La pertinaz sequía

Entre los nacionalismos, catalán o franquista, siempre hay más coincidencias que diferencias. Y algo parecido podemos decir de esos populismos asamblearios

Francisco Muro de Iscar
FRANCISCO MURO DE ISCAR

¡A ver si van a tener razón los independentistas cuando hablan de que el franquismo sigue vivo entre nosotros! Desde luego hay comportamientos políticos en casi todos los partidos que recuerdan actitudes poco democráticas como las de aquella época, afortunadamente superada.

No se puede comparar nuestra democracia parlamentaria, con todos sus fallos y sus carencias, con aquella otra mal llamada democracia "orgánica". Pero lo que los líderes independentistas catalanes trataban de imponer con sus leyes de desconexión y con su república imaginaria, con sus propuestas de control de los medios de comunicación y designación de los jueces a dedo, o de legislar, sin garantías democráticas, leyes de desconexión y constituciones bananeras, está más cerca del franquismo que de cualquier régimen democrático de derechos y libertades.

Entre los nacionalismos, catalán o franquista, siempre hay más coincidencias que diferencias. Y algo parecido podemos decir de esos populismos asamblearios en los que, al nal, es "líder máximo" tiene el control total, purga a los disidentes y ante el cual los militantes son casi siempre un disfraz para ocultar sus vacíos emocráticos.

En lo que sí que hemos vuelto atrás es en lo de la sequía. Franco hizo de la "pertinaz sequía" un elemento central de sus discursos y de sus proyectos. También sirvió para que los "tuiteros" de entonces se inventaran decenas de chistes. Y para que se organizaran rogativas que no siempre arreglaban el problema. Ya saben lo de aquel cura, en tiempos franquistas, que dijo a sus feligreses: "hermanos: os dije que la fe mueve montañas, pero veo que no tenéis fe suciente.

Hemos venido para pedir la lluvia al Señor y ninguno de vosotros ha traído paraguas". Gracias a los pantanos o embalses que se construyeron durante el franquismo, todavía tenemos agua estos días, aunque no sé si llegaremos a finales de año pudiendo ducharnos todos los días.

En una de las etapas políticas de un pasado muy cercano, los socialistas descubrieron las desaladoras marinas y, a golpe de presupuesto público, las instalaron por media España. Con el resultado que conocemos y sin que nadie haya asumido responsabilidades.

Como hoy ya no se hacen rogativas ni se saca a los santos en procesión pidiendo que llueva, esto va por mal camino.

Esta sequía que, desde luego, no es objeto de debate político, puede llevar a la ruina a nuestra agricultura y a nuestra ganadería y adelantar la desertización de España. Pero, además, va a hacer que aumente la inación, que los alimentos se encarezcan, que disminuyan nuestras exportaciones de verduras y hortalizas a medio mundo, que aumenten las importaciones, que crezca la factura energética, que se reduzca nuestra competitividad y que nos empobrezcamos todos.

Se nos llena la boca hablando de la lucha contra el cambio climático, pero no hacemos nada de verdad para revertir la situación. Sigue pendiente el debate sobre nuestro futuro energético y seguiremos cerrando centrales nucleares.

No abordamos uno de los problemas más graves de este momento, mucho más que el problema catalán. Los niveles de reservas están veinte puntos por debajo de la media y en el límite de lo asumible. Sin agua no hay futuro. O hacemos algo para el presente y sobre todo para el futuro o habrá que volver a las rogativas.

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