La soledad no pide permiso

La población mayor leonesa vive en primera persona el mal de la soledad no elegida y sus tristes consecuencias | Cruz Roja León se vuelca en la atención a las personas que la sufren, con 6.960 acompañamientos en 2017

Una mujer aprende a usar su tablet en un curso de Cruz Roja. / Noelia Brandón
NACHO BARRIO León

Marcia tiene 74 años, muchos de ellos dedicados a ser profesora de música tras graduarse en el Conservatorio de Madrid. Se casó, tuvo tres hijos («varones todos», como ella misma apostilla) y trabajó dentro y fuera de casa. Como maestra ejerció sus últimos cinco años en León, hasta que algunos problemas de salud le obligaron a pedir la retirada. Marcia asegura que en su vida no han faltado ni momentos, ni personas, ni cosas que hacer. Y Marcia, como muchas otras personas de su edad, vive sola.

La realidad de Marcia pone nombre a una problemática en la que Cruz Roja de León centra gran parte de sus desvelos. En 2017, la organización sumó 6.960 acompañamientos a personas mayores en soledad, atendiendo a un total de 1.288 usuarios. De hecho, uno de sus programas más conocidos, el de la Teleasistencia Domiciliaria, cuenta en su 25 aniversario con 3.123 usuarios en León.

Es jueves por la mañana y Marcia sube hasta la sede de Cruz Roja de la capital. No suele hacerlo, comenta, pero la ocasión lo merece. Ante la cámara pierde los nervios que aseguraba tener. «Yo estoy sola completamente, es triste estarlo, pero hace años me puse en contacto con Cruz Roja y desde entonces tengo un apoyo incondicional e increíble», comenta emocionada.

La ayuda que obtiene es tan sencilla como fundamental. «Están siempre ahí para hacer faenas cotidianas que para una persona normal pueden ser simples. Cuando lo necesito me suben al Hospital y puedo contar con una voluntaria con la que se establece una relación, que me ayuda a hacer la compra y muchas otras cosas».

Una monitora da un cursillo en Cruz Roja.
Una monitora da un cursillo en Cruz Roja.

Hay un día a la semana que Marcia espera con la ilusión de una niña. Es el día en el que queda con Celia, la voluntaria que se encarga de atenderla, en una alegría que comienza desde el momento en el que se escriben el ‘whatssapp’ para quedar. «Me gusta invitarle a un café, que le encanta, y contarnos experiencias con las que yo aprendo de ella y de lo que piensa la juventud», señala.

A pocos metros de la charla se desarrolla un taller para aprender a usar una tablet. Un grupo de mayores tratan de descargarse aplicaciones con nombres impronunciables sin perder el buen humor. No hay limitación que valga, si hay dudas se pregunta y si el compañero no sabe, se le ayuda.

Marcia se emociona. «No hay palabras con las que poder agradecerles todo lo que hacen para que se pueda salir de una situación de soledad», asegura. Volverá a quedar pronto con Celia para compartir una taza de café o para ir a los recados. Volverá a sonreír y a disfrutar demostrando que hacerlo es el mejor medicamento para desterrar la maldita soledad.

Una alumna, con su tablet.
Una alumna, con su tablet.

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