La Manada: el horror de una noche de verano

Los miembros de La Manada caminan por las calles de Pamplona./R.C.
Los miembros de La Manada caminan por las calles de Pamplona. / R.C.

Qué sucedió en Pamplona, paso a paso, según los hechos «creíbles» y «corroborados» en la sentencia

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

7 de julio de 2016. El día ha sido largo. De Madrid a Pamplona por carretera y desde las 18:30 horas del día anterior, de fiesta callejera, al ritmo de la multitud que asiste a los Sanfermines. Al filo de las tres de la mañana, ella no encuentra a quienes la habían acompañado hasta entonces. Se sienta en un banco de la Plaza del Castillo. Allí está Prenda. Conversan.

-¿De Madrid? Qué equipo.

-Atleti.

Se acercan cuatro hombres más. Mis amigos, presenta Prenda. Ella llama por el móvil:

-Qué vais a hacer... vale, quedamos para ir a ver los encierros.

Ella cuelga. Anuncia que va a dormir al coche, aparcado lejos, en la calle Soto de Lezkairu. Allí está su amigo, con el que ha viajado, que abandonó la fiesta antes, a la 1:30.

-Te acompañamos, se ofrecen Prenda y sus amigos. Los cinco que se hacen llamar La Manada. Ella, desde luego, lo desconoce y además, cree en todo momento que son cuatro.

Caminan entre las carpas de las terrazas. Dos de ellos se adelantan, mientras ella fuma cuatro metros más atrás. Hablan con el portero de un hotel. Ella escuchará luego, en el juicio, que pretendían alquilar una habitación «para follar».

Prosiguen la caminata. Fuera de la calle principal, uno de ellos, que la acompaña desde el inicio mientras los demás van siempre delante, pasa su brazo por su hombro, por su cadera. Ella se escurre, disimula su molestia.

-Girando por aquí se llega antes al coche, dice, y pretende separarse del grupo.

Ellos la siguen. La rodea La Manada. En la calle Paulino Caballero, una mujer llama al portero automático del número 5. Prenda se apresura a sujetar la puerta. La mujer no entra, extrañada.

-Tía, ¿no entras?, inquiere Prenda a la vecina del edificio.

-Vete a tomar por culo, le responde y espera a que entre él. Prenda sube en ascensor. Sólo entonces la mujer pasa y usa el otro elevador.

Mientras tanto, ella se detiene con los otros cuatro detrás de una pared. Ella se besa con uno, Boza. Un primer y único beso. No se abrazan.

Prenda regresa al portal, sostiene la puerta abierta.

-Vamos, vamos, avisa.

Boza presiona y tira de su mano. Uno que usa un reloj de gran esfera, Cabezuelo, se adueña de su otra muñeca. Entre ambos, que la apremian, avanza. Ella intenta aparentar normalidad, iniciar una charla. Tiran de ella, más que caminar, es arrastrada hasta dentro del edificio. Intenta zafarse. No puede.

-Calla, le ordena uno que se tapa la boca con la mano abierta.

Ella obedece. Son seis cuerpos apretados, ella en medio, que se mueven hacia una puerta interior de vinilo.

Un hombre va delante. Los otros cuatro, atrás; bloquean el escape. Llegan a un rellano, después a otro y por último a un «habitáculo». Cómo caben en tres metros cuadrados cinco hombres de «fuerte complexión» que rodean a una mujer sin salida.

Acechada, envuelta, impresionada, ella nota que unas manos le quitan la riñonera, otras le desabrochan el sujetador, le desatan el jersey atado en la cintura. La tiran, inclinan, agachan su cabeza. Uno sujeta su mandíbula. Pantalones bajados, la obliga a hacer una felación.

Ella no reacciona. Cierra los ojos. A ratos los abre. Se fija en un tatuaje que adorna un pubis, una barriga. La cogen de la cintura, deslizan sus leggins, su tanga. Ella no habla. Nada dice en esos largos minutos de sometimiento a la superioridad de La Manada. Otro miembro, Guerrero, saca su móvil. Grabará un minuto repartido en seis vídeos. El primero, cuando Prenda y Cabezuelo se reparten su cara, y Boza y Escudero, su espalda.

Desasosegada, escucha los golpes secos, cortos, rápidos, solapados con que la embisten

-¿Quieres que te la meta? ¿Sí? Al fondo, vale, dice uno.

-Cómeme, quilla, dice otro.

Ella adopta una actitud pasiva ante las instrucciones de sus agresores: presionan su mandíbula, cabello, nuca, hombro, labios. «Rictus ausente».

-No la levantes tanto, pide una voz sin identificar en el vídeo.

Agobiada. Desasosegada, escucha los golpes secos, cortos, rápidos, solapados con que la embisten.

-Turno ahora, déjame, dice otro.

-Un poco más flojito tú, coño, replica uno más.

«Agazapada, acorralada», ella se deja conducir. Se deja utilizar. En algún momento gime, jadea.

-No chille, no chille, no chille, le ordena otro.

Los cinco usan su boca. Dos, su vagina. Uno, su ano. Le producirá una lesión que requerirá asistencia facultativa. Prenda repite. Dos eyaculan. Los otros, no. Ninguno utiliza preservativo.

A las 3:27 horas, Boza abandona la escena. Es el primero en salir, mientras Guerrero revisa la riñonera, le roba el teléfono, le quita la funda y la tarjeta, las tira allí mismo. Uno a uno, salen del portal. Se reúnen fuera. Tres horas después, Prenda festejará por Whatsapp: «Follándonos a una los cinco (…) todo lo que cuente es poco (…) Hay vídeo».

Ella se sienta en un banco. El llanto sube de intensidad. Se encoge en posición fetal

Allí, abandonada en el habitáculo, ella espera a estar sola para moverse. Se coloca el sujetador, se sube el tanga y los leggins, se amarra el jersey en la cintura, en ese orden. Recoge la riñonera. Quiere llamar al amigo que la espera en el coche. No puede. Llora. Más tarde sólo podrá balbucear y temblar, desconcertada.

Ella no recordará con exactitud lo ocurrido. Sale del edificio a las 3:29 horas. Camina hasta la Avenida Roncesvalles durante 20 segundos. No puede más. Se sienta en un banco. El llanto sube de intensidad. Se encoge en posición fetal.

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