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Ejemplar expuesto en la muestra. / César Sánchez

Pendientes de hacer inventario

  • La exposición Natura Ibérica de Carracedelo afronta una nueva etapa bajo la gestión del Ayuntamiento con el objetivo de catalogar el extenso fondo de piezas recibidas en el último año

Las instalaciones de la exposición Natura Ibérica, en el municipio de Carracedelo, albergan una muestra de la fauna existente en la Península Ibérica, compuesta por cerca de 1.500 piezas procedentes de la colección particular del naturalista berciano Solís Fernández. Tras la desaparición de la fundación que se hacía cargo del mantenimiento del espacio, el Ayuntamiento es ahora el encargado de gestionar las instalaciones. “Este año empezamos una segunda etapa y cuesta arrancar”, reconoce la guía de la colección museística, Natalia Álvarez. En medio de ese “momento de transición”, la colección busca la manera de afrontar su “principal reto”, consistente en catalogar e inventariar de manera científica el numeroso material que ha llegado en el último año a las instalaciones. El objetivo, a medio plazo, es que el espacio pueda convertirse en un centro de investigación de referencia para biólogos y naturalistas de toda España.

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  • Carracedelo salvaje

El fondo material más reciente proviene de la parte de la colección que Solís conservó en su domicilio particular tras la venta de las piezas que desde hace casi ocho años se exponen en el recinto. La guía del museo explica que, tras tratar la piel o las plumas del animal en cuestión, el naturalista conservaba los esqueletos de los distintos ejemplares, o incluso sus estómagos, con el objetivo de obtener información sobre su dieta. A causa del delicado estado de salud por el que atraviesa Solís, esos fondos adicionales fueron llegando durante el último año al almacén del museo, donde se amontonan los botes de cristal, cajas de cartón y bolsas de plástico en las que el naturalista los conservaba.

“Tenemos pendiente realizar un inventario científico de esos fondos para ponerlo a disposición de las universidades, de científicos, biólogos o de cualquiera que quiera investigar”, explica Álvarez, que apunta que el proceso de catalogación, para el que se habían mantenido contactos con el departamento de Zoología de la Universidad de León, quedó “en suspenso” a raíz de la transición provocada por el cambio de gestión de las instalaciones. En ese sentido, la guía de las instalaciones admite que ese trabajo científico “no es tan vistoso” como el que se encara a la exposición, aunque insiste en el valor añadido que representaría el hecho de disponer de un fondo debidamente catalogado y almacenado. “Si hay un científico que está estudiando el lobo ibérico, aquí puede encontrar desde cráneos y esqueletos, hasta estómagos”, explica.

Además, la catalogación de las piezas es uno de los requisitos exigidos por la legislación de la Junta para entrar a formar parte de la red de museos de Castilla y León. “Bajo mi criterio, saber lo que hay es el principal reto”, asegura Álvarez. Además, tras el proceso de inventariado, la exposición al púlblico podría ampliarse con nuevo material procedente de esos fondos, aunque la guía se muestra cauta. “Primero hay que volver a resurgir; para una hipotética ampliación habría que esperar a una nueva etapa, en el medio o largo plazo”, asegura.

Economizar esfuerzos

Desde el 1 de mayo hasta el 30 de septiembre de este año, un total de 1.400 personas han pasado por el museo, de entre las cuales aproximadamente el 70 por ciento son visitas escolares. Los particulares pueden visitar las instalaciones los domingos, en horario de mañana y tarde, mientras que los grupos pueden concertar una visita cualquier día de la semana. “Hay que economizar esfuerzos, no puede haber una persona aquí todo el tiempo si no hay nadie”, asegura Álvarez, que lamenta que otro de los requisitos para entrar a formar parte de la red de museos sea la apertura en un horario fijo.

La guía de las instalaciones explica que las visitas se adaptan en función de la edad de los visitantes. Así, los más pequeños aprenden curiosidades como la propiedad hereditaria de las madrigueras del tejón o el dimorfismo sexual del urogallo. “Son cosas que les llaman mucho la atención”, asegura Álvarez, que evita cuidadosamente la palabra disecar porque no incluye el “componente artístico y estético”. “Disecar es abrir el animal y sacarle las vísceras, sin más. Yo prefiero hablar de desnaturalizar, porque añade un concepto de dar vida a la figura, hacer que parezca que el animal está vivo”, explica.

