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¡Al rico barquillo!

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El barquillero Guillermo Crespo vende sus productos por las calles de Salamanca. / Jesús Formigo

  • Desde hace casi 30 años, Guillermo Crespo pasea por las calles de Salamanca con su ruleta roja para mantener vivo el oficio artesano del barquillero

Guillermo Crespo es el único barquillero de Salamanca y de los pocos que quedan en Castilla y León que recorre las calles y plazas para mantener viva una tradición centenaria. Se ha convertido en una figura muy conocida en la ciudad al pasear con su cesta de barquillos y su inconfundible ruleta roja. Sin vestir de chulapo ni cantar zarzuelas, recupera un oficio artesano, casi en el olvido.

Guillermo cuenta que esta herencia le viene de su suegro, cuya familia se había dedicado siempre al oficio en la ciudad del Tormes y ha pasado de generación en generación. “Me pareció interesante seguir con ello e intentar que no se perdiera esta figura”, confiesa Guillermo. Él mismo elabora artesanalmente los barquillos y obleas. “Mi suegro me enseñó el oficio y a elaborar la pasta”, cuenta. Cuando están fríos los distribuye cuidadosamente en bolsas, listos para vender. Asegura que “siempre utiliza ingredientes propios de Castilla y León para hacer la masa”.

Los barquillos son unos dulces de masa de harina de trigo, huevo, leche y aceite. Son horneados sin levadura y endulzados con azúcar, cacao o canela. La masa se extiende sobre unas planchas de hierro muy calientes, “antes al fuego del carbón y ahora ya con gas”. Su forma es plana y fina y por las características del molde que se utiliza, adquieren un perfil acanalado similar a un barco, de ahí el nombre de “barquillo”. Dependiendo de esa forma, si se recoge la masa plana de forma redondeada, entonces recibe el nombre de “oblea”.

Son muchas las noticias sobre la figura del barquillero que se recogen en la época medieval, explica este artesano, que afirma que le gusta leer sobre el oficio. Los barquillos eran muy populares y estaban presentes en la mayoría de las mesas de los reyes, en las de los grandes señores, en las de los burgueses, y también se vendían por las calles. Fueron elaborados originalmente por panaderos como dulces derivados del pan. Con la especialización de los oficios, dio lugar a los llamados “barquilleros”, que eran los encargados de hacer la pasta, dar forma a las obleas. También figuraban como tal entre el personal de cocina de los reyes y grandes señores.

Oficio con historia

Guillermo Crespo cuenta que el barquillo nació como un tipo de alimento sagrado. De ahí que el origen se pueda encontrar a principios del cristianismo, porque derivaba directamente del “pan divino, ácimo o pan de ángel”, como se denominaba. Se repartía a los fieles en las iglesias, aunque con un tamaño menor. Desde entonces, su composición ha ido evolucionando ligeramente y ha pasado a la historia como uno de los postres más exquisitos.

Según cuenta la historia y las cartas encontradas de Felipe V, en 1320 en París, existía la 'Cofradía de Fabricantes de Barquillos' y su patrón era San Miguel Arcángel. Los miembros formaban parte de los banquetes más importantes y recepciones en la Grecia clásica y ya en la corte de Pedro IV, 'El Ceremonioso', se apreciaban los barquillos como algo exquisito y se convidaba a reyes y cardenales con este manjar. En los días de ayuno, daban como convite barquillos con vino aromatizado.

Más tarde, se convirtió en un elemento fundamental en la celebración de Pentecostés, en Francia, donde se arrojaban barquillos, hojas de encina y estopas encendidas. También, los Reyes Católicos encargaban barquillos a sus confiteros y eran conocidos bajo el nombre de hostias doradas.

En el siglo XIX se popularizó la figura del `barquillero pícaro´, como se puede conocer a través de numerosas publicaciones, sainetes, zarzuelas, revistas o postales, así como en las figuras de Lladró, donde se relacionaba con las apuestas y el juego. Un oficio lleno de historia, que como sostiene Guillermo Crespo, “es una pena que se pierda o caiga en el olvido”.

No se puede pasar por alto el “rico barquillo” que acompaña a los helados, que fue una idea del italiano Vittorio Marchionni, que emigró a Estados Unidos en busca de la mejor manera de vender helado a niños y mayores. O el barquillo como dulce típico navideño de Cataluña.

¡Ande la reolina!

Tradicionalmente, los barquilleros llevaban sus cestas con obleas y barquillos y una ruleta en la que los compradores podían probar suerte. En época de la posguerra, como relata el barquillero de Salamanca, “muchos estudiantes y gente con dinero se aventuraban en el juego”. Aunque era una actividad prohibida, solían alquilar a escondidas la ruleta, la misma ruleta que hoy sigue paseando por las calles de la ciudad, para jugar a las apuestas. “Jugaban a las siete y media o a pares y nones, y se sacaban un dinerillo”, como cuenta Guillermo.

El juego consistía en dar vueltas a una rueda que apuntaba a los diferentes números que están alrededor. Si había varios participantes, el que sacaba la cifra menor pagaba todos los barquillos. Si era una sola persona, pagaba unas monedas y tenía derecho a llevarse un barquillo en cada jugada, salvo cuando caía en la casilla del clavo, en cuyo caso perdía todo lo ganado.

Pío Baroja ya escribió en su obra `La Busca´, cómo la rueda del barquillero era empleada como artificio para atraer al público en las calles. “Colocaba sus trastos en el rincón de una calle y con voz gangosa murmuraba: ¡Ande la reolina! Hagan juego señores, número o color”.

Hoy son los niños los que le piden a Guillermo hacer girar esa ruleta llena de historia, que pasea “el barquillero rendido a su lata roja”, como describía Juan Ramón Jiménez en 'Platero y yo', mientras sonríen con su bolsa de barquillos a los pies de la Catedral. Los turistas también se acercan curiosos hasta él, mientras que los salmantinos no renuncian a un paseo por la ciudad acompañados de este dulce y sencillo manjar. Es el oficio artesano del “rico barquillo con agua, azucarillos y aguardiente”, que sigue vivo en las calles de Salamanca durante todo el año.