20 años sin miguel ángel blanco

aquel batería que era feliz en su pueblo

4 - Los amigos

Los vecinos del edil y sus colegas del grupo Póker trazan el recuerdo de un joven divertido y fiestero. Y reivindican la genuina reacción social de Ermua

Ana Vozmediano
ANA VOZMEDIANO

En el Ayuntamiento de Ermua hay un busto de Miguel Ángel Blanco y muy cerca, junto a la iglesia de Santiago, se encuentra la escultura que recuerda la figura del párroco Teodoro Zuazua, ya fallecido. El sacerdote pidió desde el púlpito, en aquellos días convulsos de hace dos décadas, la liberación de su vecino, a cuyos padres conocía muy bien. A pocos metros está el bar Titánic, que cambió de dueño hace casi 15 años y cuyas paredes pueden rememorar, seguro, a los chicos del grupo Póker: a Manu, a Jaime, a Carlos, a Fernando el teclista, a Víctor... Y a Míguel, a Miguel Ángel Blanco Garrido, el batería de la banda, el fan de Héroes del Silencio, el chaval alegre y divertido al que nadie imaginó nunca secuestrado y asesinado por ETA.

El busto del Ayuntamiento, las paredes del bar -si es que los muros tienen recuerdos- y la memoria de muchos de sus ciudadanos son lo que queda de aquella Ermua que se rebeló cuando retuvieron por la fuerza a Míguel, como ellos lo conocen. Ermua nunca había sido hasta aquellos días un polo de atracción. Contaba con unos 16.000 habitantes, más o menos los mismos que ahora, en la frontera porosa entre Bizkaia y Gipuzkoa. ¿Qué pervive de aquellas jornadas teñidas de luto e ira?

Antes de aquel 10 de julio en el que Míguel fue secuestrado para no volver jamás, los chicos de Póker acudían cada viernes al Titánic, después de ensayar, a tomar el cava más barato y resarcirse de la semana de trabajo. Los padres de Maider compraron el Titánic cuando el dueño murió y ella, ahora al frente de la barra en esta mañana nubosa de junio, apenas recuerda lo que ocurrió hace veinte años. Se encoge de hombros. «Yo tenía seis... Eso sí, mi hermana Mirari nació el día que secuestraron a Miguel Ángel Blanco». Está claro que no le conoció. Si no, le llamaría Míguel o Miguel.

Miguel Ángel Blanco, junto al resto de miembros del grupo Póker.
Miguel Ángel Blanco, junto al resto de miembros del grupo Póker. / Iturriaga

Timmy está sentado en la terraza del bar, en la plaza central de una Ermua bulliciosa y hoy llena de niños. Fue vecino de toda la vida de los Blanco Garrido y Miguel Ángel tenía especial relación con sus hijos. «Lo estoy viendo como si estuviera aquí. Era un chico normal y corriente, muy de Ermua, con su cuadrilla, su novia, su grupo de música. Sus padres eran gallegos. Cuando lo mataron, fuimos los del pueblo los que salimos a la calle. Normal, porque era un chaval de aquí». Lo cuenta con más desilusión que orgullo. «El pueblo fue el que organizó aquella protesta, pero luego se apuntó todo el mundo al carro y empezaron a llegar políticos que ni le conocían». La charla deja traslucir un cierto resquemor por todo lo que pasó después. Porque la relación de los Blanco Garrido con sus vecinos nunca volvió a ser la misma. Porque, dice, se rompió el contacto «de toda la vida». «Fuimos nosotros, los del pueblo, los que nos movilizamos», insiste. Volvería a hacerlo, volvería a pedir la liberación de Miguel, aunque no quiera ocultar ahora, dos décadas después, su decepción «ante algunas actitudes». Se recuerda a sí mismo, sin poder salir de casa por una operación en el pie, escuchando en la tele que el edil agonizaba. Se asomó al balcón y gritó a la manifestación que pasaba bajo su casa que no había nada que hacer. No olvidará ni la indignación de sus convecinos ni la suya.

Miguel se sentó por última vez a la batería de Póker, aquel grupo rockero que tocaba en verbenas y bodas canciones que no les gustaban, en un concierto el 5 de julio en Itziar. En el escenario también se encontraba el bajista Jaime Segalés, hoy magistrado del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco y entonces un joven licenciado en Derecho que como Miguel, éste con el título de Económicas, buscaba sus primeros trabajos. El juez nunca ha compartido la imagen que se dibujó de su amigo. Por eso no le gusta leer nada sobre él. «Era alegre, muy gracioso y divertido, familiar, con un punto de ingenuidad que le daba un toque especial a sus chistes. Muy de su casa. Acabó la carrera en Sarriko y empezó a trabajar con su padre como albañil. Luego llegó la media jornada en la asesoría de Eibar».

