Con Easyjet a recibir Justicia en la Plaça del Mercat

Iñaki Urdangarin./Atienza (Efe)
Iñaki Urdangarin. / Atienza (Efe)

Un Urdangarin más abatido que nunca se enfrenta otra vez al escarnio en el centro de la ciudad del que fue su ducado

Melchor Sáiz-Pardo
MELCHOR SÁIZ-PARDOMadrid

Iñaki Urdangarin se bajó del Nissan Juke gris y ya ni siquiera miró a su alrededor. Sabía perfectamente dónde estaba. Era el mismo lugar en el que el 23 de febrero de 2017 fue a que le notificaran que había sido condenado en primera instancia por corrupto. De nuevo, la Plaça del Mercat, la sede de la Audiencia Provincial balear en el centro de Palma de Mallorca, la misma ciudad que otrora fue su ducado. En realidad eran los mismos barrios en los que hace solo una década él, y su mujer, eran recibidos con alfombra roja y en los que el entonces yerno del Jefe del Estado tejió su red de vasallos que, según la sentencia del Tribunal Supremo conocida el martes, se mostraron sumisos a todos sus deseos, saltándose, incluso, las leyes básicas de la contratación pública.

Pero ayer, la Plaça del Mercat no era la de los primeros años de la década pasada. Ni sombra de los viejos cortesanos aduladores. Solo plebe. E indignada. Ayer, la Plaça, a decir de los palmesanos, tenía algo de regusto al espacio que nació en el siglo XII, como punto neurálgico de la ciudad, pero también centro de rumores, cotilleos y escarnios. Y Urdangarin, quizás el Urdangarin más abatido de la última década de sus visitas 'forzadas' a su exducado, quiso someterse, una vez más, a las afrentas de la muchedumbre en la Plaça. Aunque fuera solo por algunos segundos (tres exactos, según los compañeros periodistas que cronometraron), Urdangarin se expuso al escrutinio de la justicia popular, casi medieval.

Lo cierto es que no tenía ninguna necesidad. No era un trámite ineludible. Podía haber comunicado al tribunal su ingreso inminente en prisión en cualquier centro y haberse ahorrado el enésimo paseíllo en Palma. Pero lo quiso hacer. como cuando le obligaron a recorrer dos veces los cien metros de la 'cuesta de la vergüenza' del juzgado de instrucción en el que le esperaban con los cuchillos afilados el juez José Castro y el fiscal Pedro Horrach.

Ayer en Palma estuvo solo. Sí, su inefable abogado Mario Pascual Vives voló desde Barcelona para acompañarle en el trámite de recoger el papel en el que el tribunal le mandaba a la cárcel. Pero nadie más. Él solo se enfrentó a los más de 150 periodistas acreditados y a la decena de ruidosos manifestantes que le gritaron aquello de «los Borbones a los tiburones»; «Urdangarin, suelta el botín»; o «Iñaki, ya basta, devuélvenos la pasta».

'Low cost'

Urdangarin encaró su nueva jornada de escarnio público sin compañía y en 'low cost'. Las imágenes 'robadas' en el aeropuerto de Ginebra que circularon entre los periodistas que aguardaban en la Plaça su llegada daban cuenta de esa soledad. Y casi de su vergüenza. Un Iñaki Urdangarin, con sus casis dos metros, incapaz de mirar al resto de los viajeros y refugiando su mirada en la anodinas pistas del aeropuerto suizo.

Nadie a su lado en el vuelo de Easyjet 1513 que partió de Ginebra a las 8:25 horas de la mañana con destino a Palma. Tampoco nadie en el asiento de al lado, ya en el avión. Eso sí, Urdangarin retuvo algún privilegio de sus tiempos pretéritos: voló en el asiento de primera fila (en las 'low cost' no hay 'primera clase'), pero probablemente para poder estirar sus largas piernas.

A su llegada al aeropuerto de Son Sant Joan, la misma soledad del condenado. Solo un trajeado escolta le abrió el paso mientras él hacía caso omiso a las preguntas de los periodistas. Su mente estaba ya pensando en el vuelo de vuelta de Easyjet de las 15:20 de vuelta a casa.

Lejano, muy lejano, también apareció en la Plaça del Mercat. Su mente parecía a mil kilómetros (quizás en Suiza) de la Audiencia de Palma. Pero su aparente ausencia no podía ocultar que era el Urdangarin más machacado y débil que se ha visto en los últimos años en los juzgados de Mallorca.

Contenido Patrocinado

Fotos