La única exposición de fauna ibérica en la provincia

Entre las cerca de 1.500 piezas expuestas destaca el gran número de aves, con la presencia de una especie en peligro de extinción como el urogallo. “Son animales que forman parte de nuestro entorno, pero si no los ves en el museo, es muy difícil observarlos en la naturaleza”, explica Álvarez, que defiende que la exposición es la única en la provincia dedicada exclusivamente a la fauna ibérica. En ese sentido, los referentes más inmediatos de la colección son el Museo de Ciencias Naturales de los Padres Paúles, en Villafranca del Bierzo, y el Museo de la Fauna Salvaje de Valdehuesa, en Boñar, aunque ambos exhiben animales de los cinco continentes y no exclusivamente de la península.

Todos los animales expuestos provienen de centros de recuperación y su muerte se produjo a causa de un accidente provocado por la acción humana, como un atropello o una caída a un canal. Eso explica que en la colección falten animales como el lince. “La explicación es muy lógica: si no tenemos un lince, tampoco lo vamos a matar para exponerlo”, asegura la guía, que recuerda que los animales expuestos son de las décadas de 1970 y 1980, un período en que “la ley no era tan estricta”. “Nosotros no hacemos apología de la caza, todo lo contrario, defendemos la fauna y la flora”, explica Álvarez, que recuerda que “todos los animales tienen la certificación y la acreditación de la Junta”.

El lobo ibérico, la gran estrella

La colección se compone de dos plantas, en las que las diferentes especies se exponen agrupadas según la familia a la que pertenecen. El piso inferior alberga la extensa colección de aves rapaces, acuáticas y de campo, junto a mustélidos como el tejón, la nutria o la gineta. En la parte superior de las vitrinas, los grandes mamíferos están representados por la cabra montés, el rebeco, el corzo y el muflón. Un enorme jabalí se asienta sobre una plataforma con ruedas y en el espacio central de la sala se exponen tres ejemplares de lobo ibérico. “Es lo que más llama la atención de los niños”, admite Álvarez, que explica que la colección también dispone de tres pieles de oso ya curtidas que todavía no se han podido montar en su correspondiente estructura.

Subiendo las escaleras de acceso al piso superior, la muestra alberga el espacio para el resto de fauna, con una zona dedicada a los réptiles y anfibios que recuerda a un escaparate repleto de recipientes rellenos de la mezcla de alcohol y agua que sirve para conservar las escamas de estos animales. También hay un lugar para la colección de insectos y mariposas particular de Solís, con sus anotaciones hechas a mano, así como otro dedicado a los pequeños roedores, topos y murciélagos. En el otro extremo de la planta superior, la muestra presenta una pequeña explicación sobre la evolución de las técnicas de taxidermia y un espacio reservado para curiosidades como un ejemplar del rarísimo desmán de los Pirineos, así como unos helechos fósiles y unos coprolitos -excrementos fosilizados de dinosaurio- recogidos en la propia comarca del Bierzo.

El origen de la colección

La colección que se expone en el recinto está inevitablemente ligada a la trayectoria de Solís Fernández. Este apasionado de la apicultura, nacido en 1932 en la localidad de Matarrosa del Sil, en Toreno, se labró de manera autodidacta durante más de medio siglo una brillante carrera en el campo de la biología, que se inició con un curso de taxidermia por correspondencia cuando sólo contaba con 20 años. Más tarde, llegaría a dar clases a alumnos interesados en la conservación de colecciones de historia natural y a colaborar con las universidades de León, Madrid, Barcelona o Santiago de Compostela, así como con instituciones como el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) o el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Además, Fernández trabajó junto al añorado Félix Rodríguez de la Fuente y conoció de primera mano los principales museos europeos y norteamericanos de historia natural.

Tras toda una vida dedicada al estudio de la naturaleza, Solís decidió que la enorme colección que había reunido a lo largo de los años y que almacenaba en un espacio habilitado de su propia vivienda tenía que estar expuesta al público y se embarcó en la búsqueda de un comprador que pudiera estar interesado. En el año 2009, la ahora desaparecida Fundación Plinio Historia Naturalis adquirió la colección y la exposición Natura Ibérica se abrió al público en diciembre de ese mismo año. La guía de las instalaciones recuerda como “el propio Solís colaboró en el montaje del museo, que duró cerca de un año”. Álvarez rememora como el taxidermista disfrutaba explicando la historia particular y las características generales de cada uno de los animales que se iban colocando en las vitrinas mientras preparaba las piezas, aplicándoles un producto especial y secándolas para evitar su posterior deterioro.