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Sánchez perdió ayer la guerra con Susana Díaz, pero con anterioridad el PSOE escenificó con un dramatismo inconcebible la fractura que se ha abierto en su interior, y que ha dado lugar, además de a una dicotomía política excluyente y por lo tanto imposible de resolver, a una confrontación cargada de personalismo en que han aflorado todas las viejas y nuevas rencillas, propias de toda organización, que habían permanecido racionalmente embridada peor que ahora, al calor del colosal rompimiento, han salido turbiamente a la luz y han generado malquerencias de difícil recomposición y sutura.

El aparato socialista era y es consciente de que Sánchez era, en el peor de los casos, una parte, y no la mayor, del problema. En el fondo de la agresiva ruptura entre oficialistas y críticos estaba el desconcierto resultante de una gran pérdida de protagonismo colectivo al haber surgido de la nada los partidos nuevos, que han arrebatado al PSOE la mitad de la militancia, y con tendencia a seguir desplazándolo de su histórica centralidad. Estaba también la vacilación ideológica que resulta de la escasa capacidad de acción de un partido socialdemócrata, como se vio en tiempos de Zapatero, que no sólo se vio impedido de aplicar medidas económicas progresistas sino que tuvo que firmar una especie de rendición humillante ante Bruselas, que eso y no otra cosa fue la modificación del artículo 135 CE. Estaba la marginalización de la propia familia política, dado que los partidos ocupan una posición cada vez más lateral en el núcleo central y decisivo de la sociedad civil. Y estaba, por último, la resistencia de un sector del PSOE, acomodado en las grandes habitaciones del edificio oligárquico del poder, que no se resigna a dejar de mandar arbitrariamente ni a ceder el poder real a las bases, a la militancia e incluso al electorado. Sectores del PSOE que pueden mencionarse con nombres y apellidos quieren seguir mangoneando el partido como en los buenos tiempos, y tratan desesperadamente de cerrar las ventanas por las que pueda escaparse su influencia y capacidad de control. Y por ello la legitimidad que otorgan las bases y que era la que ostentaba Sánchez ha sido desautorizada.

Pues bien: todos estos elementos, agitados en la coctelera de la prensa durante semanas –y en algún caso, con el aditamento de dosis de vitriolo al servicio de operaciones políticas poco confesables- decantaron en la tormentosa sesión del comité federal de ayer, en que volaron los insultos como puñales, se perdieron las formas, y la familia socialista perdió el crédito que la venerable formación política había acumulado en la larga marcha del régimen actual.

No habrá congreso extraordinario de momento, ni por supuesto primarias para elegir al líder. La gestora conducirá al partido hasta que haya nuevo gobierno. Y todo indica que este nuevo gobierno obtendrá la investidura gracias a la abstención socialista. Lo que ahondará la fractura en el seno del PSOE. Una salida que se podía haber planteado como una opción perfectamente legítima –dejar gobernar a la minoría mayoritaria a cambio, lógicamente, de concesiones importantes-, si el comité federal de diciembre hubiera tenido el valor de considerarla, será visto ahora como un trágala, como una claudicación, incluso como una humillación para algunos. Todo se ha hecho mal, y esta solución no acredita a los “viejos partidos” ni remedia el descrédito que el rifirrafe ha derramado sobre sus actores y sobre el escenario de la confrontación.