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Una vaca destroza a cornadas el brazo de una mujer de 43 años en Bilbao

Mari Jose muestra algunas de las heridas que le causó la vaca con sus embestidas.
Mari Jose muestra algunas de las heridas que le causó la vaca con sus embestidas. / Luis Calabor
  • Una mujer fue embestida en la cima de monte cuando se cruzó con el animal y su ternera | «Pensé que era el final. Me mochó 15 minutos», asegura

Mari Jose pensó que iba a morir. Y en la espiral de ideas que sacudieron su mente presa del pánico, llegó a temer que ni siquiera encontrasen su cuerpo. Las imágenes de su familia eran las más recurrentes mientras sufría las arremetidas de una vaca en un camino que conduce al Ganekogorta desde la cima del Pagasarri. Lo más inquietante no eran los discontinuos embates, sino que durante alrededor de un cuarto de hora de la mañana del lunes estuvo tendida en un zarzal, a merced de la res, con sus rostros separados por apenas veinte centímetros. «Sentía su respiración». Y con la cara tapada para evitar que se la desfigurase, veía aterrorizada los ojos vigilantes del animal. En más de una ocasión la bestia se alejó, pero retornaba en cuanto su víctima intentaba incorporarse para huir, extremando el sentimiento de indefensión de Mari Jose.

Cuenta -según informa el diario El Correo- que se escapa al ‘Ganeko’ unas tres veces por semana en cuanto no trabaja. Aquella mañana festiva abrió una puerta que permite poner rumbo a la cima. A unos cincuenta metros había una vaca con su ternera recién parida, según le comentó posteriormente el ganadero, que se ha disculpado. Al interesarse por su salud, también le trasladó que el animal está asegurado, de cara a posibles reclamaciones que Mari Jose, afirma, tramitará en su momento. Lo primero es recuperarse de un incidente que se ha enquistado en su memoria. Va a someterse a terapia. «Duermo mal, no sé qué tienen las noches» que cuando baja las persianas de su vivienda, en el bilbaíno barrio Castaños, acuden a visitarla sus fantasmas. Y el recuerdo del ataque aflora en su memoria con todos los matices.

La res corrió hacia ella sin darle margen para la huida. Se cayó en un zarzal y ahí arrancó su drama. Evitaba respirar, pero no podía fingir estar muerta ante el riesgo de una agresión contundente a pecho descubierto. Cuenta quince hematomas en su cuerpo. Pero las peores heridas se produjeron al intentar protegerse. Según la zona contra la que arremetía la res, extendía con fines defensivos una u otra extremidad. Sufrió una cornada con orificio de entrada y salida en el brazo y otras dos de entrada en la pierna. El animal la iba empujando hacia el interior del zarzal, de ahí que se le llegase a pasar por la cabeza que pudiese morir y tardasen en encontrar el cadáver. Sin embargo, la situación de extrema agitación la impedía derrumbarse.

Euforia y luego bajón

Finalmente, el animal se alejó durante un tiempo y Mari Jose se aventuró a llamar al 112. Con extrema cautela y hablando tan bajo que desde los servicios de emergencia le rogaron que elevase la voz. Escapó del zarzal y se topó con un paseante que fue el primero en asistirla. La llevó al refugio del Pagasarri, donde fueron «muy amables», aunque «solo tenían agua oxigenada». Un guarda forestal se encargó de bajarla del monte en su vehículo. Al pavor de la agresión le sucedieron minutos de euforia. Mari Jose estaba exultante tras haberse salido viva. «No sentía dolor». Ya en la ambulancia, se enteró de que la res le había perforado la pierna. Se enteró porque vio que manchaba con sangre el vehículo. La alegría se prolongó hasta el hospital de Basurto, donde, según relata, departió de buen humor y agradecida con el personal que la atendió.

Sin embargo, después vino el bajón. No por las cornadas, que «no fueron graves». Ni siquiera muestra excesiva preocupación por las cicatrices. El vívido recuerdo del ataque la golpea cada noche. Le vienen a la cabeza la mirada y la respiración del animal, pero también la desagradable escena de los insectos que pululaban sobre las heridas. «Me salvé de milagro», y apunta al hematoma del tórax como lo que considera una de las mayores evidencias. También reflexiona sobre el peligro de que haya reses sueltas por sendas tan transitadas. El ganadero le dijo que el animal ha sido retirado. «Supongo que del camino». De momento, ni quiere oír hablar del monte. Las excursiones, por ahora, al ambulatorio y al psicólogo.

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