Cuando la arena se hace cine

El berciano Daniel Völgy rueda en su estudio de Ponferrada el cortometraje animado 'Pispín' usando la técnica de 'stop-motion' en la que la arena sustituye a la tradicional plastilina

Artista creador del corto de Pispin./Césa Sánchez
Artista creador del corto de Pispin. / Césa Sánchez
D.ÁLVAREZ

La última actuación de un viejo payaso, heredero de una gran saga de circo, al que todo le sale mal es el punto de partida del cortometraje 'Pispín', en cuyo rodaje está inmerso el berciano Daniel Valle, más conocido en el mundo del arte como Daniel Völgy. La particularidad del corto es que utiliza un material natural como la arena para rodar siguiendo la técnica de 'stop-motion', en el que cada segundo está formado por 24 fotogramas capturados uno a uno. A punto de cumplir 30 años, este artista precoz al que le gusta definirse como «un 'homo universalis', como los del Renacimiento», combina su creación en los campos del arte animado, el dibujo, la pintura y la escultura con estudios teóricos y filosóficos que lo llevaron, con sólo 24 años, a ejercer de comisario de la primera retrospectiva sobre el cine de animación español en el Centro Nacional de Arte Reina Sofía.

Según explica el propio Völgy, 'Pispín' es una «alegoría pura y dura» sobre el poder, que se manifiesta en las risas siniestras que envuelven al payaso tras cada uno de sus fallos. Este proyecto “experimental” ha permitido al artista probar distintas técnicas y diferentes arenas, procedentes de playas de Gijón o A Coruña. Además, en anteriores proyectos de similares características Völgy también ha intentado usar arena negra o materiales como orégano, café o pimentón, para conseguir otros colores. Finalizada la fase de animática, que esboza la composición final, el artista se encuentra inmerso en la «fase de animación pura y dura», en la que los juegos de cámara son el único aliado para buscar efectos ópticos y estéticas, ya que el montaje incluirá muy pocos efectos en la fase de posproducción, avanza.

El resultado del trabajo será un cortometraje de cerca de cinco minutos de duración. Si cada segundo en pantalla incluye 24 fotogramas, el cálculo sencillo indica que son más de 7.200 imágenes, tomadas una a una, las que formen parte del montaje final. «Para hacer diez segundos, a lo mejor tardo una semana, con jornadas de 12 horas diarias. Al tener que hacerlo todo yo, se multiplican los tiempos», reconoce el artista, que vé complicado llegar al plazo establecido por él mismo para terminar el proyecto en el mes de febrero y poder enviarlo al Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy (Francia), considerados los Oscar de la animación.

La Residencia de Estudiantes de Madrid

'Dreamless' fue, en 2013, la ópera prima con la que Völgy se presentó en el mundo del celuloide tras completar sus estudios de dirección y realización de cine de animación en Madrid, con las especialidades de 3D y 'stop-motion'. Pese a estar sumergido en la producción de su segundo corto, el ponferradino ya trabaja desde hace más de un año en un proyecto de una dimensión mucho mayor, un mediometraje de 28 minutos que llevará por título 'Residencia' y con el que pretende contar, a través de varias generaciones de una misma familia, la historia del siglo XX. La cinta se centrará en la Residencia de Estudiantes de Madrid y «lo que significó para España» ese lugar por el que pasó la élite intelectual del mundo -Albert Einstein, Pierre y Marie Curie o John Maynard Keynes, entre otros- y en el que también tuvieron un lugar destacado «los nuestros», representados por artistas como Buñuel, Lorca, Dalí o Juan Ramón Jiménez.

El proyecto parte de un discurso optimista que resume la historia reciente como «lo opuesto a lo que sucede en el siglo XX hasta llegar a nuestra época» a través de un «collage cubista» en el que personajes como De Gaulle, Roosevelt o Stalin se mezclan en «una marabunta de imágenes trepidantes» con inventos como el Sputnik o la bomba atómica. «La cosa es que te deje KO», explica el creador, que asegura querer dotar al proyecto de un cierto «tinte nacional», al resaltar el papel de España como «laboratorio de las superpotencias durante el siglo XX».

