Las palabras y las cosas

Llama la atención que la palabra «democracia» conserva todo su prestigio y es invocada para todo

PERE VILANOVABarcelona Catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona

Habrán observado que nuestra vida en sociedad, situación estructural inevitable excepto para los ermitaños de larga duración, no es cosa fácil. Poco a poco generamos distorsiones del lenguaje que no estaban planificadas, y ello se convierte en un nuevo paradigma de comportamiento social. Un ejemplo que llama la atención es que la palabra «democracia» conserva todo su prestigio, tiene únicamente connotaciones positivas, y es invocada para todo. Lo que sucede en Cataluña, si fijamos la atención en lo que dicen los portavoces soberanistas o independentistas, es la expresión de una profunda aspiración democrática, mientras que el gobierno de España no sólo es antidemocrático, sino que padece además de urnofobia (extraño neologismo llamado a perdurar), y durante cinco años se le ha tachado de tener una «muy baja calidad democrática». Mientras, los partidos españoles contrarios al proceso soberanista catalán, lo califican de profundamente antidemocrático y consideran que es según algunos nazi, o simplemente nacionalista (con toda la connotación negativa que se pueda añadir al caso catalán, pero no a la invocación de la nación española).

En cambio, misterio total, la palabra política es mucho más polisémica, adopta varios significados, pero en general son casi todos negativos, o críticos, o sugieren intenciones sospechosas. Tal político es sorprendido con las manos en la masa, y hasta el codo, y su reacción suele ser que aquello se trata de una maniobra política, o que detrás de su imputación hay seguro intereses políticos.

Una variante de ello, bastante curiosa cuando no divertida, se produce cuando los políticos se acusan unos a otros de intereses electoralistas. No intereses electorales, porque sonaría más legítimo, han de ser electoralistas. Pero estamos en democracia, lo lógico sería admitir que los partidos políticos, la clase política, están de precampaña, postcampaña o en campaña las veinticuatro horas del día, todos los días del año. La creatividad lingüística no tiene límites, esta temporada se ha llevado mucho el postureo, por ejemplo.

La cuestión de fondo es otra, partiendo de dos supuestos. El primero es que una palabra no debería poder significar una cosa y su contraria. El segundo es que partiendo del supuesto de que el ser humano es un ser racional, el lenguaje debería el vínculo de comunicación entre unos y otros del modo más ajustado posible a la realidad de las cosas. Y la verdad es que no, el lenguaje sirve para varias cosas, desde la comunicación más utilitarista hasta la agresión pura y dura. Así, usamos palabras como si fueran chicle, las estiramos y retorcemos hasta el (casi) infinito. Y sí, este artículo trata del tema de la relación entre Cataluña y España, pero no están las cosas como para considerar que la relación entre las palabras y las cosas, es decir entre el lenguaje y la realidad, pasa por su mejor momento.

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