«¿Cómo se puede vivir con alguien que cree normal que maten a alguien?»

«¿Cómo se puede vivir con alguien que cree normal que maten a alguien?» jaime segalés, exbajista de póker

Segalés estaba en la ducha cuando sonó el teléfono. ETA había secuestrado a Miguel. Fue a toda prisa a casa del batería, adonde ya habían llegado el delegado del Gobierno, Enrique Villar, y el socialista Ramón Jáuregui. Estaba la madre sola, el padre aún no había regresado del trabajo y desconocía lo que acababa de ocurrir con su hijo. «Jáuregui me advirtió enseguida de que aquello no tenía ninguna buena pinta. Pero no se atrevían a decirle nada a ella, a su madre, porque estaba como en ‘shock’. No decía nada». Segalés y otros allegados consumen esos días en el domicilio del corporativo popular. «Ese sábado, en la casa, dos ertzainas reúnen en la sala a los que estábamos allí y nos informan de que ha aparecido, que está bien. Todos nos abrazamos, salimos a contárselo a los amigos que estaban en los alrededores del portal. Hasta les dije, en plan gracia, ‘qué pasa, esto es como los ‘polimilis’, ¿no? Un tiro en la pierna...’».

Sin embargo algo no cuadra, aunque el hoy magistrado se enterará después. Cuando la novia se sienta en el coche que va a llevarles hasta el Hospital Donostia, el chófer le ofrece sus condolencias: «Te acompaño en el sentimiento». El impacto es tremendo. Segalés se queda en la habitación de Miguel, sentado en su cama, dándole vueltas a todo; a cómo puede ser que su amigo, ese tipo simpático, devoto de la fiesta y lleno de proyectos sea de quien hablan todos con desconsuelo. Y sabe que habrá gente que se encogerá de hombros, que dirá que era posible que sucediera, que por qué se metió en problemas ese chaval tan majo de la txaranga de los Santiagos. «Gente -se duele- que lo vería como parte de un guion macabro, pero previsible».

El desencanto crece cuando la política «se apodera» de aquella poderosa reacción social. «Miguel era de todos y de repente pasó a ser solo del PP. Pero era un concejal sin poder de un pueblo perdido, y encima era mi amigo. No le conocían ni sabían como era, ni la música que le gustaba, ni lo divertido que era. Pero hablaban de él». La sensación de devastación aún perdura. Gipuzkoa y su pueblo se convirtieron en lugares en los que él ya no podía estar. «Me resultaba imposible pensar que vivía con gente que se resignaba, que en el fondo decía que aquello le había ocurrido por meterse en el PP. ¿Cómo se puede vivir con gente que cree normal que maten a alguien?».

«Tenía labia, tocaba en un grupo y era rubito y guapetón... tenía éxito con las chicas»

«Tenía labia, tocaba en un grupo y era rubito y guapetón... tenía éxito con las chicas» fran, amigo de la infancia

Fran también se recrea en el que fue su amigo del cole y del barrio desde los seis años, con el que jugaba al fútbol y con el que iba a ligar a las fiestas de adolescente. Es de los pocos de aquella cuadrilla que sigue en Ermua, casado con Eva, con dos críos. Nunca habla de aquellos días de julio, pero le surge la sonrisa al recordar a Míguel. «Era muy santiaguero, muy de las fiestas. Y además tenía mucho éxito entre las chicas». Se conmueve. «Era rubito, guapetón, de los pocos que podía llevar pantalones Levi’s, el primero que tuvo vídeo... Era alguien con labia y, además, tocaba en un grupo, algo que a muchas les gustaba. Su padre le dejaba el coche para ir a Elgoibar o a Durango. Creo que se dio de él una imagen de chaval triste que no se corresponde para nada con la realidad». «Pongo la mano en el fuego: quería al pueblo», zanja.

Fran ya no sabe nada de los familiares de su amigo Míguel. Solo que vendieron su piso y se fueron a Vitoria. Los restos del batería de Póker reposan en un cementerio gallego desde hace diez años. Hubo que proteger su tumba de pintadas y ataques.

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