Galicia y Asturias, territorio inflamable

Agentes de la Guardia Civil cortaban el pasado domingo el acceso a Chandebrito (Pontevedra), donde murieron dos personas calcinadas./Efe
Agentes de la Guardia Civil cortaban el pasado domingo el acceso a Chandebrito (Pontevedra), donde murieron dos personas calcinadas. / Efe

La frustración en el mundo rural se une a las altas temperaturas como factores para explicar los incendios

ÁLVARO SOTO y DANIEL ROLDÁNMadrid

La devastación del fuego en este coletazo otoñal, con temperaturas más propias de agosto que de octubre, ha provocado que se recuperen cifras de incendios que se creían olvidadas. Por ejemplo, en Galicia, se habían contabilizado 12.600 hectáreas quemadas, una cifra similar a la de hace dos temporadas -11.535-. Con las 35.500 hectáreas que ardieron hace una semana, este año se ha convertido en el segundo más catastrófico -sin contar los daños personales o materiales- desde 2006. En Asturias, habían ardido 1.284 hectáreas hasta el pasado 31 de agosto y se teme que solo en los últimos 40 días se haya igualado esa cifra; en Castilla y León, también hasta el 31 de agosto, se habían producido 2.162 incendios y sólo el de La Cabrera (León) consumió 10.000 hectáreas. El año pasado hubo 871 incendios o conatos.

Unos datos que, sumados a los del estío, colocan este 2017 como el peor de los últimos seis años, con 105.679 hectáreas arrasadas, sin contar con octubre, que se ha cebado con el noroeste español por unos motivos que los expertos intentan desentrañar. Agustín Moreno, profesor de Restauración de Espacios Degradados de la Universidad de Santiago, recuerda que Galicia y el Occidente asturiano comparten clima con otras regiones azotadas por grandes incendios: California, Chile, Sudáfrica, Australia o las islas griegas. «Tenemos una gran superficie forestal, con especies como el pino de Monterrey o los eucaliptos. Nuestro periodo vegetativo, en el que crece la biomasa de manera muy rápida, es prolongado, con lluvias desde septiembre hasta el final de la primavera. Hay mucha lluvia y no hay heladas. Y luego vienen meses de verano muy secos, de manera que esa biomasa se convierte en combustible», destaca Moreno. Unas condiciones que se agravarán con las consecuencias del calentamiento global: más sequías y temperaturas más altas.

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Pero además de los motivos climáticos, y descartada la responsabilidad de las empresas madereras o de la especulación inmobiliaria, el profesor considera que existen unas causas económicas y sociales sobre las que se debe ahondar. Por un lado, algunos ganaderos continúan haciendo fuego para quemar el matorral, las llamadas 'quemas ganaderas'. Por otro, están los incendiarios. Y aquí apunta Moreno al aislamiento de amplias zonas de Galicia y Asturias. «Buena parte de los residentes en estos lugares se sienten fuera del sistema y en ocasiones, por su frustración, provocan incendios que solo tienen por objetivo llamar la atención. A esa gente se le ha abandonado. Teníamos que haberles dicho que realmente son importantes», incide.

Moreno afirma que desde hacía unos días, era 'vox populi' en Galicia que se iba a producir una oleada de incendios. «Se sabía que las condiciones climáticas iban a ser perfectas para el fuego, con 31 grados y vientos de 80 kilómetros por hora. Y claro, los pirómanos también lo sabían», cuenta.

Para evitar que en el futuro vuelvan a ocurrir sucesos como este, el profesor pide trabajar con la población local, «reconocer su enorme valor y valorar los productos que hacen en esas zonas». También recuerda que en Galicia y Asturias se han sustituidos los árboles tradiciones, roble y castaño sobre todo, por otras especies como el eucalipto y el pino, que a diferencia de las anteriores, dejan pasar la luz, de manera que crean maleza en su parte inferior, maleza que arde con facilidad. Y finalmente, una toma de conciencia, que incluya asignaturas escolares con información específica sobre el valor de la naturaleza y sobre cómo prevenir el fuego.

Poco reconocimiento

De la misma opinión es Pedro Álvarez, profesor del Área de Ingeniería Agroforestal de la Universidad de Oviedo. «Tiene que haber una concienciación medioambiental en los colegios», reclama. Pero además, Álvarez recuerda que el modelo forestal se ha basado en especies de crecimiento rápido y que ha habido un abandono del medio rural que ha ocasionado la frustración de sus habitantes. «Tenemos que ir a sistemas agroforestales diversos para minimizar el impacto, con presencia de animales, y que exista una gestión y planificación a mayor escala», pide. Porque si no se toman medidas, la situación empeorará. «Sabemos que cada vez habrá más abandono de los pueblos, que la biomasa aumentará y que el cambio climático hará que haya más sequías y por tanto, más superficie combustible», agrega el experto.

Consecuencias locales para un problema de todo el planeta

Chile, en enero. California, Canadá y España en el estío y, posiblemente, Australia, en el verano del hemisferio sur. Ese es el panorama de los incendios en 2017 y para comienzos del próximo año. Una situación «terrible» que tiene muchos culpables. Uno de ellos es el cambio climático. «Hace dos años, cuando se produjeron fuegos en Navidad, tuvimos un aviso», recuerda Miguel Ángel Soto, uno de los responsables de Bosques en Greenpeace. Y es que el cambio climático está rompiendo con la estacionalidad.

Un alza en las temperaturas que provoca que, con las condiciones climáticas y forestales adecuadas, el fuego comience. «Ahora tiene mucha más virulencia y son más rápidos», señala Lourdes Hernández, portavoz de la campaña de incendios de WWF España. Una situación que debe hacer replantear a las administraciones su política forestal. Por ejemplo, manteniendo a los brigadistas todo el año y no despidiéndoles cuando acaba la temporada como ha pasado en Galicia. «Pueden ayudar a mantener el bosque durante el invierno», apunta Soto. Más atención al mundo rural, que está «abandonado, con menos gente», más educación y acabar con el «arraigo del fuego» en algunos lugares son otras soluciones. «Hay que trabajar con estos colectivos, que vean que el fuego no es la solución», añade Hernández, quien recuerda que al año se producen 11.000 fuegos en España.

Igual que Moreno, Álvarez cree que la frustración en las sociedades rurales es, en ocasiones, la peor chispa. «Tengo algunas experiencias que me llamaron la atención. La gente en el campo se siente poco reconocida, también económicamente. Hay que encontrar maneras de fomentar esa actividad económica que vayan más allá del turismo, que ya está muy explotado. Se pueden crear denominaciones de origen para las setas, para las avellanas... Que existan incentivos», cuenta. Moreno insiste en este punto: «Tenemos que darles a los habitantes del medio rural un apoyo integral porque necesitamos que estén ahí para que cuiden esa agua, esas playas». ¿Y cómo se puede concretar ese apoyo? «Comprando productos locales, que además son de mayor calidad», apunta.

En cualquier caso, va a ser muy difícil evitar tragedias como la del fin de semana pasado, opina Álvarez. «Antes los grandes incendios quemaban 200 hectáreas. Ahora queman 2.000. Por no hablar de la terrible cifra de muertos, cuatro en España y más de cien en Portugal este año. Y esto va a seguir pasando, y con más frecuencia. Con el cambio climático, habrá incendios más fuertes y más virulentos, y también contra la población».

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