europeos usan palabras similares para estas dos herramientas con púas, tanto la de comer como la de pinchar paja. ¿Demuestra esto desprecio urbanita hacia el mundo rural? ¿Clasismo? ¿Ganas de diferenciar un utensilio refinado de uno rústico o de baja estofa? Podría ser todo eso o quizás, simplemente, que allá a principios del siglo XVI, cuando el tenedor empezó a asomar la patita por España, alguien decidiera que era correcto llamarlo según el uso que a aquel modernísimo instrumento se le daba en la mesa: el de sujetar la comida de camino a la boca. Y tenedor viene del latín tenere, que significa precisamente sujetar, mantener o agarrar, así que no está tan traído por los pelos. Lo realmente curioso es que acabara triunfando la denominación «tenedor» cuando en nuestro país ya se conocían muy diversas y antiguas palabras para nombrar a este aparatejo: forchina, broca, horquilla, forqueta, tridente, pirón, arrejaque, furcilla, cuchare de púas.

Quizás hayan leído ustedes por ahí que el tenedor es cosa muy moderna, que lo usaban solamente los pijos finolis y que vino de Italia, vía Francia, en el siglo XVII. Eso pasa por fiarnos de la Wikipedia y sus esbirros o por dar extrema credibilidad a autores que no prestan atención suficiente a las cosas que ocurrían de los Pirineos para abajo. En 'La importancia del tenedor' (Bee Wilson, 2013), uno de los libros más completos y recomendables que existen sobre la historia de los utensilios de cocina, se explica por ejemplo la evolución del tenedor desde una perspectiva anglocéntrica, así que es comprensible que diga que los tenedores eran una novedad alucinante en 1608, cuando el viajero inglés Thomas Coryate los vio en Italia y se quedó ojiplático. En España hubo tenedores desde mucho antes y va siendo hora de presumir de orgullo tenedoril.

El rey emperador

En realidad la exclusiva se la tendríamos que dar a los griegos, que ya tenían instrumentos con dos púas para pinchar los alimentos al cortarlos o sacarlos de la cazuela. Herramientas similares se han encontrado en Irán, en China y a la largo y ancho del Imperio Romano, donde se llamaban fuscinula y no se usaban para comer sino para ayudar a trinchar. Supuestamente las primeras personas en usar un tenedor para llevarse la comida a la boca en Europa fueron dos princesas bizantinas del s. X, Teofania Sklerania (esposa del emperador Otón II) y Teodora Ducas (mujer del dux veneciano Domenico Selvo). La mala fama de esta última, propagada por el santón Pedro Damiano, y su amor por los tenedores de oro con piedras preciosas hizo que aquel utensilio ganara fama de cursi, frívolo e indigno.

El tenedor tuvo que aplazar su éxito hasta el siglo XIV, cuando los italianos lo adoptaron como la mejor forma de comer pasta. De mientras en España se usaban «forçinas» para sacar la carne del caldero o «brocas» pequeñas con dos o tres puntas, como recomendaba usar Enrique de Villena en su 'Arte cisoria o Tratado del arte de cortar a cuchillo' (1423) para «comer vianda adobada sin untarse las manos». Fue Carlos I seguramente el primer español en comer regularmente con tenedor; en el Rijksmuseum se puede ver un juego de cubiertos hecho para el rey emperador en Italia, de 1532, y debió de alegrarse de poseer tan moderno instrumento debido al acusado prognatismo que sufría, que le impedía masticar bien o arrancar mordiscos con los dientes. Su hijo Felipe II también usó el tenedor frecuentemente y en un cuadro de Sánchez Coello de finales del XVI incluso aparecen los dos tenedor en ristre.

Me dirán ustedes que claro, que siendo rey cualquiera usaba tenedor. Es verdad que entonces eran de oro o plata y estaban normalmente reservados a las clases altas, pero en 1565 el médico sevillano Nicolás Monardes ya decía que «es bien comer con tenedor», y que este útil había de usarse para tomar las cosas sólidas y la cuchara para las líquidas. La prueba definitiva de que el tenedor era muy conocido en España en el siglo XVI es que existen restos de varios de estos cubiertos recuperados de las naves Trinidad y Girona, hundidas cerca de Irlanda durante el desastre de la Armada Invencible en 1588.

Hubo quien se resistió a llamarlo tenedor y siguió usando el antiguo término forchina, que en 1611 era aún el término usado por Covarrubias para denominar «una horquilla de plata con dos, tres o cuatro dientes con que se lleva el manjar desde el plato a la boca». Llámenlo como quieran, pero farden un rato de que hace quinientos años, los soldados españoles ya usaban tenedor.

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