Formalmente, el proyecto incluye todas las técnicas relacionadas con el arte animado, desde los recortables, sombras y siluetas, pasando por el 'stop motion' y la pintura sobre cristal, hasta llegar a la animación tradicional y al 3D. «Es lo que piden las secuencias, de otra manera no lo voy a hacer», afirma Völgy, que reconoce que necesitará un equipo de cuatro o cinco personas para poder llevar el proyecto adelante. La primera intención del director y realizador era que 'Residencia' pudiera ver la luz a lo largo de 2019, aunque el propio Völgy reconoce que «es imposible». “Se me ha ido de las manos», admite. Por el momento, el berciano ya ha finalizado el diseño de personajes, el guión y el 'storyboard' previo y busca una financiación que cifra en más de 100.000 euros para empezar el rodaje, algo para lo que ya ha traducido el guión con la intención de «moverlo fuera».

Al respecto, el berciano lamenta que un país como España, que cuenta con pioneros en el mundo de la animación como Segundo de Chomón y en el que se produjo el primer largometraje de dibujos animados en color de Europa -'Garbancito de la Mancha', en 1945-, el fomento de la animación por parte de las instituciones sea escaso y lo compara con los casos de Francia o los países del Este de Europa, herederos de la tradición soviética, donde «la animación se entiende como un arte, no hay desprecio». En esa línea, recuerda que la animación sufre la «anomalía» de ser «el único arte que nace en las vanguardias y sobrevive, como un arte virgen, incorrupto, al siglo XX». »No ha padecido los problemas del resto de ramas del arte ni se ha visto afectado por los postulados de Adorno, que dijo que escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie», explica.

'Homo universalis'

Mientras la financiación que permita echar a andar el proyecto no aparece, el cineasta no pierde el tiempo y compagina el desarrollo de las dos películas con otras expresiones artísticas. «Me gusta investigar y aportar nuevos recursos», reconoce Völgy, que opina que «el arte es buscar un lenguaje que sea capaz de comunicar, de llamar a la gente». Así, su inspiración salta desde los lienzos en los que prepara dos cuadros que participarán en varias exposiciones colectivas a lo largo de 2018 en lugares como Nueva York y Tetuán, hasta el molde de una escultura gigante con el tema de la transexualidad de fondo, que reconoce que le gustaría que se instalase en algún espacio público. «Hago lo que hago e intento sobrevivir. Sólo quiero vivir haciendo lo que me gusta, nada más», resume con sincera humildad.

Sus obras han formado parte de exposiciones colectivas en varias provincias de España y en grandes ciudades como París, Estocolmo o Dallas. Además, la Bienal de arte contemporáneo de Florencia seleccionó una de sus obras en 2015 y otra este mismo año, aunque finalmente el berciano no pudo participar en la cita. «No fue posible», explica Völgy, que se reconoce «antisocial» -«odio el móvil»- y admite que nunca va a una exposición suya «si no es estrictamente obligatorio».

Por si todo lo anterior fuera poco, el artista no deja de lado el trabajo teórico, en parte gracias al grado en Filosofía que empezó a estudiar en 2015. Especializado en la estética y la teoría del arte de la animación, Völgy ya ha escrito «un primer opúsculo» sobre la materia. En la misma línea, el artista trabaja en una tesis sobre la historia mundial del cine de animación para la organización Open This End, dedicada al estudio, investigación y exposición del arte ligado a las nuevas tecnologías. Se trata de un «ambicioso» proyecto itinerante a través de las obras de 100 artistas procedentes de 45 países. «En mi labor como comisario e investigador, nunca contemplo mi trabajo como creador, ni a nivel reflexivo ni expositivo. Hago una distinción absoluta, entre mi yo creador y mi yo reflexivo o crítico», asegura Völgy.

Además, el ponferradino también fue el creador del proyecto de la revista Termita y de su extensión en el mundo real, Termita Lab, y es autor del poemario 'Perenne Niño'. Y aún encuentra tiempo para impartir talleres sobre dibujo, pintura y escultura en su estudio. Estos talleres se organizan siguiendo el sistema 'atélier' del academicismo francés del siglo XIX, que a su vez se basa en el modelo del Renacimiento. «Es lo que hoy día llamamos escuela realista, aprender el oficio auténtico del pintor», explica el artista, reconvertido ahora en maestro, que considera que este método de aprendizaje es «un paso hacia la libertad de creación». «Nacemos con unas habilidades artísticas innatas y el desarrollo de las mismas te enseña técnicas y herramientas que luego te permiten hacer lo que te dé la gana y construir lenguajes que todavía no existen», concluye.

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